Meritocracia: un mito cultural sustentado en un juego de cartas trucadas

La meritocracia, un relato que apela a la idea de que las recompensas económicas y los puestos de responsabilidad se asignan en función de los méritos individuales, enmascara una realidad que tiene más que ver con un juego de azar trucado que con la valoración justa del esfuerzo.

Es lo que afirman los investigadores de Future Policy Lab -un centro de pensamiento liderado por jóvenes expertos de varias disciplinas e impulsado por LLYCen su informe «Derribando el dique de la meritocracia».

Fue el sociólogo británico Michael Young quien acuñó el término en su libro El triunfo de la meritocracia (1958), una sátira en la que el mundo está dominado por la concepción meritocrática de la justicia social. Desde entonces, y a caballo de otro mito, el del Sueño Americano, se ha integrado tan profundamente en nuestra conciencia colectiva que cuesta concebir una sociedad que rechace esta forma de organización.

meritocracía y democracia

No extraña el triunfo de esta narrativa. La democracia que siguió a la sociedad estamental extendió de la regla de la mayoría y provocó que la clase privilegiada no pudiera recurrir al relato basado en la circunstancia del nacimiento para justificar su privilegio y, además, comenzara a temer por sus posesiones si continuaba instalada en el hedonismo contemplativo.

Sin embargo, los investigadores de Future Policy Lab afirman que «el mito meritocrático es problemático porque, por mucho que se venga insistiendo en ello desde la década de 1980, el esfuerzo no ocupa un lugar central en él. Dicho de otra forma: la justicia meritocrática no tiene que ver necesariamente con el esfuerzo«. Para sustentar esta afirmación utilizan diversos indicadores que convierten la supuesta a igualdad de oportunidades más en el resultado de una lotería social y natural que en un logro apoyado en los méritos individuales.

la vida es una tómbola

«Los individuos que provienen de familias con bajos ingresos tardarían cuatro generaciones en alcanzar el ingreso promedio, mientras que la media de la OCDE se sitúa en 4,5 generaciones», señalan. Aquí también se produce una brecha de género y, salvo en el grupo del 10% más rico, las mujeres alcanzan de media una posición económica (percentil) más baja que los hombres, aunque partan del mismo percentil de ingreso parental.

Meritocracia

Por si fuera poco, comparado con otros países, España se sitúa a la cola en cuanto a la movilidad relativa. Un trabajo reciente muestra que la asociación entre la clase social de origen y de destino, tanto entre hombres como entre mujeres, es muy elevada.

meritocracia y educación

El informe señala que uno de los factores principales que generan esta persistencia intergeneracional de los niveles formativos y de ingresos son las desigualdades que se generan en nuestro sistema educativo y que condicionan el capital humano y la futura situación laboral de los individuos. «Aunque el acceso a la educación obligatoria es prácticamente universal, nuestro país carece de un sistema educativo inclusivo y falla en la promoción de la igualdad de oportunidades y el desarrollo social a largo plazo», diagnostica.

Pero es que, además, incluso cuando los estudiantes de clase trabajadora acceden a universidades excelentes y obtienen las mejores calificaciones, sigue existiendo una brecha en la probabilidad de acceder a un empleo muy bueno cuando los comparamos con estudiantes buenos de clases directivas y profesionales. «Y lo que es más sorprendente e incompatible aún con la explicación meritocrática: como se muestra en el gráfico, los estudiantes de aprobado (nota entre 6 y 7) pero origen social privilegiado encuentran más empleos muy buenos que los estudiantes de sobresaliente (nota superior a 8,5) pero de clase trabajadora», apuntan desde Future Policy Lab.

Una situación que en nada se compadece con el relato de la meritocracia y más a la luz de los resultados obtenidos por estudios recientes que muestran que «el 65% de la desigualdad de riqueza en España viene explicada por las herencias, es decir, por factores exógenos al mérito del individuo».

Meritocracia y educación

el marco de la meritocracia

Ante este panorama, los jóvenes investigadores creen que es fundamental, además de adoptar medidas estatales, políticas y económicas, que ayuden a paliar los efectos de las distintas loterías que determinan la suerte del individuo, cambiar el marco, el relato. «Cuando cambiamos la narrativa, las personas más desaventajadas en una sociedad ya no lo son porque se dedican al hedonismo contemplativo, como las clases privilegiadas en la Edad Media, ni irresponsables que gastan el escaso dinero que tienen en tabaco, alcohol y televisiones de plasma. Son gente como tú y como yo, pero que ha tenido peor suerte».

Este cambio de marco discursivo es clave para estos expertos pues puede contribuir a promover (o desalentar) nuestras preferencias sobre la redistribución. «Vivir en una sociedad desigual
es malo -reflexionan-, sobre todo si uno es pobre. Pero peor aún es vivir en una sociedad desigual que no reconoce que la desigualdad es un problema. Una sociedad que, por ejemplo, ha erigido un dique ético-filosófico para justificar las amplias desigualdades que cobija».

Este artículo resume extractos del informe «Derribando el dique de la meritocracia» disponible aquí.

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