¿Sacrificarías parte de lo que eres y de la vida que llevas por salvar la Tierra? - Nobbot

¿Sacrificarías parte de lo que eres y de la vida que llevas por salvar la Tierra?

Exceptuando algunas voces un tanto polémicas de nuestro presente, el grueso de la población informada es consciente de que tenemos un problema con nuestro planeta. Respiramos la polución del aire, nos hablan de océanos cubiertos de basura y pensamos frecuentemente que «Algo habrá que hacer».

«Algo habrá que hacer» quizá sea la reflexión más extendida del siglo XXI, pero es en el «Y, ¿qué hacemos?» donde surgen las discrepancias. Eliminar el diésel de la ecuación, modificar parte de nuestros hábitos alimenticios o usar la IA para minimizar nuestro impacto parecen tendencias lógicas.

Sin embargo, la mayoría de los humanos nos sentamos a esperar que los distintos órganos de gobierno (municipal, autonómico y nacional en el caso de España) sean quienes lideren la marcha por la Tierra. Si pudieses hacer algo relevante por el medio ambiente, ¿lo harías? Y, de ser así, ¿sacrificarías parte de lo que eres?

Seremos (o somos) demasiados humanos para una Tierra limitada

La FAO, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, afirmó en 2011 que «los recursos del planeta darían para alimentar hasta 12.000 millones de personas». Sin embargo, muchas voces expertas en el tema, como Arcadi Oliveres, experto en economía mundial, matizaron que «no es compatible con el ritmo al que consumimos los 1.200 millones de privilegiados».

Es decir, que 12.000 millones de personas podríamos vivir hoy día con lo que da la Tierra, llevándola al límite de su producción. Pero nuestra alimentación poco tendría que ver con la que tenemos en la actualidad en el Primer Mundo. Para que toda la población tuviese su ración de alimentos es probable que optásemos por insectos, algas, comidas derivadas de la biotecnología, y otras menos apetecibles.

Matthew Liao, filósofo especializado en bioética, lleva años poniendo sobre la mesa soluciones alternativas un tanto polémicas para la sociedad moderna, pero que, si seguimos aumentando nuestro número, quizá no nos quede otra que adoptar. Hoy día supondrían verdaderos sacrificios, pero es posible que en el futuro las abracemos como las únicas salidas.

¿Te volverías intolerante a la carne de manera voluntaria para salvar la Tierra?

hamburguesas vegetales

Una pregunta que puede parecer extraña pero que tiene sentido cuando conocemos que el 18% de las emisiones de GEI provienen de las granjas de ganadería intensiva. Si a estas le sumamos el impacto indirecto, nos damos cuenta de que la industria cárnica mundial supone cerca del 51% de las emisiones. Resumiendo quizá demasiado, el problema no es la ingesta de carne per sé, sino la deforestación asociada a los campos de cultivo para alimentar al ganado y los óxido nitrosos y metanos del estiércol. No comer carne, o reducir nuestro consumo, parece algo coherente.

Matthew Liao propone, para aquellas personas que deseen disminuir su impacto sobre el planeta, inducirse una intolerancia a la carne. Cuando uno es intolerante a algo, en general tiende a evitarlo, y se sabe que podemos generar intolerancias (y tolerancias) a diversos productos tales como carnes o lácteos.

Una cantidad considerable de vegetarianos y veganos no parten del maltrato animal para elegir su modo de vida, sino que, preocupados por su impacto sobre el entorno, intentan ingerir menos carne. Algo muchas veces fuera de nuestra voluntad. La solución de Liao podría servir de base para luchar contra nuestros impulsos.

Por la Tierra, tendría hijos más pequeños, hijos «eco»

Es un hecho objetivo que las personas pequeñas son más económicas a nivel de recursos. Por ejemplo, si redujésemos la estatura media de los estadounidenses en 15 centímetros, disminuiríamos los consumos basales en un 15% en hombres y un 18% en mujeres. Es un porcentaje elevadísimo pero, ¿cómo se reduce la estatura de los humanos? Parece que cada vez medimos más.

Hay varios métodos:

  1. Uso de DGP (Diagnóstico Genético Preimplantación) para seleccionar niños de menor estatura. Esto no implica modificar genes, sino seleccionar de entre todos los espermatozoides aquellos que dará lugar a una talla menor.
  2. Una tercera opción sería la de la impresión genética, un método por el que el tamaño del recién nacido toma como referente a la madre (estadísticamente más baja) en lugar del padre. La impresión genética hoy día depende del azar.
  3. Otro método, algo más invasivo pero que se usa en la actualidad con niños que crecen demasiado como para que su salud no se resienta, es la del tratamiento hormonal.

Salvo el tratamiento hormonal, que solo se usa en graves complicaciones de salud por crecimiento excesivo, tanto el DGP como la impresión genética no tienen ninguna consecuencia para la salud de los niños. La diferencia con la concepción natural es que eliminamos el azar de la ecuación, del mismo modo que hoy eliminamos posibilidades con genes que dan lugar a enfermedades conocidas.

Socialmente no está bien visto tener baja estatura (todavía hay mucho de animales en nosotros), pero es posible que en un futuro masificado optar por hijos más pequeños que sus padres sea un símbolo de estatus social como lo es hoy día tener una vivienda cero emisiones o invertir en un vehículo eléctrico.

Tener menos descendencia será (o es) una necesidad

7.500 millones, 12.000 millones… ¿20.000 millones? Lo cierto es que no hay consenso sobre la capacidad de carga de los humanos en la Tierra, el número máximo de miembros de una especie antes de que colapse nuestro entorno.

Algunos expertos dicen que todavía podemos ser más, otros dicen que nos pasamos hace tiempo. Sea como sea, lo cierto es que existe un número a partir del cual el planeta no podrá sustentarnos durante mucho tiempo.

Parece lógico pensar que, si en lugar de 7.500 millones de personas pasamos a 1.000 millones, nuestro impacto se reducirá en un 86%. Mucho más que cualquier previsión que use tecnología. ¿Por qué no lo hacemos? Sería la solución a nuestros problemas medioambientales.

Hay varios motivos. Por un lado, nuestra parte biológica tiene impreso en los genes las instrucciones «reprodúcete», y la mayoría de humanos todavía somos susceptibles a ellos. Por otro, el sistema económico actual se basa en el crecimiento poblacional (en lugar del crecimiento económico) para que los hijos entren en la base del sistema laboral, incluso cuando queda patente que en el futuro habrá menor oferta laboral, quizá ninguna en absoluto.

Sin embargo, sabemos que en algún momento tendremos que pasar a tener dos hijos por mujer, y que sería conveniente mantenernos en algún punto entre el hijo por mujer y los dos hijos por mujer. Si cada generación consume más energía que la anterior, deberíamos empezar con el decrecimiento poblacional de inmediato. Un tema hoy situado entre el tabú y la asocialidad, pero convertido incluso en best seller por Dan Brown.

Tomar fármacos para ser más altruistas y empáticos

¿Tomarías drogas para ser mejor persona? ¿Para acordarte de reciclar, ir al supermercado a comprar productos biodegradables, tener predilección por el transporte público y escuchar menos a la voz egoísta que todos llevamos dentro? Parece distópico, pero lo cierto es que hoy día ya tomamos multitud de fármacos similares que se adquieren en farmacias (muchos sin recetas) y lo hacemos para encajar en la sociedad.

fármacos pastillas

Hay fármacos para evitar estar deprimido, fármacos para ponernos a tono por las mañanas y rendir más, fármacos para tener una mejor memoria… Si los tomamos es porque la sociedad, tal y como se entiende hoy día, no necesita gente deprimida, poco eficiente y con mala retentiva. No está bien vista. Cuando sea patente que la sociedad necesita personas más altruistas, ¿nos lanzaremos todos sobre la oxitocina?

La oxitocina es una hormona natural que mejora la capacidad de comprender los estados emocionales de otras personas y predisponernos al sacrificio por ellas. Por ejemplo, las mayores liberaciones de oxitocina en sangre ocurren durante el parto y la lactancia, momentos en los que el dolor podría hacernos ser menos generosos con la nueva vida que hemos traído al mundo.

Es muy probable que los lectores encuentren las alternativas de Matthew Liao demasiado radicales. Un sacrificio demasiado elevado, demasiado distópico. Pero quizá hemos de pararnos a pensar en qué habríamos pensado hace 20 o 50 años sobre los vegetarianos, la fecundación in vitro o los antidepresivos.

Quizá en un futuro estas alternativas hoy al filo de la ética sean consideradas normales, entre otros motivos, porque no nos quede otra. A medida que la sociedad cambia y adapta su entorno, este nos modela e incide en la sociedad, cambiándola.

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