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El ¿nuevo? nuevo periodismo ya está aquí

No habían pasado ni 10 minutos del triste atentado en la Rambla de Barcelona y Twitter ya era un campo minado de bulos. En la era de la posverdad, la inmediatez extrema y el todo vale en busca de un clic, el periodismo parece más herido que nunca. Pero en esta vorágine sigue existiendo un periodismo atemporal, de ese que gusta nombrar cuando se quiere hablar bien de la profesión. Así es el nuevo nuevo (o no tanto) periodismo.

De vuelta a los orígenes del Nuevo Periodismo

Gráficos interactivos, infografías, vídeos, directos en las redes sociales, acceso a audiencias millonarias en Internet… la tecnología se ha puesto al servicio del periodismo. Y, aun así, lo más importante sigue siendo la historia, qué contar y cómo contarlo. Lo sabían Truman Capote y Hunter S. Thomson, como lo sabían también Gabriel García Márquez y Octavio Paz. Y lo saben también sus herederos.

Los cuatro escritores/periodistas nombrados representan el Nuevo Periodismo surgido en Estados Unidos y América Latina en los 60. Frente a la información escueta y fría de los periódicos de la época, esta corriente apostaba por recrear la historia y los hechos para que el lector se identificase no solo con la noticia, sino con sus protagonistas.

Así, el periodismo convirtió la realidad en literatura y nos dejó grandes obras como A sangre fría (Truman Capote), Ponche de ácido lisérgico (Tom Wolfe) o Noticia de un secuestro (García Márquez).

La corriente parece estar renaciendo con fuerza (si es que alguna vez desapareció) en Estados Unidos como respuesta a los vicios del periodismo del siglo XXI. Robert S. Boyton, profesor de periodismo en la Universidad de Nueva York, ha recogido los testimonios de los 19 exponentes de este nuevo nuevo periodismo. Estos son, de forma ultra resumida, sus aportes al mundo de los medios y la información.

Adiós a la neutralidad

Laurence Wright ganó el premio Pulitzer por La torre elevada. Al Qaeda y los orígenes del 11-S, una investigación sobre el mundo tras los atentados del 11 de septiembre en Nueva York. Sus últimos trabajos abordan la cienciología o asuntos tan espinosos en Estados Unidos como el asesinato de Kennedy. Y así ve la profesión periodística.

“No creo que un reportero deba permitir que su humanidad se comprometa. Si estás en una situación que es fundamentalmente injusta, tienes que plantar cara. Sin duda, eres un testigo, pero también eres un representante de tu comunidad”, explica Wright, quien todavía confía en el papel y cree en la importancia de la entrevista, en su conversación con Boyton.

La eterna entrevista

A Leon Dash el Pulitzer se lo dio su trabajo sobre Rosa Lee, una heroinómana con ocho hijos que cumplía condena por venta de drogas. La entrevistó de forma continuada durante nada menos que cuatro años. Su método es convivir con el entrevistado, hablar con él en su día a día para ganarse su confianza y empatizar, para conocer qué le ha motivado a ser como es y pensar así.

Otra de las expertas de la (no tan nueva) entrevista es Adrian Nicole Leblanc. Para su saga Random Family, sobre drogas, delincuencia y el día a día en el Bronx, probó una técnica diferente. Entregaba la grabadora a los entrevistados y se iba a casa, que le contasen lo que les apeteciese.

“Algunos lo llaman periodismo de inmersión, pero yo lo veo como reporteo con el lujo del tiempo: tiempo ilimitado para estar presente, para revisitar conversaciones, informaciones y escenas, y para pensar en lo que he visto”, explica Leblanc en su entrevista con Boyton. El tiempo es, sin duda, uno de los grandes olvidados en el periodismo de 160 caracteres.

El nuevo periodismo gonzo

Este periodismo de inmersión que describe Leblanc tuvo su máxima expresión en el periodismo gonzo de Hunter S. Thomson. En este género, el reportero se convierte en parte de la historia, en un protagonista más. El testigo lo ha recogido como nadie Ted Conover. Él no cuenta la noticia, convive con ella y le da forma.

Para su reconocido trabajo Newjack (Novato), Conover pidió permiso para acompañar a un guardia de prisiones en su día a día. Como no se lo concedieron, solicitó un trabajo como guardia en el correccional de Sing Sing, donde se pasó nueve meses aprendiendo del entorno para construir su historia.

Limitando el rol del reportero

Lo de las verdades absolutas no abunda en el (nuevo) nuevo periodismo. Así, también hay quien cree que el reportero debe limitar al máximo su intervención en la historia. Como Leblanc y su grabadora en manos del entrevistado, William Finnegan y William Langewiesche son más de pasar desapercibidos.

Finnegan acostumbra a pasear entre los sujetos que quiere conocer, sin boli y sin grabadora, preguntándole cosas aparentemente sin sentido con las que después construye su historia.

El secreto es: deja que el tipo hable. Uno nunca sabe adónde quiere ir a parar y la cosa se vuelve realmente interesante cuando les sigues la corriente”, añade Langewiesche, quien utilizó esta técnica para trabajos como American Ground, sobre el desmantelamiento de las torres gemelas tras el atentado.

Que nunca el entrevistado revise la entrevista

Una de las prácticas prohibidas del periodismo, y sin embargo bastante común, es la de dar a un entrevistado la oportunidad de que revise las notas de una entrevista o, incluso, el artículo final.

“No permitiré jamás que las personas revisen sus citas. Si le das a un político la oportunidad de que revise una cita, la cambiará. ¡Punto final! Cuando empiezo una entrevista, me gusta analizar al sujeto. No quiero darle la oportunidad de preparar un yo público”, explica la reportera Jame Kramer.

La historia imposible

Vencer la rutina de la agenda informativa es uno de los grandes desafíos del periodismo moderno. Cómo contar sucesos que se repiten semana tras semana, año tras años, siguiendo un guion marcado. Ben Cramer lo consigue con sus historias de béisbol y de política (aunque el Pulitzer se lo dieron por sus reportajes sobre Irán y Afganistán).

Su secreto para lograr una historia donde no la hay es no hacer preguntas. “Me siento allí el primer día, y el segundo, y el tercero, y así sucesivamente. Y, tarde o temprano, el candidato empieza a sentirse tan cómodo con mi presencia que se inclina hacia mí y me dice: ¡Maldita sea, he vuelto a cargarla con esa pregunta sobre agricultura!”. Y ahí, tirando de ese hilo inesperado, surge su historia imposible.

Para lograr ese ángulo que nunca nadie ha conseguido, otros, como Alex Kotlowitz, prefieren entrevistar fuentes pocos habituales. En su caso, los elegidos son los niños. Según él, los adultos tienen una visión mucho más formada sobre cómo han sucedido los hechos, ya se han contado la historia a sí mismos. Sin embargo, los niños tienen recuerdos y sensaciones mucho menos contextualizados.

La luz al final de Twitter

Otros diez reporteros completan el trabajo de Robert S. Boyton. Los Jon Krakauer (Hacia rutas salvajes), Michael Lewis, Lawrence Weschler, Richard Preston, Eric Schlosser, Calvin Trillin, Susan Orlean (El ladrón de orquídeas), Ron Rosenbaum y Gay Talese son los representantes de un nuevo periodismo que tampoco es tan nuevo. De hecho, Talese ya fue considerado en su día el miembro más joven de la corriente original de los 60.

En realidad, poco importa cuándo hayan nacido y qué hayan escrito. Lo único de lo que todos hablan es de darle a las historias la importancia que se merecen. Más allá de nuevas tecnologías y de titulares que te defraudan tras el primer párrafo. Más allá de modernas herramientas, periodistas robot y redes sociales que parecen tener más importancia que la propia noticia.

“No estoy en contra de una historia que tenga relevancia. Pero pienso en la relevancia en unos términos más amplios que el periodismo de gancho. Creo que las mejores historias son las que crean su propio gancho. Las historias tras las cuales los lectores dicen: “¡Guau! No tenía ni idea de todo este mundo”, concluye Ron Rosenbaum.

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