En las tripas de Espai Verd, un edificio sostenible adelantado a su tiempo

Ubicado en el barrio de Benimaclet de Valencia Espai Verd, el sueño del arquitecto Antonio Cortés, se alza para recordarnos que existe otra forma de vivir y construir más sostenible, ecológica y comunitaria. «Uno no termina de entender el edificio si no conoce a Antonio Cortés. Es un entusiasta”, asegura Juan Serra, profesor de Expresión Gráfica Arquitectónica de la Universitat Politécnica de València y yerno de Cortés. Junto a la arquitecta Paz Cortés, su hija, se ofrecieron a guiarnos por el laberíntico interior de Espai Verd en el marco de las jornadas de puertas abiertas del Festival de arquitectura Open House, celebradas el pasado mes de octubre.

Entusiasta es uno de los adjetivos con los que se puede describir la figura del arquitecto Antonio Cortés (Callosa del Segura, Alicante, 1954); otro sería visionario (fue de los primeros en acondicionar todas las viviendas con una red de banda ancha) o perseverante. Desde que en una cena él y varios amigos soñaran con crear una cooperativa de propietarios, en un espacio cuajado de vegetación que permitiera vivir en la ciudad sin renunciar a la naturaleza, no cejó en su empeño de levantar esta catedral urbana. Y lo consiguió.

Un planteamiento arquitectónico “radical”

Aunque Espai Verd guarde mucha relación, sobre todo a nivel volumétrico, con el Habitat 67 de Moshe Safdie o con Ricardo Bofill y su Walden 7 y se adscriba dentro del movimiento brutalista (la plataforma SOS Brutalism la incluye en su lista de más de 1900 de estas obras repartidas por todo el mundo), el edificio posee una serie de particularidades que lo convierten en una construcción única.

Para quienes viven en Valencia, Espai Verd es un edificio imponente y escultórico que escapa a toda norma, solo sus 108 viviendas – de 100 m2 más 95 m2 de jardín- suspendidas en el aire suponen 21 000 kilómetros cuadrados construidos en vertical.

Un gigante de hormigón (proyectado en base a una trama estructural cuadrada de 6 por 6 metros en la que se posicionan las viviendas) cubierto de vegetación que gira 45 grados sobre la trama urbana del barrio de Benimaclet, donde se asienta. “La trama urbana tenía una orientación norte-sur en la parte donde se implantó el edificio. Así que Antonio Cortés tuvo claro que Espai Verd se tendría que girar 45 grados para buscar la orientación sureste y conseguir que todas las terrazas y la vegetación disfrutaran de sol por igual”, explica Paz Cortés. Una decisión que, en su momento, no estuvo exenta de crítica entre el ámbito académico más conservador pero que el tiempo se ha encargado de ratificar. Gracias a ella se consiguieron mejorar las condiciones climáticas de las viviendas del edificio y se fomentó la proliferación de la vegetación en las terrazas, una de las señas de identidad del edificio.

Paz Cortés tuvo la fortuna de vivir parte de su infancia y adolescencia en Espai Verd, “aquí la calidad de vida se traduce en una conexión con la naturaleza que nunca se pierde”. Como ella misma aclara, el componente vegetal no está solo en la parte comunitaria, con un jardín interior presidido por una fuente en la que el agua recorre diferentes alturas creando una cascada, sino “en el jardín particular dentro de la vivienda que incorpora unas jardineras que ascienden hasta cierta altura”.

Efectivamente, el principal reto de este proyecto fue construir estos jardines escalonados hasta los 45 metros, algunos de ellos en voladizo, garantizando la estabilidad estructural de toda la obra. “Esa componente estructural hizo que se construyera el edificio con unos volados con una estructura a modo de silla, unas pantallas que compensan un doble voladizo a dos fachadas del núcleo principal”.

Para ello se calcularon sobrecargas de hasta dos toneladas por metro cuadrado en las zonas ajardinadas que pudieran soportar árboles de hasta cinco metros, la altura máxima que podrían alcanzar teniendo en cuenta el sustrato de tierra propuesto para el proyecto.

Un edificio sostenible y visionario

Espai Verd fue un proyecto que se anticipó a su tiempo en muchos aspectos y que solo ahora, cuatro décadas después, es valorado en su justa medida. Además de la orientación sureste, todas las viviendas cuentan con ventilación cruzada que, junto con la profusa vegetación del edificio, crea un microclima de temperaturas moderadas en el conjunto del edifico durante todo el año. “Cuando entras aquí en verano se nota un descenso de las temperaturas”, indica Juan Serra, y Paz Cortés añade: “La combinación de la vegetación, el agua de la fuente principal y la ventilación cruzada hacen que este espacio tenga un microclima muy singular”.

Gracias a ello, Espai Verd cuenta con una fauna propia de aves que no se ven en otras zonas de la capital y que anidan aquí (entre ellos cernícalos, gorriones, jilgueros, vencejos o mirlos). Los vecinos, orgullosos, muestran en la entrada al edificio una placa informativa de los 28 tipos de aves que habitan y visitan Espai Verd y también han instalado y distribuido casetas de madera para promover su anidación.

Por otra parte, la vegetación contribuye a reducir gases, a retener polvo contaminante y suavizar las temperaturas dentro y fuera de las viviendas, lo que se traduce en ahorro energético. Si además tenemos en cuenta la reducción de CO2 que realizan las plantas, Espai Verd se entiende, desde el punto de vista de la sostenibilidad, como un edificio que juega un papel importante en la carrera contra el cambio climático.

En este aspecto, Paz Cortés opina que la principal aportación del proyecto es la contundencia radical de la vegetación, “el llevar el verde a todas las dimensiones del edificio, desde la parte comunitaria hasta la privada, condicionó el resto de aspectos: la implantación en el lugar, la configuración estructural y la configuración arquitectónica espacial”. Pero la trascendencia de la vegetación del edificio no se limita a la parte privada o a la comunitaria, “sino que contribuye, de alguna manera, a la conexión de los espacios verdes de la ciudad”.

El futuro de Espai Verd

El edificio resiste el paso de los años con muy buena salud, prueba de ello es que en este tiempo no ha habido ni una filtración, lo que es inaudito dada la idiosincrasia del proyecto, y el espíritu comunitario y vertebrado con el que Antonio Cortés ideó Espai Verd sigue (casi) intacto. Casi porque, a lo largo de estos años, varios propietarios han decidido eliminar el verde de sus jardines para transformarlos en terrazas pavimentadas o han sugerido talar alguno de los árboles del espacio comunitario. Paz puntualiza que son casos aislados, “todas las personas que vienen a vivir a Espai Verd tienen clara la inquietud de no desvincularse de la naturaleza y el sentir mayoritario de todos los vecinos es de proteger el verde y ayudar a que brote de manera generosa”.

En este sentido, cada vez son más los ciudadanos que opinan que el Ayuntamiento debería proteger, dada su singularidad, este tesoro urbano único en España. Mientras tanto, Espai Verd sigue siendo una rara avis que, por ahora, nadie se ha animado a replicar “Lo difícil es hacer el primero, si ya hay un ejemplo construido, ¿por qué no se podrían hacer más? Espai Verd ha demostrado que se puede vivir en la ciudad de manera diferente y sostenible”, concluye la arquitecta.

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Imágenes | Olga Tamarit

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