Entrevista a Juan Soto Ivars, autor del libro ‘Arden las redes’

Juan Soto Ivars, autor de ‘Arden las redes’: “El linchamiento en redes sociales puede sufrirlo cualquiera”

Hace unos años ya, cuando emergieron con fuerza redes sociales como Facebook o Twitter, muchos ciberentusiastas y optimistas digitales las saludaron como una nueva vía para conseguir una comunicación fácil, igualitaria y libre. Ha pasado el tiempo y se puede decir que las redes sociales han servido en algunos casos para eso -las revoluciones de la Primavera Árabe son un buen ejemplo-, pero también han tenido el efecto contrario. En muchos países han emponzoñado el debate tranquilo, racional y respetuoso y han servido para reprimir ideas y linchar al que opina diferente, humillándolo y destruyendo su reputación. En su libro ‘Arden las redes’, el periodista Juan Soto Ivars analiza los mecanismos de esta nueva forma de censura y hace un repaso de los casos reales de linchamiento en la web que han llevado a un clima asfixiante y a situaciones intolerables que creíamos de otra época.

-Empiezas tu libro hablando de la censura política (Franco, Stalin…) y de la que imponen los poderes económicos. De alguna forma, comparas la censura fruto de la presión de los grupos activistas y radicales en las redes sociales con estas formas mucho más contundentes de recorte de la libertad de expresión. ¿No es demasiado exagerado?

Sería exagerado equiparar las dos censuras, pero no es lo que hago yo: la comparación sirve para extraer de la censura tradicional, hija de las dictaduras, los elementos que se mantienen intactos en la poscensura contemporánea: el sentimiento que mueve a la censura y la poscensura sí es, sin embargo, equiparable. Era necesario describir primero muy bien cómo funcionaba en realidad aquella censura y cómo sigue funcionando a través de los poderes económicos para sentar las bases teóricas de la poscensura.

-¿Se puede decir que las redes sociales, que se pensaron inicialmente como un espacio de libertad y de comunicación entre iguales, se han convertido en un infierno y un escenario donde el diálogo muchas veces es imposible?

No diría tampoco “infierno”, porque en las redes sociales sucede lo mejor y lo peor, pero sí es cierto que en la programación que las hace posible y en el comportamiento de los usuarios hay elementos que hacen muy difícil el debate racional.​ Me resultó muy paradójico, mientras investigaba la poscensura, darme cuenta de que la herramienta que ha hecho posible la mayor cota de libertad de expresión de la historia nos ha traído una forma de represión de las ideas y ha provocado un clima de enorme polarización de las opiniones.

“Tenemos que dejar de percibir a Facebook y Google como empresas progres. hacen un gran negocio con nuestra actividad, y no siempre con intenciones transparentes”

-¿Por qué muchos ciudadanos que se comportan normalmente en la calle o en el trabajo devienen en troles y forman una masa furibunda en Internet? ¿Por qué las redes sociales nos hacen peores, más intolerantes e iracundos?

​Comparo ​lo que nos pasa en las redes sociales a lo que nos ocurre dentro de un coche. Las salvajadas que proferimos protegidos por la carrocería y el cristal rara vez las diríamos a otro conductor a la cara. Psicológicamente se activan en las redes dos mecanismos peligrosos que llevamos instalados en el disco duro: el sesgo de confirmación, que alimenta nuestros prejuicios, y la disonancia cognitiva, que, como explica muy bien Jon Ronson, nos convierte en jueces crueles e implacables.

-En el libro dices que el miedo lleva a muchos a entrar en discusiones agresivas en Internet que pueden acabar con la imagen de una persona. ¿Podrías explicarte? 

​Lo que se ataca en los linchamientos colectivos es la reputación. Se ha hecho contra empresas, que han retrocedido en una mala práctica denunciada por los usuarios, pero con cada vez mayor frecuencia se hace contra individuos que simplemente han comunicado una opinión, o hecho un chiste. El miedo a perder nuestra reputación porque una masa de gente desconocida nos llama machistas, racistas, buenistas, podemitas, fachas, etc., anima a muchos usuarios a callar opiniones susceptibles de acarrear esta clase de etiquetas. Lo que desaparece en el ruido son, pues, los grises entre el blanco y el negro.​

“Las piromanías más activas son las de los nacionalistas, las de los religiosos y las de una parte del feminismo”

-¿Nos han hecho las redes sociales menos flexibles y más propensos a ofendernos? En el libro hablas de la generación snowflake.

No sé si las redes sociales son el único caldo de cultivo del “snowflake”, pero sí contribuyen a ello. En las redes se nos premia por nuestra jactancia y se nos puede criticar por manifestar dudas, especialmente en un contexto de guerra cultural, donde la acusación de “traidor” a tu causa se vende bastante barata. ​

-Tu libro hace un repaso por los linchamientos digitales con mayor repercusión mediática de los últimos años (María Frisa, Guillermo Zapata, Jorge Cremades, Nacho Vigalondo, Justine Sacco…). ¿Cuál ha sido para ti el caso más sangrante e intolerable de todos los que has analizado?

​Quizás el más monstruoso ocurrido en España fue el del profesor antitaurino Vicent Belenguer, cuya vida ha sido destruida a raíz de un mensaje espantoso que publicó en su Facebook tras la muerte del torero Víctor Barrio.​ Ese caso es escalofriante porque te das cuenta de la desproporción de las condenas que impone la masa enfurecida en este sistema de justicia paralela.

-¿Qué te parece el uso de Twitter que hace Donald Trump?

Donald Trump y sus seguidores son el ejemplo perfecto de cómo funcionan​ la posverdad y la poscensura. Que el presidente de EEUU se comunique con exabruptos a través de Twitter demuestra que mi libro no habla tanto de redes sociales como de democracia. Esa frontera entre “redes sociales” y lo demás se ha disuelto hace mucho tiempo.

“A uno se le ataca por un comentario y a cien que dijeron lo mismo se les deja pasar. La poscensura es demoníacamente arbitraria”

-¿Hasta qué punto marcan las redes sociales la agenda de los medios?

​Desgraciadamente, la marcan muchísimo. El trending topic sería una tormenta en un vaso de agua si no fuera por los periodistas, que pasamos demasiado tiempo en Twitter y consideramos esa plataforma como una fábrica de noticias virales. Sin embargo, la atención mediática alucinante que está teniendo mi ensayo me anima a pensar que los periodistas vamos a empezar de trabajar estos asuntos de otra manera. O quizás estoy soñando.​

-Tú dices que los medios de comunicación han tenido parte de la culpa de que las redes se hayan convertido en un lugar para la humillación. ¿Por qué?

​Te pongo un ejemplo del libro: María Frisa. Su acusación viene de una adolescente y un youtuber. Cuando se hace la bola de nieve en las redes, los medios publican casi sin excepción el contenido de esa acusación, que elevan a la categoría de condena, sin explicar realmente lo que está pasando ahí detrás. Es una gran irresponsabilidad contar los linchamientos desde arriba, en visión superficial. El trabajo periodístico es ver de dónde vienen y dirimir si la acusación es cierta o una calumnia.​

-También dices que Twitter se ha convertido en un generador de información basura. ¿Tan mal están las cosas?

La gloria de las noticias falsas es impensable sin redes sociales. Cualquier medio basura genera una noticia falsa, pone un titular con gancho y los usuarios la expanden por todas partes, porque ideológicamente les conviene creer esa mentira. Mientras tanto, medios serios publican notas desmintiendo el bulo, y la viralidad de estas publicaciones es ínfima.​

“La gloria de las noticias falsas es impensable sin redes sociales”

-Entiendo que con todo esto al final ganan Google, Facebook y todas aquellas compañías que hacen negocio con nuestros datos…

Totalmente. Tenemos que dejar de percibir a Facebook y Google como empresas progres: son corporaciones gigantescas que hacen un gran negocio con nuestra actividad, y no siempre con intenciones transparentes.​

-¿Qué quieres decir cuando escribes en tu libro que las redes sociales son “el escenario de un espejismo colectivo”?

​El espejismo de las redes es que nos hacen creer que estamos “luchando”. Cuando ves a la gente retuitear masivamente cualquier tipo de consigna, sabes que esa gente no está consiguiendo gran cosa, pero se está sintiendo la mar de solidaria y comprometida. ​Montar un 15M, en cambio, lleva mucho más esfuerzo. Es salir del espejismo y hacer algo de verdad, aunque al final los resultados siempre nos decepcionen un poco.

-¿Dónde están hoy los frentes de batalla más activos en Internet y en las redes sociales? En otras palabras, ¿en qué sitios o ámbitos ideológicos hay más probabilidades de que se origine el incendio y ya nadie lo pueda parar?

En realidad, en todas partes, pero por lo que yo llevo visto (quizás me equivoque) dos de las piromanías más activas son las de los nacionalistas (de cualquier nación), las de los religiosos y las de una parte del feminismo de la tercera ola.​

-¿Tiene vuelta atrás esta perversión de las redes sociales?

​No puedo hablar del futuro. Sospecho que la tendencia es que este fenómeno de la poscensura vaya a más durante algún tiempo, pero quién sabe.

-¿Qué debe hacer un usuario de Twitter y otras redes sociales para no verse sorprendido por un grupo de internautas furibundos y extremistas? ¿Qué precauciones debemos tomar para que no pisoteen nuestro nombre y reputación?

Lo que hacen algunos usuarios es dejar de expresar determinadas opiniones que pueden ser malinterpretadas y usadas para hacer daño a la reputación. Pero lo que nos enseñan los casos de linchamiento que elijo para mi libro es que puede pasarle a cualquiera. Dejamos un rastro en Internet que no podemos controlar. A uno se le ataca por un comentario y a cien que dijeron lo mismo se les deja pasar. La poscensura es demoníacamente arbitraria y al final es cuestión de suerte.

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Imágenes | Editorial Debate