¿Cómo se pueden combatir el racismo y la xenofobia con la ciencia?

¿Cómo se pueden combatir el racismo y la xenofobia con la ciencia?

xenofobia La xenofobia y el racismo se están extendiendo cada vez más en Occidente. Se levantan muros y barreras donde antes se construían puertos y puentes. En el primer mundo, la población envejece y los temores se apoderan de los ancianos. Luego está la responsabilidad de los políticos que sacuden falsos fantasmas de una inexistente invasión y la epidemia de analfabetismo funcional, alimentada en gran medida por las redes sociales.

La tendencia a excluir a los que no forman parte de nuestro grupo familiar y social está enraizada en nuestros cerebros. Algunos experimentos nos sugieren cómo impulsar el altruismo y reducir el miedo. Ya en 2001, la Unesco recomendó desarrollar estrategias científicamente sólidas para controlar las actitudes xenófobas y discriminatorias. Sin embargo, de momento se ha hecho muy poco al respecto.

Por mucho que les pese a los culturalistas, la especie humana es genéticamente xenófoba. Fue un comportamiento muy adaptativo en el mundo prehistórico. Una protección natural en un contexto de peligro constante. Y ahora la xenofobia está en nuestro ADN. No hay libre albedrío capaz de suprimirla. Afortunadamente, sin embargo, en nuestro genoma también hay sitio para el altruismo. Los contextos pueden hacer prevalecer uno u otro de estos rasgos.
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La lucha interna entre racismo y altruismo

La xenofobia es un Jano de dos caras. Aumenta el amor por amigos, parientes y miembros de nuestro grupo, pero genera odio hacia los extraños. Del mismo modo, la discriminación racial margina a los grupos étnicos diferentes. Las bases neurobiológicas de la xenofobia y el racismo ya han sido descritas. Y también sabemos cómo interactúan para generar el prejuicio. Cuanto más moldeadas por la educación estén las estructuras prefrontales del cerebro -que median el razonamiento abstracto y la planificación-, más controlados se mantienen los instintos xenófobos. La ignorancia favorece el racismo.

También las experiencias juveniles en entornos étnicamente diversos reducen la xenofobia. Viajar debería estar cubierto por la seguridad social. Sin embargo, siendo realistas, no es fácil organizar contextos educativos o de formación capaces de neutralizar del todo los prejuicios. La época en la que vivimos nos ofrece una excelente oportunidad para estudiar el problema.

El fenómeno migratorio que sacude a Europa ha generado un cambio cultural y moral en el viejo continente. La división entre partidarios y contrarios a la inmigración es probablemente la falla que reemplazará a izquierda y derecha en los contrastes ideológicos de los próximos años. Quizás siglos. Por enésima vez en la historia de la humanidad, nos enfrentamos a un evento que desencadena conductas innatas. La lucha tiene lugar dentro del cerebro humano. Entre los naturales impulsos xenófobos y altruistas.

Sin embargo, las dinámicas neurobiológicas que determinan el peso relativo del altruismo y de la xenofobia no son del todo claras. La misma persona puede comportarse de forma altruista en un contexto y expresar sentimientos xenófobos o racistas en otro.
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El experimento con la oxitocina

Hace unos meses, un grupo de científicos de la Universidad de Bonn (Alemania) realizó unos experimentos para estudiar qué factores determinan que las personas sean altruistas o xenófobas. En un primer ensayo, 25 sujetos leyeron las historias de 50 casos auténticos de personas con graves necesidades. De estos, 25 casos tenían que ver con personas locales en situación de pobreza extrema. Los otros 25 se referían a refugiados en condiciones similares. Les asignaron 50 euros para que los repartieran. El dinero que no quisieran donar se lo podían quedar. Sorprendentemente, los participantes donaron un 20% más a los refugiados que a los locales.

En un segundo experimento, independiente del primero, se evaluó la actitud de 100 participantes hacia los refugiados. Primero tuvieron que completar un cuestionario. Luego, una mitad del grupo recibió oxitocina, la hormona del altruismo, la confianza y los vínculos sociales. La otra mitad recibió placebo. Finalmente, todos fueron sometidos a la tarea de la donación como en el primer experimento.

Bajo la influencia de la oxitocina, las personas con una actitud positiva hacia los refugiados duplicaron sus donaciones. Tanto para la gente local como para los migrantes. Sin embargo, la oxitocina no tuvo efecto en los individuos con actitudes defensivas u hostiles hacia los migrantes. Estos donaron poco, tanto a los locales como a los migrantes. La oxitocina por sí sola no genera generosidad y altruismo.
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La sociedad condiciona el comportamiento

Los investigadores llevaron a cabo un tercer experimento. En este caso, se les explicó a los participantes cómo se habían comportado los demás en la primera prueba. En otras palabras, se vieron expuestos a una especie de regla social. La que había llevado a las personas a preferir a los refugiados como receptores de su altruismo. También en este caso, la mitad de los participantes recibió oxitocina. El resultado fue sorprendente. Incluso las personas con una actitud negativa hacia los migrantes donaron hasta un 74% más a los refugiados que en la ronda anterior.

Por lo tanto, la estimulación combinada de la oxitocina y de la influencia social parece disminuir las motivaciones egoístas, mejorando el comportamiento altruista. Si las personas en las que confiamos adoptaran un papel de modelo a seguir, exhibiendo una actitud positiva y desinteresada, muchos más de nosotros, probablemente, nos sentiríamos motivados para hacer lo mismo.

En este contexto, la oxitocina podría ayudar a aumentar la confianza y minimizar la ansiedad. De hecho, el nivel de esta hormona crece durante la interacción social y las actividades compartidas. Frente a conductas altruistas desencadenantes, estimuladas por modelos sociales reconocidos, elevar los niveles de oxitocina podría promover la aceptación y la integración de los migrantes en las culturas occidentales.

Quizás sea una solución complicada a gran escala. Seguramente muy pocos están interesados en intentarlo. Sin embargo, ya en el siglo XVIII, en medio de sangrientas revoluciones, el conservador irlandés Edmund Burke dijo que lo único necesario para que ocurra el mal es que las buenas personas no hagan nada.

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Imágenes | Wikimedia Commons y Flickr