Entrevista a Ignacio Dean, autor de "Libre y salvaje"

Ignacio Dean, tras viajar tres años a pie: “La inmensa mayoría vive en lo que aquí llamamos crisis”

Entre 2013 y 2016, el español Ignacio Dean recorrió el mundo a pie sin GPS y en muchos tramos ni siquiera cargaba un mapa, y para orientarse preguntaba a la gente por el camino. Fueron 33.000 kilómetros por más de 31 países de cuatro continentes, durmiendo la mayor parte del tiempo en tienda de campaña y casi siempre con una única compañía del carrito donde guardaba la ropa y la comida. Ahora, en un libro titulado ‘Libre y salvaje’, Ignacio Dean cuenta sus experiencias: los momentos duros y los miedos que pasó, pero también las cosas buenas que le reportó su aventura, como el convencimiento de que los sueños se pueden realizar si uno se lo propone y de que, a pesar de todo, vale la pena luchar por la conservación de este mundo y por su gente.

-¿Por qué emprendiste una vuelta al mundo a pie que duraría tres años? ¿Por dinero? ¿Por notoriedad? ¿Para llamar la atención sobre alguna causa?

Era un sueño que tenía. Creo que es un milagro estar vivos y el sentido de la vida es luchar por nuestros sueños, así que no quería dejar escapar la oportunidad ni esperar a que fuera demasiado tarde. Además, quise dedicar este reto para lanzar un mensaje medioambiental de conservación de la naturaleza y el planeta Tierra.

-En un mundo de turismo de fin de semana, viajes low-cost en avión y trenes de alta velocidad, sorprende que alguien se decida a dar la vuelta al mundo caminando. ¿Por qué un viaje tan largo e incierto a pie, y no en bicicleta, en moto, en coche o finalmente en avión?

Yo quería el pastel entero, no sólo una porción… una AVENTURA con mayúsculas. Caminar, además de ser el medio de transporte más lento y expuesto, es también el más silencioso y ecológico, y el que mejor encaja con el mensaje que quería lanzar. Es también la mejor manera de conocer los lugares, culturas y países que atraviesas, reparando en infinidad de detalles que, de otra manera, pasan desapercibidos. Digamos que, cuando viajas a pie, lo importante es el camino y no sólo el destino. Lo que ocurre es que esa libertad e incertidumbre sorprenden mucho en un mundo donde prima la seguridad, la estabilidad y el miedo a salir de la zona de confort y lanzarse a lo desconocido. Ir más deprisa no es sinónimo de saborear más las cosas ni aprovechar mejor el tiempo.

“Este viaje ha sido una demostración de que no hay nada imposible y de que no hay frontera más infranqueable que la que nos impide creer en algo”

-La tecnología está muy presente en tu libro. Por ejemplo, dices que cada vez que entrabas en un país te hacías con una tarjeta SIM de un operador local o que una de tus grandes pertenencias era tu portátil. ¿Qué tecnologías usaste para registrar tu periplo y para comunicar y dar a conocer el viaje?

Llevaba un teléfono móvil, una cámara de fotos y un ordenador portátil, tecnología con la que iba documentando el viaje a través de la web y las redes sociales, siempre que tenía una toma eléctrica y acceso a Internet.

-¿Desde qué redes sociales comunicaste y qué seguimiento tuviste en el tiempo que duró el viaje?

Facebook, Twitter, YouTube e Instagram. La comunidad de seguidores fue creciendo hasta ser cerca de 20.000 al terminar el viaje.

-¿Con qué apoyo contaste en España para dar a conocer tu aventura en los medios digitales?

Tuve un pequeño pero potente equipo, mis queridos Paz y Bruno, que me ayudaban con las entrevistas, la web, redes sociales y otros aspectos relacionados con la logística del viaje. Han estado al pie del cañón a lo largo de los tres años que ha durado el viaje, y gracias a ellos mi aventura tuvo la repercusión que ha tenido.

“El mayor tesoro de mi viaje ha sido la gente, la acogida tan buena que me han brindado”

-¿Por qué la idea de no llevar GPS ni incluso mapas en algunos tramos?

Los mapas son más ligeros y sencillos de usar, no necesitan pilas y son más baratos. La humanidad lleva siglos viajando sin GPS. Ahora, ha habido tramos en los que no tenía mapa y me guiaba preguntando a gente, por señales, la propia orografía del terreno o unas anotaciones que me hacía en un papel cuando tenía la oportunidad de consultar Google Maps.

-¿Cómo habría sido tu viaje hace 20 o 30 años, antes de Internet? Lo pregunto porque gracias a la Web y a las redes sociales ha tenido repercusión y también por estos medios pudiste encontrar a mucha gente en el camino que te ayudó y te dio un techo bajo el que dormir muchas noches.

Sin internet mi viaje hubiera sido mucho más difícil. Puesto que tenía un mensaje que lanzar, decidí hacer una web y abrir cuentas en las redes sociales, ventana desde la que fui contando el viaje. Pasaba días desaparecido en mitad de ninguna parte, en contacto con la naturaleza, pero cuando llegaba a una población con WiFi tenía que coger tiempo de mi descanso para subir fotos, vídeos, textos o contestar e-mails, y llevarlo todo lo más actualizado posible. Todo este trabajo tenía su recompensa, podía contactar con las embajadas cada vez que entraba a un nuevo país, hablar con mi familia, personas que tenía por delante en mi itinerario me escribían para ofrecerme ayuda, charlas en universidades, entrevistas en medios de comunicación. Ha habido tramos en que la gente me ha acompañado caminando, podía consultar mapas a través de Google Maps y planificar mi ruta, investigar acerca de los países que tenía que atravesar (situación política, cambios de moneda, costumbres, gastronomías, enfermedades…) todo desde mi portátil.

Llegada a Madrid de Ignacio Dean, el 20 de marzo de 2016.

-¿Estuviste en peligro? ¿Pasaste miedo?

Sí, es una aventura en la que tienes que extremar las precauciones y estar muy alerta porque viajas solo, caminando… Me intentaron asaltar varios tipos armados con machetes en El Salvador, presencié un atentado terrorista en Bangladesh, estuve frente a un rinoceronte salvaje en las junglas de Nepal, contraje la fiebre chikungunya en México, tuve dingos aullando alrededor de mi tienda de campaña en Australia, estuve a punto de acabar en prisión acusado de espionaje por culpa de unas fotos en la frontera entre Armenia e Irán, me mordió un perro en Honduras, pasas noches acampado bajo la tormenta y rayos… El peligro es una constante y va aflorando el instinto de supervivencia, la única manera de sobrevivir y poder llevar a buen término un viaje así.

-Por lo que cuentas en ‘Libre y salvaje’, muchos días los pasaste sólo, dándote palizas de 50 kilómetros por sitios inhóspitos y de clima extremo, como el centro de Australia o el desierto de Atacama, en Chile. ¿Cómo combatiste esa soledad durante tu viaje?

Escribía, hacía fotos, observaba la naturaleza, los demás animales, las nubes y las estrellas, hablaba en voz alta, daba discursos, me inventaba canciones y las cantaba una vez tras otra como un mantra, improvisaba papeles en películas…

Me inventaba canciones y las cantaba una vez tras otra como un mantra para combatir la soledad”

-El carro de tres ruedas que usaste para llevar la tienda, la ropa y el alimento se convierte en un personaje a medida que avanza tu viaje y el libro en el que lo narras. Llega un punto en que le llamas Jimmy y hablas con él. A mí me recuerda un poco al Wilson de ‘Náufrago’ o al Viernes de ‘Robinson Crusoe’.

Jimmy “Águila libre” es mi compañero de viaje, y llega a convertirse prácticamente en una extensión de mi cuerpo. Gracias a él he podido atravesar los desiertos y regiones muy despobladas. Antes de comenzar el viaje la gente me proponía ponerle nombre, pero yo contestaba: “Cómo le voy a poner nombre si sólo es un objeto, no estoy tan loco”. Hasta que atravesando Australia, cuando ya llevaba un año y medio de viaje, un día me sorprendí hablando con él: “¿Qué pasa Jimmy?, ¿no tienes ganas de caminar?”. A partir de ese día quedó bautizado, y es una de las claves en el buen desarrollo de esta aventura.

-¿Qué fue lo más grato, por satisfactorio, pero también por inesperado, del viaje?

El mayor tesoro de mi viaje ha sido la gente, la acogida tan buena que me han brindado las personas ha sido algo que nunca hubiera sido capaz de imaginar. A veces tenemos una imagen distorsionada de la realidad; todo son malas noticias, pero es un verdadero privilegio y una lección de humildad comprobar cómo, independientemente de la cultura, la religión o la nacionalidad, la gente te abre las puertas de sus casas y te ofrece su ayuda.

-¿Estuviste tentado de abandonar en algún momento?

Algún momento hubo. Pasas penurias, hambre, frío, soledad… Me intentaron volver a asaltar en México varios individuos armados con machetes, y te preguntas qué sentido tiene seguir poniendo la vida en juego por un sueño. Al principio, te da mucha fuerza que estás comenzando el viaje, y cuando las fuerzas comienzan a flaquear te anima que ya estás cerca del final.

-En el libro relatas tu encuentro con un motorista canadiense que te advierte de que lo peor llega cuando el viaje acaba. ¿Es así?

En mi caso no. Un viaje como éste comienza cuando sientes que es algo inevitable, una llamada de la vida, la única opción posible, y, del mismo modo, termina cuando sientes que ya va siendo hora de acabar. Cuando llegué de nuevo a la Puerta del Sol de Madrid, poniéndole el punto final a esta expedición tras 33.000 kilómetros a pie, estaba feliz, contento y satisfecho. Eso no quita que, de vez en cuando, tenga cierta nostalgia, ganas de embarcarme en una nueva aventura y que eche de menos la intensidad con que vives el día a día.

-Concluiste tu viaje en marzo de 2016 en Madrid. ¿Cómo has vuelto a la vida normal después de tres años caminando por el mundo y pasando mucho tiempo en soledad?

Lo que más me costó fue la adaptación física, acostumbrado durante 3 años a caminar 45 kilómetros diarios y estar 24 horas a la intemperie en contacto con los elementos, pasar a estar ocho horas diarias sentado en una silla frente a un ordenador escribiendo mi libro no fue fácil. Al principio, me aturdía estar con mucha gente, el ruido, la música alta… Me había convertido en una persona acostumbrada al silencio. Me subía a un coche y me mareaba, el aire de las casas me parecía muy seco, escuchaba un ruido a mi espalda y me giraba automáticamente acostumbrado a estar alerta durante tanto tiempo…

“Me intentaron asaltar varios tipos armados con machetes en El Salvador y vi un atentado terrorista en Bangladesh”

-¿A qué te dedicas actualmente?

Acabo de publicar un libro, ‘Libre y Salvaje’, narrando mi aventura. Doy charlas y conferencias compartiendo el espíritu y el aprendizaje de un viaje así. Y entreno para la próxima aventura.

-¿Tienes entonces en mente hacer algo parecido en el futuro?

Tengo en mente nuevos retos y aventuras, pero de momento apenas son un boceto. Probablemente haré público mi nuevo proyecto después del verano.

-¿Hasta qué punto te cambió la vida y la percepción del mundo el viaje que relatas en ‘Libre y salvaje’?

En primer lugar, te das cuenta de que el planeta no es tan grande. Yo lo he recorrido con mis pies, lo he visto con mis propios ojos, tengo una noción de sus dimensiones y puedo decir que no es tan grande, razón de más para cuidarlo. Han sido 3 años viviendo con lo que cabe en un carrito, durmiendo en el suelo de una tienda de campaña, lavando mi ropa a mano… Cuando regresas de nuevo a España, valoras todo mucho más, abrir un grifo y que salga agua, apretar un botón y que se encienda la luz, un plato de comida caliente… En vez de quedarnos de brazos cruzados esperando a que nos den la cosas hechas, hemos de apreciar lo que tenemos y trabajar para mejorarlo.

Atraviesas países musulmanes, budistas, cristianos, hindúes, del hemisferio norte y sur, de derechas e izquierdas… y te das cuenta de que no hay una verdad absoluta y que las cosas pueden ser de mil maneras diferentes. Que tenemos el poder de crear la realidad y escribir la historia. Vuelve una persona mucho más consciente de quién es y de qué quiere, de lo valioso que es el tiempo y el milagro que es estar vivo. Este viaje ha sido una demostración de que no hay nada imposible, de lo que somos capaces de lograr cuando nos proponemos un objetivo y luchamos por él, y que no hay frontera más infranqueable que la que nos impide creer en algo.

“Ir más deprisa no es sinónimo de saborear más las cosas ni aprovechar mejor el tiempo”

-Dices en un momento del libro que en el primer mundo estamos tan protegidos que nos hemos adormecido. ¿Qué es vivir despierto y qué recomendarías para recuperar la curiosidad?

Vivir despierto es amar la vida y el mundo que nos rodea, ser consciente de lo valioso que es el tiempo y el milagro que es estar vivos, apreciar y valorar cada día. Estamos en este mundo de paso, un día venimos y otro nos iremos de él, y nada nos pertenece realmente.

En Occidente vivimos en una sociedad fácil y cómoda, damos por sentado que por el simple hecho de nacer tenemos derecho a una serie de comodidades y privilegios, que después de un día viene otro y así hasta los ochenta años de edad, pero no es así, las cosas hay que valorarlas y trabajar para ganárselas. Una recomendación es viajar y ver con nuestros propios ojos cómo la inmensa mayoría de la humanidad vive en un constante estado de lo que aquí llamamos “crisis”, eso nos enseñaría a valorar lo que tenemos. O miles de historias de héroes anónimos, gente que lucha por sobrevivir en una guerra o por superar una enfermedad, ejemplos de valor y coraje que nos hacen sentir que no hay excusa para dar lo mejor de nosotros cada día.

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