Acariciar a un gato no es tarea fácil y la ciencia nos ayuda

Cómo acariciar a un gato, según la ciencia

No somos pocas personas las que hemos conocido a un gato de lo más cariñoso que parece estar encantado con las caricias que le propinamos y un minuto después nos muerde o nos obsequia con un zarpazo.

Lo más fácil cuando eso ocurre es culpar al gato, pero cabe la posibilidad de que no lo estuviéramos acariciando correctamente.

Para comprender el porqué, lo primero que necesitamos es conocer un poco más sobre la ascendencia de estos animales. Es probable que el gato salvaje africano, el antepasado más inmediato del gato doméstico, fuera utilizado únicamente para el control de plagas, pero en la actualidad los felinos son considerados una valiosa compañía, hasta el punto de que para mucha gente son “bebés peludos”.

metamorfosis social

Se cree que esta metamorfosis social de la relación entre humanos y felinos tuvo lugar hace alrededor de 4.000 años, un poco después de la aparición del “mejor amigo del hombre”. Aunque podamos considerar que 4.000 años es una cantidad de tiempo suficiente para que una especie se adapte completamente a la vida en sociedad, no parece ser el caso de nuestro bigotudo compañero.

Y es que los gatos domésticos muestran una divergencia genética relativamente reducida respecto a sus ancestros. Es decir, sus cerebros todavía están programados para pensar como un gato salvaje. Estos llevan vidas solitarias e invierten un tiempo y un esfuerzo considerables en comunicarse de manera indirecta, mediante mensajes visuales y químicos, para evitar relacionarse demasiado. Así pues, no parece muy probable que los gatos domésticos hayan heredado las complejas habilidades sociales de sus predecesores.

Los humanos, por su parte, somos seres inherentemente sociales para los que el acercamiento y el contacto son muestras de afecto. Además, nos sentimos atraídos por los rasgos estéticos infantiles (ojos y frente grandes, nariz pequeña y cara redondeada), motivo por el que a muchos nos parecen tan bonitos los gatos.

Sabiendo esto, no es ninguna sorpresa que nuestra reacción inicial al ver uno sea querer acariciarlo, hacerle carantoñas o simplemente sonreír embobados. De igual manera, tampoco debería sorprender que algunos gatos consideren este tipo de interacciones un poquito abrumadoras.

Gatos

El cariño en los gatos

Aunque a muchos gatos les gustan las caricias y, en determinados contextos, nos elegirían antes que a la comida, deben aprender a disfrutar de la interacción con humanos durante su corto período de adaptación (de las dos a las siete semanas de vida).

Al hablar de la relación entre gatos y humanos, las características de las personas también son importantes. Aspectos como nuestra personalidad y género, las partes de la anatomía del gato que tocamos y cómo solemos manejarlos son muy importantes a la hora de entender cómo el animal responde a nuestras muestras de cariño.

Algunos gatos reaccionan con agresividad al contacto físico no deseado, mientras que otros pueden tolerar nuestros acercamientos a cambio, simplemente, de comida y un sitio donde dormir. A pesar de ello, un gato tolerante no es necesariamente un gato feliz. De hecho, los niveles más altos de estrés se observan en gatos cuyos dueños afirman que se muestran conformes con las caricias en lugar de demostrar que no les gustan.

Cómo acariciar a un gato

La clave para triunfar en nuestra gatuna empresa es conceder al felino la capacidad para elegir y controlar las interacciones. Por ejemplo, es importante que manifieste si desea recibir cariño y que controle la zona de su cuerpo en la que está dispuesto a ser acariciado y durante cuánto tiempo.

Debido a nuestra naturaleza táctil y a la atracción que sentimos hacia los animales bonitos, puede que nos cueste ignorar nuestros instintos y que precisemos de altas dosis de autocontrol. Sin embargo, podría compensar, ya que un estudio demuestra que es más probable que las interacciones duren más cuando es el gato, y no la persona, el que las empieza.

De izquierda a derecha y de arriba abajo: Levi, Noa, Charlie, Simon y Chris, Rocket y Luna, Smokey Joe, Barry y Pod.

También es importante prestar atención al comportamiento y a las posturas que adquiere el felino durante las interacciones para asegurarnos de que está cómodo. Al establecer contacto físico, menos es más, y no solo en los reconocimientos veterinarios, sino también cuando el gato se relaciona con gente en un entorno más relajado.

Como norma general, a la mayoría de los gatos les encanta que les toquen alrededor de las zonas en las que se localizan las glándulas faciales, como la base de las orejas, bajo la barbilla y cerca de las mejillas. Por el contrario, no disfrutan tanto del contacto en la barriga, el lomo y la base de la cola.

Signos de disfrute del gato:

• Mantiene la cola erguida e inicia el contacto.

• Ronronea y hace algo parecido a amasar con las patas delanteras.

• Mueve suavemente la cola de lado a lado mientras la estira en el aire.

• Exhibe una postura y una expresión facial relajadas, con las orejas apuntando hacia delante.

• Le empuja con cariño si detiene las caricias para que continúe.

Signos de rechazo o tensión:

• Mueve o voltea la cabeza en dirección contraria a usted.

• Se muestra pasivo (no ronronea ni busca el contacto físico).

• Parpadea de forma exagerada, sacude la cabeza o el cuerpo o se lame la nariz.

• Se asea repentina y apresuradamente durante poco tiempo.

• Se le eriza el pelo o contrae la espalda.

• Mueve o agita la cola o golpea con ella.

• Aplana las orejas y las orienta hacia los lados o hacia atrás.

• Gira bruscamente la cabeza para encararse con usted o con su mano.

• Le muerde, o le aparta o golpea su mano con una pata.

Así las cosas, es discutible si los gatos pueden ser considerados unos “bebés peludos”. A muchos les encanta que les toquen, mientras que otros, como mucho, lo soportan. En cualquier caso, es importante respetar los límites que el gato salvaje que llevan dentro establece, aunque eso suponga admirar su belleza desde lejos.

Lauren Finka, Postdoctoral Research Associate, Nottingham Trent University

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
The Conversation

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