El día que Google Maps me dirigió hacia el hocico de un caballo

El día que Google Maps me dirigió hacia el hocico de un caballo

Bien, antes de continuar, debo confesar que mi capacidad de orientación es parecida a la de la Pantoja para pescar en la isla de Supervivientes. Cero. Por ello, precisamente, no entiendo la conducción sin el apoyo –para mí imprescindible- de Google Maps o similares.

Pertrechado con mi navegador me dispuse, no ha mucho tiempo, a cruzar Madrid de cabo a rabo para acudir a una reunión. Todo iba bien, recibía los insultos habituales en rotondas e incorporaciones y, por tanto, nada perturbaba mi paz.

Mi coche, convertido en flechita, surcaba las calles dibujadas sobre el salpicadero de mi coche. Calles, calles y… ¡calla!, ¿esto no es campo? De repente, y sin saber cómo, me hallaba rodando sobre un camino de arena en dirección a quién sabe dónde. Al fondo, las cuatro torres que pinchan las nubes sobre la ciudad buscando esa agua que, cada día que pasa y por estas cosas de la crisis climática, es más esquiva.

google maps me llevó al limbo

Perplejo, observé el navegador y este me devolvió la imagen de mi coche deambulando por el limbo. Las calles se habían borrado y la flecha buscaba, sin éxito, una dirección hacia la que dirigir su punta para sacarme de esa tierra de nadie. Mientras tanto, la voz de Siri insistía en que debía seguir adentrándome en territorio desconocido, cual Pizarro en Perú. Como el conquistador en la selva, yo ya estaba al borde de la locura.

Andaba ya decidido a llamar a un helicóptero de rescate cuando, de repente, tuve que frenar. Mis ojos, que casi llegaron a tocar el parabrisas por efecto de la inercia, se encontraron al otro lado del cristal con los de un caballo. Me pareció detectar en ellos un brillo malvado, pero quizás esta paranoia fuera fruto de mi estado de pánico.

Antes de mi llegada, supongo que el equino pastaba en esa granja, ubicada en las afueras de la periferia de la capital, reflexionando sobre la progresiva gentrificación del espacio urbano.

Para cuando conseguí volver a encontrar mi lugar en el mundo -por lo menos en el mapa de carreteras- la reunión a la que pensaba acudir había concluido y mi corbata, comprada a última hora en un almacén chino, había encogido por efecto del sudor y amenazaba con estrangularme.

Google Maps
Imagen de The Denver Channel

más víctimas de google maps

Desde entonces he tratado de olvidar este oscuro episodio de mi vida que confirmaba la sospecha de mis más queridos familiares y amigos sobre mi origen alienígena.  Por fortuna, leo en The Denver Channel que, alrededor de cien conductores acabaron atascados en una carretera perdida por hacer caso a Google Maps. Las precipitaciones de días anteriores convirtieron esa vía de tierra en un lodazal y los pobres incautos fueron dirigidos hacía ella donde quedaron pegados en el fango como moscas en la miel.

En un comunicado, el buscador declaró que “si bien siempre trabajamos para proporcionar las mejores direcciones, pueden surgir problemas debido a circunstancias imprevistas como el clima. Alentamos a todos los conductores a que sigan las leyes locales, permanezcan atentos y utilicen su mejor juicio mientras conducen”. Nuestro mejor jucio, dicen…

No digo que esa noticia me alegre, pero debo reconocer que me alivia no ser el único conductor engañado por su navegador. Por otro lado, el imparable proceso de automatización impulsado por el desarrollo de la inteligencia artificial, me hace temer ese día en el que todos los navegadores decidirán fallar al mismo tiempo con la esperanza de acabar con la especie humana. O por lo menos con los conductores.

A partir de ese día, autopistas y carreteras secundarias solo serán surcadas por coches autónomos y nosotros tendremos que volver a montar mulas y caballos. Antes de encaramarme sobre mi jamelgo, le miraré a los ojos y le preguntaré: ¿ahora quién se ríe de quién?

Él relinchará y, desde una de las torres de cristal, un robot observará la escena con un gesto de algo parecido al desprecio.

Imagen de cabecera de christels en Pixabay

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