Germán Orizaola, el biólogo de Chernóbil: “La guerra destroza más que la radiación”

El investigador Germán Orizaola en Chernóbil

La guerra de Ucrania ha vuelto a poner el foco de atención en la central nuclear de Chernóbil (Ucrania), de cuyo gravísimo accidente se cumplen 36 años el próximo 26 de abril.

Las tropas rusas se han hecho con el control de la planta y mantienen “prácticamente como rehenes” a los 200 trabajadores que aún hacen labores de mantenimiento en ella.

Lo cuenta para Nobbot el biólogo Germán Orizaola, que lleva desde 2016 investigando los efectos de la radiación en la fauna salvaje de la inesperada reserva natural en que se ha convertido la vasta zona que rodea a la central.

Doctor en Biología por la Universidad de Oviedo, y especialista en Zoología, Orizaola estaba preparando su viaje anual a la zona de exclusión de Chernóbil cuando estalló la guerra. Allí trabaja junto a un equipo de investigadores ucranianos, con los que sigue manteniendo contacto en estos días. Mi principal colega, con el que hace apenas un mes estaba hablando de genética de anfibios, me cuenta que ahora mismo está preparando cócteles molotov en Járkov. Ni yo, ni ellos, creíamos que Rusia iba a terminar invadiendo el país”.

Equipo de biólogos ucraniano y español en Chernóbil
De izq. a dcha., el equipo ucraniano y español de biólogos Sergey Gaschak, Germán Orizaola, Pablo Burraco y Eugene Gulyaichenko, en la zona de exclusión de Chernóbil, en 2018

Un gigantesco parque natural

Tras el accidente de la central nuclear y la evacuación de las 350 000 personas que residían tanto en Chernóbil como en Prípiat, a tres kilómetros de la planta, la zona se ha convertido de forma involuntaria en una enorme reserva natural con una superficie de 4500 kilómetros cuadrados. Una extensión que supone más de la mitad de la comunidad autónoma de Madrid.

En un radio de 30 kilómetros partiendo de la central nuclear queda limitada la llamada zona de exclusión. Allí habitan en la actualidad osos, alces, linces, bisontes, caballos salvajes de la casi extinguida raza Przewalski, la mayor población de lobos de Europa y cientos de especies de aves y anfibios.

– ¿Sigue habiendo peligro radiactivo?

Cada vez menos. Uno de nuestros compañeros, biólogo, llegó a Chernóbil en agosto de 1986 a hacer trabajos de limpieza y descontaminación de la planta. Lleva allí desde entonces y no tiene ningún tipo de secuela. Hay más secuelas sociales: el hecho de que la gente tuviera que abandonar su casa, su trabajo, el que fueran considerados casi como apestados (se creía que la radiación era contagiosa) sumado a muchos casos de drogadicción y alcoholismo… Eso sí que dejó huella en una gran parte de la población.

– Sin embargo, también hubo 54 víctimas mortales directas, sin contar los que fallecieron más tarde por secuelas derivadas de la exposición a la radiación.

Desde luego, no hay que olvidar que mucha gente murió por los altos índices de radiactividad a los que quedó expuesta en los primeros días del accidente. Y que otros muchos sufrieron secuelas. Aunque nada comparado con lo que está ocurriendo en estos días. Basta con contabilizar los muertos que ha provocado la invasión rusa de Ucrania o los más de tres millones de desplazados que ha habido en solo tres semanas, para entender que la guerra destroza y mata mucho más que la radiación.

Radiación a la baja

– ¿Cómo ha llegado Chérnobil a convertirse en este santuario accidental de flora y fauna silvestre?

Hay tres factores fundamentales: la falta de presencia humana, la enorme superficie que abarca y, aunque suene chocante, la cada vez más baja radiación. La radiación no es una contaminación normal, va desapareciendo con el tiempo. El 90 % de la radiación que se liberó durante el accidente ya ha desaparecido. La que queda ahora mismo en Chernóbil está muy concentrada en determinados lugares. En la llamada zona de exclusión, donde trabajo cuando voy allí a investigar, gran parte de su superficie tiene en la actualidad el mismo nivel de radiación que mi despacho de la universidad. Lo sé porque medimos la exposición constantemente y al salir de la zona de exclusión nos hacemos obligatoriamente controles de radiación.

Orizaola (dcha.) junto a su colega Pablo Burraco frente a la zona sellada de la central de Chernóbil

– ¿Qué zonas son aún las más afectadas por el accidente?

Por ejemplo, la del bosque rojo. Se llama así porque la nube radiactiva quemó las hojas y ramas de los pinos volviéndolas rojas. No sobrevivieron. La zona más radiactiva ocupa unos 10 kilómetros cuadrados. Dentro de los isótopos radiactivos, los que más persisten ahora mismo son el cesio y el estroncio. También quedan, por ejemplo, isótopos de plutonio, que, como bien decían en la serie de televisión ‘Chernobyl’, tardan más de 20 000 años en desaparecer. Pero ni siquiera en el momento del accidente fue en absoluto importante la cantidad de plutonio que se emitió. Representó el 0,0003 %. Actualmente, que sepamos, no supone un peligro para los animales.

– ¿Ni siquiera si pasan por la considerada como zona cero?

Lo hacen, y no detectamos en ellos un mayor nivel radiactivo. Incluso yo investigo dentro de esa área. En un par de semanas moviéndome por la zona de exclusión no acumulo más radiación que la cuarta parte de lo que supone una mamografía. O un 5 % de lo que se acumula en un escáner. Después de casi 36 años, y sabiendo que este fue el más grave accidente nuclear de la historia (irrepetible a día de hoy, por los avances tecnológicos), habría que minimizar un poco las consecuencias. No ha quedado el escenario postapocalíptico con el que tanto se especuló. Basta ver cómo evolucionan la fauna y flora silvestres en toda el área. Se han adaptado a vivir con niveles de radiación baja, como se ha comprobado con los lobos. Están expuestos a radiación, pero ahí siguen, multiplicando su población día a día.

Una rana de San Antonio oriental en Chernóbil
Un ejemplar de la llamada rana de San Antonio oriental (Hyla orientalis), estudiada por Orizaola en la reserva natural de Chernóbil en 2019

La mutación de los anfibios

– ¿Cómo y cuándo llegó usted a investigar en esta reserva natural?

Yo estudiaba ecología de anfibios. En un congreso coincidí con una investigadora sueca que investigaba los efectos de la radiación en los mismos, aunque a nivel de laboratorio. Dentro de un proyecto europeo teníamos la idea de hacer trabajo de campo y vimos en Chernóbil una buena oportunidad. Allí llegué en 2016 y he estado trabajando todos estos años. La pandemia primero, y ahora la guerra, nos ha impedido seguir haciendo la investigación in situ.

– ¿Qué observó en los anfibios?

Después de 15 generaciones, muchos presentan una mayor diversidad genética, más mutaciones y, además, una coloración más oscura de la piel. Se sabe que la radiación genera mutación, pero no debe tener por ello una consideración negativa. Puede ser neutra o incluso favorecer alguna respuesta evolutiva, como podría ser el caso de estas ranas oscuras. En cierto modo, estas mutaciones podrían haberles protegido de la posible radiación. Y ahora mismo ninguna llega al nivel de radiación que pueda considerarse peligroso para su vida.

Muestreo nocturno de anfibios en la zona de exclusión de Chernóbil, 2018.

– En el caso de los humanos, ¿puede haber mutaciones?

Es difícil de saber, porque ya no queda población expuesta a radiación. Pero hace un año se publicó en ‘Science’ un estudio muy potente sobre la gente que estuvo expuesta a la radiación de Chernóbil y la conclusión es que no ha pasado a su descendencia ningún tipo de cambio genético. Es importante saber esto, pues en la sociedad ucraniana aún había mucha incertidumbre y gente que no quería casarse con originarios de Chernóbil. Era una especie de estigma.

Bacterias radioresistentes

– También ha investigado sobre bacterias de la zona. ¿A qué conclusiones ha llegado?

En las zonas con más radiación hemos comprobado que hay algunos tipos de bacterias que incluso aprovechan compuestos radiactivos para su metabolismo, convirtiéndose en radioresistentes. Esto supone una derivada muy interesante para áreas como la ciencia espacial. Uno de los problemas que hay en el espacio, aparte de la falta de oxígeno, es la radiación. Es una vía de investigación que se puede desarrollar a largo plazo.

Ejemplar de caballo Przewalski / Pixabay

– ¿En qué consiste su proyecto de investigación actual?

Estamos estudiando las manadas de caballos Przewalski, considerada como los últimos realmente salvajes que sobreviven en nuestros días. La especie se extinguió en China y Mongolia y se ha conservado gracias a que algunos ejemplares se mantuvieron en zoológicos. Estos caballos no estaban allí cuando ocurrió el accidente nuclear. Se introdujeron unos años después en 1998 provenientes de una especie de reserva-zoológico que existe en el sur de Ucrania. La idea, se supone, era que se comieran los brotes de árboles de las tierras de cultivo abandonadas para evitar que se convirtieran en bosques. No ocurrió así. Hemos calculado que la población de caballos Przewalski se ha multiplicado por siete en la reserva natural de Chernóbil.

– ¿Y podrían tener algún tipo de secuela radiactiva?

Parece que no. Ha pasado tanto tiempo desde el accidente que los efectos de la radiación apenas se notan en los grandes vertebrados, desde luego, no a nivel poblacional. Ahora nos centramos más en investigar los procesos de recuperación natural de la fauna y flora silvestre en una zona que estuvo habitada por unas 350 000 personas con una actividad agrícola e industrial muy intensa y que ha terminado convirtiéndose en una reserva biológica de primer orden.

Ojo con las setas

– Sin embargo, siempre se dijo, incluso muchos años después de ocurrir la catástrofe nuclear, que se tuviera cuidado al comer setas provenientes de Europa del Este, por la acumulación radiactiva que pudieran tener.

Es cierto. Una vez pasada la nube, la radiación quedó depositada fundamentalmente en el suelo. Y los hongos la absorben más que nada. Yo de Chernóbil no comería nada en principio, pero mucho menos setas. Tampoco es seguro comerse un jabalí, que se pasa la vida hozando y comiendo todo tipo de hongos. Exceden el nivel que se considera seguro para su consumo.

Respecto a cómo afecta la radiación a las plantas, una compañera belga lo ha estudiado y sí se ven algunos cambios genéticos, pero no por ello hay que deducir que suponga algo negativo para la planta. En árboles que estaban allí en 1986 se comprueba que en los tres primeros años se ralentizó su crecimiento e incluso que hubo pinos que no produjeron piñas. Pero sobrevivieron y ahora ya crecen normalmente.

– El atolón Bikini, en las Islas Marshall, es hoy un paraíso de corales y vida marina, según un estudio reciente de la Universidad de Stanford (Estados Unidos). Allí se llevaron a cabo 67 pruebas de bombas atómicas entre los años 40 y 50 del siglo pasado. ¿Podría hablarse de una misteriosa relación entre la fisión nuclear y la vida salvaje?

En todos los casos, ya sea en el atolón Bikini como en Chernóbil, e incluso en la zona de la central nuclear de Fukushima (Japón), arrasada por el tsunami de hace 11 años, lo más importante es que siguen deshabitados. El atolón Bikini tiene ahora mismo una de las mayores diversidades marinas del mundo, después de estar más de 50 años sin ningún tipo de presión humana. Y es muy posible que el coral tenga radiación acumulada, pero ya se ve que, en absoluto, le afecta a su crecimiento.

CEMENTERIOS NUCLEARES

– ¿Estos estudios podrían valer en un futuro para valorar cómo vivirían los humanos en un entorno nuclear, como, por ejemplo, junto a un cementerio de residuos nucleares, como el que se proyectó en la localidad conquense de Villar de Cañas?

Yo venía de un mundo que no tenía nada que ver con el tema nuclear. La investigación en Chernóbil me ha ayudado a desmitificar muchas cosas. Se desconoce mucho sobre el asunto. El nivel de radiación de los residuos nucleares es bajo, como estamos comprobando en la central ucraniana. Si a eso se le añaden los impresionantes sistemas de seguridad, tanto en diseño como tecnología, que acompañan a los complejos de almacenamiento de residuos, el peligro de radiación es mínimo. Incluso en la remota posibilidad de que se produjera una fuga, siempre habría que hablar de una radiación de baja intensidad. Ahora mismo, países como Finlandia, Suecia y Gran Bretaña están construyendo almacenes subterráneos de residuos nucleares.

– ¿Por qué cree entonces que tiene tan mala fama la energía nuclear y el almacenamiento de los residuos, ya sean procedentes de centrales o de la misma actividad médico hospitalaria?

Aquí en Asturias, donde trabajo habitualmente, han funcionado durante decenas de años centrales térmicas de carbón. A nadie le parecía mal hasta hace cuatro días, como quien dice, y está claro que estas centrales son infinitamente más contaminantes que una central nuclear. A 300 metros de donde estoy hay un hospital de silicosis. ¿Cuánto polvo de carbón se ha respirado durante años en Gijón? ¿Cuántos muertos han producido las minas y estas centrales?

– Frente a esto, ¿no habría que apostar por las fuentes de energía alternativas, como la eólica o la solar fotovoltaica?

No creo que haya que plantear una dicotomía al respecto. Estas fuentes están muy bien y son muy interesantes, pero también plantean problemas: los aerogeneradores, si no hay viento, no funcionan, y a día de hoy, no existen mecanismos de almacenamiento de este tipo de energía a gran escala. Actualmente, se sigue necesitando una energía que dé soporte a la solar y la eólica, y esto solo se suple con combustibles fósiles o con energía nuclear.

FUKUSHIMA, PUNTO DE INFLEXIÓN

– El desastre de Fukushima hizo que Alemania decidiera proceder al cierre de todas sus centrales nucleares. Ahora mismo tiene una fuerte dependencia del gas ruso, lo cual supone otro problema, dada la guerra de Ucrania. ¿Cómo cree que se puede resolver?

Alemania es ahora mismo el país de Europa con más generación de CO2, superando incluso a Polonia . Aún hay mucha dependencia de los combustibles fósiles. Y no tiene una fácil solución. Por contra, se pueden analizar casos de países como Suecia o Francia. En Suecia he vivido 13 años y conozco el caso de cerca: casi el 50 % de su producción de energía eléctrica es de origen nuclear y el otro 50 % es hidroeléctrica. Apenas tienen emisiones de CO2. Y Francia ha apostado en un 70 % por la energía nuclear para su producción eléctrica. Creo que la guerra de Ucrania y el consecuente debate sobre el gas ruso van a dar paso a un nuevo replanteamiento energético por parte de muchos países europeos.

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Imágenes | Cedidas por Germán Orizaola / Pixabay

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