Lo que dicen los científicos sobre el coronavirus cambia: ¿por qué?

¿Por qué los científicos dicen una cosa hoy y mañana otra?

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Los científicos llevan tiempo sufriendo cierta crisis de confianza. A pesar de que se cree mucho más en los científicos que en otras figuras públicas, como los políticos, esta falta de confianza empezó en los años 60 y parece tener su máximo exponente en cómo se ha comunicado la situación de la pandemia de SARS-CoV-2. La población se pregunta por qué los científicos cambian de ‘opinión’. ¿Por qué los científicos dicen una cosa hoy y mañana otra?

Órganos como la Organización Mundial de la Salud (OMS), los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades​ de Estados Unidos (CDC) o los ministerios de sanidad de multitud de países han dado información contradictoria durante meses, y buena parte de la población no entiende el porqué, asociando estos virajes a falta de capacidades, desinterés político e incluso conspiraciones en la sombra. Y es que aprender requiere un tiempo que el coronavirus no nos ha dado. Así funciona la ciencia.

¿Pero se contagia por gotículas o aerosoles?

En su reciente libro ‘Diario de Wuhan’ (2020), la autora china Wang Fang critica cómo el Gobierno de su país declaró a principios de enero que el virus “no se transmite entre personas”. Esas fueron las palabras textuales del Partido Comunista de China antes de descubrir que sí se transmitía entre personas, tras lo cual cambió el mensaje a “se transmite por gotículas”.

Esta ha sido la hipótesis más aceptada durante meses, y a fecha de hoy es la que puede leerse aún en la página oficial de la OMS. La última actualización se realizó el 29 de marzo de 2020. Sin embargo, nuevas y recientes evidencias indican que el mecanismo de transmisión del SARS-CoV-2 es mediante aerosoles, una posibilidad que ya se contempló en China en febrero.

¿Por qué no se actualizó la información antes? Porque la evidencia no era lo suficientemente fuerte, y hoy día sigue sin serlo del todo. Hay que investigar mucho más en una carrera contrarreloj, y algo similar ocurrió con la información sobre si es o no posible la reinfección por coronavirus.

¿Podemos reinfectarnos de coronavirus? ¿Qué hay de la inmunidad de grupo?

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Al principio de la epidemia se dijo que reinfectarse era imposible porque no se conocían casos, y que solo podría ocurrir en episodios rarísimos. Al menos hasta que el 25 de agosto se logró probar que esto sí era posible al descubrir a un paciente chino que se había infectado de dos cepas diferentes.

Lejos de ser un caso aislado, días después se confirmaron dos casos más, uno en Holanda y otro en Bélgica. Ya no era una teoría ni algo remoto: la reinfección es posible, está documentada y parece tener bastantes más posibilidades de ocurrir de lo que se pensaba hace meses. Ahora mismo se sospecha que estas reinfecciones podrían ser más leves, pero es aún una hipótesis.

También desde el principio de la pandemia se viene hablando de la inmunidad de grupo. Pero esta quedaría parcialmente invalidada si la gente puede recaer varias veces en la infección. De hecho, también se queda en papel mojado cualquier posibilidad de pasaporte serológico.

Esta información cambia por completo las estrategias para lidiar con el virus, de ahí que se adapten las políticas que toman diferentes países. De ahí el vaivén de información. No es que los científicos cambien de parecer, sino que descubren nuevos aspectos del virus que alteran por completo la forma de resolver la pandemia.

Pero ¿cuántas secuelas deja el coronavirus?

Primero se dijo que el virus afectaba solo a las personas mayores, pero se trataba de información incorrecta deducida por datos sesgados: los mayores morían más, y las estadísticas se centraron en este grupo de edad. Ahora sabemos que el coronavirus afecta de diferentes formas a distintos grupos de edad. Y que nadie está a salvo de lesiones crónicas a varios niveles. Pero se ha tardado meses en dar con la evidencia que lo demostrara.

En agosto, el catedrático de microbiología Ignacio López-Goñi confirmaba que “un número alto de pacientes sufre problemas de coagulación (por afectar a los endotelios) y una respuesta inmune exagerada (tormenta de citoquinas) que acaban en embolias pulmonares, infartos, ictus, problemas hepáticos y de riñón e incluso alteraciones en el sistema nervioso”.

Antes ya se sabía que la COVID-19 afectaba a los pulmones, al olfato y gusto, a la piel o a varias zonas del sistema nervioso. Y que dejaba secuelas graves a los afectados.

Ahora se sabe más, y se sabrá mucho más gracias a los recientes ensayos con organoides y la finalización de las respectivas fases 3 de decenas de vacunas por todo el mundo. Aunque para esto habrá que esperar meses, si no años.

¿Entendemos cómo funciona la ciencia?

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Cualquier investigador o lector habitual de artículos científicos entiende sin problema o trauma estos aparentes cabeceos porque, de hecho, está acostumbrado a ellos. Es así como funciona la consolidación del conocimiento científico a medida que aprendemos sobre una materia. De forma iterativa hasta dar con una solución, pero sin descartar que esta pueda cambiar.

De hecho es algo que pasa con frecuencia, pero en lapsos de tiempo mucho más amplios. Como ejemplo, hace relativamente poco se descubrió que Júpiter es ligeramente más viejo que el Sol, algo que cambia por completo la forma en que vemos la mecánica en astronomía. Lo que ha ocurrido en el caso del coronavirus es que el método científico ha trabajado a la carrera.

Tanto es así que se sabe que se han cometido errores serios o que incluso se han llegado a publicar artículos sin verificar. Por un lado, se ha dado un fenómeno poco usual, y es que la población general estaba muy interesada en aprender. Así, han sido frecuentes preguntas como cuánto de probable es el contagio al aire libre o cuál es el riesgo de contraer COVID-19 en un ascensor.

Pero, por otro lado, la misma población general exige respuestas sencillas, universales y estáticas en el tiempo. Y eso es imposible, especialmente cuando lidiamos con un virus nuevo o cuando la producción de contenido científico se realiza a alta velocidad. A medida que vamos aprendiendo más sobre el virus, también cambia lo que sabemos y, por tanto, los consejos sobre lo que hacer.

El método científico no es perfecto, pero sí es la mejor herramienta que tenemos para aprender sobre un asunto. Y en muchas ocasiones lo usamos para corregir algo que creíamos saber sobre una materia, como es el caso. Si en un principio se pensaba que el virus no podía contagiar, las autoridades se dieron cuenta rápidamente de que no era así. Y tuvieron que cambiar las recomendaciones.

¿Cómo superar la crispación social derivada de la incertidumbre?

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Este sistema de aprendizaje, el mejor que tiene la humanidad, no está exento de problemas. Cuando los conocimientos se generan en el largo plazo, los debates sobre las hipótesis rara vez llegan a la población general, que vive ajena a si Plutón debe o no ser un planeta, o si el condensado Bose-Einstein se genera mejor o peor en el espacio.

El problema aparece cuando las publicaciones científicas están muy pegadas a la actualidad y las políticas a estas publicaciones, porque el resultado es un bamboleo constante que se identifica con una mala praxis científica y política, aunque de hecho no sea el caso.

Es primordial que la ciudadanía entienda el proceso de generación de conocimiento, y por qué hoy se dice algo que podría ser desmentido mañana. Toca acostumbrarse a vivir y caminar sobre una superficie tan sólida como sea posible, lo que implica que habrá muchos baches de tanto en tanto. Toca ser pacientes en un momento en que la paciencia es más difícil que nunca.

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Imágenes | National Cancer Institute, CDC, United Nations COVID-19 ResponseiMattSmart

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