Pablo Francescutti "¿Quién se imagina a Corto Maltés usando Google Maps?

Pablo Francescutti: “¿Alguien se imagina a Corto Maltés usando Google Maps?

Hoy, cuando la aventura se ha reducido a la práctica de deportes de riesgo o al ejercicio del periodismo en los epicentros peligrosos de la actualidad, el quincuagésimo aniversario de la aparición del marinero creado por Hugo Pratt le da pie al sociólogo y periodista Pablo Francescutti para reflexionar sobre la evolución de las narraciones populares y el resquicio que les queda a las peripecias en una época high tech. El entrevistado, que comenzó su carrera académica estudiando El Eternauta, la célebre historieta de ciencia ficción argentina, atribuye el encanto de Corto Maltés a su irónica subversión de los tópicos tradicionales, al papel rompedor que tiene la mujer en sus tramas y a la combinación de personajes antológicos, diálogos chispeantes y dibujo eficaz.

Corto Maltés se se acaba de convertir en cincuentón. Medio siglo muy bien llevado, ¿no?

En realidad se cumplieron 50 años de su aparición en el primer episodio de La Balada del Mar Salado, publicado por la revista italiana Sargento Kirk en julio de 2007. Si tomamos en cuenta que nació en Malta, en 1887, cumpliría 130 años. Típico héroe de aventuras, el tiempo no deja huellas en él; el único cambio se aprecia cuando Pratt inventa una precuela, La juventud del Corto, y lo arroja con 17 años en la guerra ruso-japonesa de 1905. En Mu, el episodio ambientado en 1925 que cierra su ciclo, contaría con unos 37 años. Al término del itinerario, los rasgos de Corto Maltés y su complexión atlética apenas han variado; sigue teniendo más o menos el mismo aspecto juvenil con el que se asomó a su existencia de papel en 1967, amarrado a una balsa a la deriva en los Mares del Sur.

¿Que resquicio le queda a la aventura en la época de Google Maps?

Corto Maltés pertenece a una época muy precisa. Recordemos que la aventura siempre tuvo una dimensión geográfica específica, definida por los espacios inexplorados. En las enciclopedias que guardaba mi abuelo todavía podían verse regiones en blanco en los mapamundis -vacíos que funcionaban como un imán para los hambrientos de aventuras-. Corto Maltés se mueve en un planeta donde todavía era posible perderse, que ocultaba tribus ignotas en la espesura y reinos misteriosos en montañas inaccesibles. Ese entorno ya no es el nuestro. ¿Quién se imagina al Corto Maltés equipado con Google Maps? ¿o sacándose un selfie con los reductores de cabezas del Amazonas?

En un mundo así, la aventura se reduce al deporte de riesgo; la exploración, al trekking; el contacto con los caníbales, al turismo étnico; la búsqueda de los espacios jamás hollados por el hombre blanco, a la caza de destinos turísticos poco trillados. El globo se ha vuelto pequeño, imposible negarlo, y su encogimiento ha sido mortal para la aventura. Ni siquiera nos queda la alternativa del Cosmos infinito: la exploración espacial, agotado su glamour, se ha degradado a relleno de telediarios. Pero existen otros condicionantes además de los puramente geográficos. En esta era prosaica, el neoliberalismo se esfuerza por reconvertir el arrojo aventurero en “espíritu emprendedor” y nos exhorta a correr riesgos, a buscarnos la vida por nuestros propios medios; pero paradójicamente genera tal clima de inseguridad y precariedad que únicamente consigue tornar a la gente más timorata y sedentaria. Fijémonos en la poca sed de correrías de la juventud, el colectivo que, por su falta de ataduras, había sido siempre el más dispuesto a echarse a los caminos.

Hoy, si acaso, el perfil de aventurero lo da al corresponsal de guerra. De contar con una segunda oportunidad, Corto Maltés se reencarnaría en uno de los encallecidos cronistas que trajinan la costra de la Tierra jugándose la vida por una primicia, indiferentes a nada no sea su fama, pero que, como quien no quiere la cosa, toman parte por las víctimas de las tropelías de los que son testigos.

La aventura se reduce al deporte de riesgo; la exploración, al trekking; el contacto con los caníbales, al turismo étnico; la búsqueda de los espacios jamás hollados por el hombre blanco, a la caza de destinos turísticos poco trillados.

¿Debajo de qué piedra salió este pirata tan singular?

De atenernos a su fisonomía e indumentaria, situaremos sus ancestros en el marinero irlandés Tipperary O’Hara de Ann y Dan –primera serie de Pratt con guión propio- y el capitán de la película His Majesty o’Keefe (1954), interpretado por un juvenil Burt Lancaster. De basarnos en su conducta, se nos aparece como un avatar del sargento Kirk, que, con guión de H. G. Oesterheld, Pratt dibujó entre 1953 y 1957. Recordemos que el “padre” del Corto se radicó en Buenos Aires en 1948, atraído por los buenos salarios de un país que vivía su mejor momento. Llegó a tiempo para participar de la eclosión de uno de los principales focos del cómic fuera del Norte.

Se benefició además de la asociación con Oesterheld, empeñado en infundir a la historieta una mirada propia del Sur (¿cómo explicar, si no, un relato del Oeste a cargo de un desertor del mítico 7º de Caballería, asqueado por su participación en una masacre de indios?). Desde luego, esa preferencia por los perdedores y oprimidos cayó en terreno abonado: el joven dibujante que desembarca en la capital porteña venía de transcurrir la Segunda Guerra Mundial en la Abisinia italiana. Con apenas catorce años, su padre lo enroló en la policía colonial fascista y acabó prisionero de las tropas británicas. Allí se desengañó de las ilusiones expansionistas y se le despertaron simpatías por sus antiguos enemigos, los etíopes y somalíes; vale decir, los pueblos avasallados por los imperios coloniales.

Corto MaltésHas dicho que Corto Maltés introdujo un concepto distinto de aventura. Explícate.

 Pratt profundiza y corona el empeño de Oesterheld por dar la vuelta al patrón de aventura dominante en los cómics de los años ‘30 y ‘40. Las lecturas de su juventud repetían el modelo fijado en los folletines del siglo XIX: la aventura entendida como una idealización de la conquista del orbe por el hombre blanco. Salgari, Conrad, Verne, Rider Haggard, London, Karl May y Kipling escenificaron las andanzas de exploradores, marineros o cowboys en parajes exóticos infestados de salvajes y otros pueblos “inferiores” cuya función en la trama (y diríase que en la historia) se reducía a obstaculizar al héroe. Corto invoca esa tradición para subvertirla con guiños cómplices y parodias. De ella retiene algunos tópicos: la piratería, la búsqueda del botín, el elemento azaroso y decisivo, los saltos geográficos, los grandes espacios abiertos, el Otro incivilizado…; e introduce el existencialismo de los anti-héroes del cine francés y la fascinación de los años ‘60 por las culturas del Tercer Mundo y su liberación del yugo occidental, todo teñido del humor de un protagonista que no se toma muy en serio (y en eso se aleja de Oesterheld, que se decantó por un dramatismo trágico).

De tal modo, en sus páginas el encontronazo con los “primitivos” se torna un encuentro genuino mientras el libreto colonialista es concienzudamente desmontado: así, vemos al Corto vengar la muerte de un independentista irlandés, ayudar a la revolución latinoamericana, hacer el juego a los nacionalistas chinos o financiar a los republicanos balcánicos; todas acciones a contrapelo del afán de riquezas que moviliza al aventurero clásico.

Corto Maltés se mueve en un planeta donde todavía era posible perderse, que ocultaba tribus ignotas en la espesura y reinos misteriosos en montañas inaccesibles. Ese entorno ya no es el nuestro.

Como buen marinero, ¿tiene el Corto una novia en cada puerto?

Diría que hay una mujer en cada episodio; mujeres que no se conforman con los papeles manidos de novia, amante, reposo del marinero o vampiresa (algunas, cierto, recuerdan a la Dragon Lady de Terry y los pirata, de personalidad fuerte, dominante y misteriosa; pero, salvo Veneciana Stevenson, nuestro marino no tropieza con mujeres fatales). Ahí tenemos a Boca Dorada, Banshee y Shanghai Li, comprometidas con acciones insurgentes o revolucionarias. En ese sentido la suya es una serie más actual que, por ejemplo, las de su admirado Caniff, en donde, como en gran parte de la historieta tradicional, lo que prima es la camaradería masculina; y, desde luego, mucho menos misógina que las narraciones de Salgari, Verne y compañía, que reducían a las féminas a la condición de premio destinado al héroe. No olvidemos que Corto Maltés comparte la escena del comic internacional con Barbarella, Jodelle y Valentina, chicas de armas tomar y sexualidad desinhibida. Cosa notable, no se encama con ninguna de sus compañeras de viñeta; este seductor extrañamente casto solo mantiene con ellas relaciones fraternales o de amor platónico. Pratt reservó el erotismo para la intimidad de su tablero, no hay más que ver los desnudos al acuarela de sus últimos años.

Hablemos del dibujo, ¿era realmente tan bueno Pratt?

Hay quienes lo tienen endiosado; no es mi caso. Comparado con su maestro Caniff, carecía de su detallismo; había en él cierta tendencia a la simplificación que al final de su carrera desembocó en un esquematismo soso. El mismo Pratt reveló que su gusto por el claroscuro respondía en buena medida a que le permitía apurar las viñetas a golpe de pincel (algo similar podría decirse de su recurso al blanco); una confesión de pereza que no le quita el mérito de haber superado a Caniff en el uso expresivo de las sombras, rozando en ocasiones la abstracción con pinceladas inspiradas en la caligrafía oriental. Apuntemos que su composición de la página y de las viñetas era bastante tradicional. En la lejanía, sus figuras perdían definición; en contrapartida, ganaba mucho en los primeros y medios planos, luciéndose con cabezas y rostros de gran riqueza fisonómica y étnica. En resumidas cuentas: un dibujante con claroscuros (nunca mejor aplicado el término).

¿Quién se imagina al Corto equipado con Google Maps? ¿o sacándose un selfie con los reductores de cabezas del Amazonas?

A mi modo de ver, el poderío de su narración gráfica radica en la adopción de una óptica cinematográfica, visible en los silencios, la mirada muda del narrador y sus personajes, los planos-detalle, el vaivén de planos y contraplanos al servicio de diálogos sarcásticos, cínicos, poéticos.

Al valorar su obra no puedo dejar de pensar en los grandes cineastas (John Huston, por ejemplo) que no sobresalen por la fotografía ni el montaje, pero sí por su combinación de guiones notables, imágenes eficaces y actores apropiados (y, el caso de Pratt, por secuencias de antología como el naufragio en La Balada del Mar Salado, la avalancha de piedras en Las Etiópicas, o el Dublín neblinoso de Concierto en do menor para arpa y nitroglicerina). Pratt supo armar un elenco de primer nivel, encabezado por el Corto y seguido por Rasputín, Steiner, Boca Dorada, Cush….. y el paisaje, pues en sus relatos el océano, la tundra o el desierto juegan un rol similar al del Valle de la Muerte en los westerns de John Ford. Mezclando esos ingredientes, logró resultados formidables.

Imagénes: Wikimedia y http://cortomaltese.com/es/

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