La burbuja de la desinformación: ¿Cómo pincharla?

La burbuja de la desinformación: ¿Cómo pincharla?

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La desinformación no es un fenómeno nuevo. Es consustancial al ser humano en cuanto a su intencionalidad (normalmente con cierto componente político o ideológico) y a su estructura (una mezcla de verdad con mentiras sazonadas y un regusto emocional que las hace irresistibles).

Tíscar Lara, Directora de Comunicación y Marketing de EOI
Tíscar Lara, Directora de Comunicación y Marketing de EOI

¿Quién promueve la desinformación? Hay elementos importantes que hacen que haya adquirido su actual dimensión. Vayamos por partes:

Los promotores

Sorprendentemente, quienes más tendrían que protegernos como ciudadanos son parte interesada en su difusión: políticos, por un lado, y medios de comunicación, por otro.

Intereses ideológicos y económicos atrapados por el modelo económico que garantiza su subsistencia: las visitas con el famoso “clickbait” que domina un sector basado en los contenidos gratuitos a cambio de atención. Y una buena mentira suele ser más atractiva que una mala verdad, así que la ecuación gana a su favor. 

Políticos y medios, además, que comparten mesa con nuevos invitados a la fiesta que llegan sin tarjeta de visita, como pueden ser grupos de interés que operan en la sombra y particulares organizados en granjas de contenido falso que click tras click hace mover la máquina tragaperras.

Los canales

El modelo de negocio de las plataformas de social media se basa fundamentalmente en el engagement de los usuarios que cual Pulgarcito dejan miguitas de pan de su vida online. Son las golosinas digitales de un trío virtuoso: interacción constante, data creciente y personalización al detalle. Un bombón demasiado dulce para todos aquellos interesados en desinformar.

Son los espacios donde se encuentran los promotores y los usuarios, que son víctimas y al mismo tiempo cómplices necesarios para viralizar la desinformación. Usuarios que con el gatillo fácil y la guardia baja comparten cualquier contenido sin la mínima precaución sobre su veracidad. Impulsos, en apariencia inocentes, pero que toman fuerza en canales privados fuera del radar visible y por ello más difíciles de detectar y combatir (no olvidemos que el 36% de los españoles consume las noticias en Whatsapp).

La tecnología

Esta se presenta cada vez más sofisticada, con unos mayordomos silenciosos, esos fieles algoritmos que nos hacen la vida más fácil, que deciden por nosotros para presentarnos “lo relevante”. Con sus propios sesgos racistas, xenófobos, homófobos… un espejo que nos devuelve lo más feo de nosotros mismos. Y tan sofisticada como para crear robots programados para parecer humanos y crear climas de opinión, y como para simular un vídeo falso de cualquier persona con un deepfake (viendo este de Obama cabe preguntarse qué efecto tendría el discurso del Rey en el 23F hoy en día).

La sociedad

Por último, estamos nosotros, la sociedad en su conjunto. Somos los leftovers, abandonados en el mythos y con recelo del logos, en un estado de máxima desconfianza de los estamentos de la modernidad: la política, las instituciones, los medios, la ciencia…

Atrapados en nuestras propias burbujas redundantes que operan como cápsulas donde la diversidad no tiene cabida y donde la repetición de los mensajes actúa de forma cacofónica, en el loop infinito de las cámaras de eco.

Víctimas de nuestros propios sesgos psicológicos que operan en nuestra manera de pensar y de procesar datos. Así tendemos a creer en aquellas noticias que conectan con nuestros prejuicios y cuya repetición lejos de hacernos sospechar de ellas, les dota a nuestros ojos de mayor autoridad (“cuanta más gente lo diga más cierto nos parece”). Por todo ello nos encontramos con la paradoja de que más información fiable no implica convencer al engañado o sacarle de su error. A veces puede ser incluso contraproducente porque genera el efecto contrario: que se refuerce.

FORMAS DE COMBATIR LA DESINFORMACIÓN

Los gobiernos de la Unión Europea tienen su propio plan contra la desinformación, y tanto las plataformas de redes sociales como los medios de comunicación son al mismo tiempo parte de la solución. En este sentido redes como Facebook, Google o Twitter se han propuesto paliar en cierta forma sus efectos desde sus plataformas con ciertos ajustes internos.

En el caso de Facebook por ejemplo se basa en eliminar (solo en 2018 eliminó más de 700 millones de perfiles falsos), reducir el alcance (a través de la acción de moderadores y fact-checkers colaboradores se suele reducir la visibilidad de los contenidos tratados en un 80%) y la de informar (como es la nueva acción de mostrar qué campañas de publicidad tienen activas los perfiles).

En Whatsapp se ha limitado el número de reenvíos que puede hacer una persona y el número de personas que se pueden añadir en un grupo.

desinformación
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Se han hecho también muy populares portales de fact-checking que siguiendo una metodología de trabajo estandarizada en el sector periodístico se dedican a investigar ciertas informaciones para determinar si son falsas o no (Maldita o Newtral son algunas de ellas). Si bien son muy útiles, su público no es precisamente su público objetivo: según un estudio de 2018, solo el 13% de los lectores de portales de fact-checking son consumidores de desinformación.

Los medios tampoco son ajenos al fenómeno y recientemente un gran número de ellos en España se han unido en el proyecto ComprobadoES para vigilar por la verificación de noticias en periodo electoral, mientras operan otras iniciativas como el Trust Project o las calculadoras de transparencia propias.

EDUCACIÓN CONTRA FAKE NEWS

Nada de esto será suficiente mientras no actuemos de una forma decidida, global y organizada en el plano de la educación. Sabemos que el mejor antídoto frente a la desinformación es ejercitar el pensamiento crítico, abrir la mente a la pluralidad de opiniones, romper las burbujas y exponerse a la controversia en un clima de debate cívico.

Pero no olvidemos lo más importante: ejercitar la cultura democrática. En definitiva, hacer que todo esto importe, que importe estar informado para tomar decisiones sobre nuestro autogobierno, que lo consideremos imprescindible como sociedad.

En el plano educativo contamos con una herramienta testada: la educación mediática tiene décadas de investigación, divulgación y aplicación práctica a sus espaldas. Sirvió para despertar conciencias frente a la prensa, después con la radio, más tarde con la televisión y en el cambio de siglo empezó a poner el foco en cómo el lenguaje digital venía a introducir una triple complejidad para la que no parecíamos estar preparados: hipertextualidad, multimedialidad e interactividad.

información veraz y libertad de expresión

Sus teóricos a lo largo de todo este tiempo son ante todo maestros que pusieron a prueba las ideas con estrategias educativas reales (Célestine Freinet, Paulo Freire, Mario Kaplún, Len Masterman, Roberto Aparici y Agustín García Matilla, por citar solo a algunos de ellos).

Parte de la asunción de la importancia que tiene ejercer el derecho a la información veraz y a la libertad de expresión para una democracia saludable, y propone dos vías de actuación: el ejercicio de una pedagogía crítica sobre los medios de comunicación (aprender a deconstruir sus mensajes, sus intereses y sus efectos) y la reivindicación de la práctica de sus lenguajes por parte del ciudadano para generar contenidos alternativos, más creativos e independientes.

En otras palabras, aprender a “leer” la comunicación de masas y aprender a “producir” de una forma emancipadora con sus códigos. Todo ello reactualizando la propia definición de medios de comunicación de masas, algo mucho más complejo de lo que fueron hasta el siglo XX porque qué es hoy un medio, un canal, un emisor y un receptor no es tan sencillo como la fórmula matemática que nos enseñaron en el colegio.

Será precisamente el colegio uno de los protagonistas de este plan de choque de cultura democrática, pero no el único. También es imprescindible que todos los actores implicados (políticos, gobiernos, medios, plataformas, tecnología, sociedad y educación) colaboremos para pinchar el fenómeno o será demasiado tarde.

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