Cómo la cultura afecta a la propagación de la COVID-19: mejor no gritar

Cómo la cultura afecta a la propagación de la COVID-19: mejor no gritar

La cultura a veces mata. El pasado 10 de marzo, un grupo de cantantes se reunió en Mount Vernon (Washington, EEUU) para practicar con el coro de la iglesia. El grupo estaba compuesto por 122 personas, pero la mitad de ellas esa tarde no se presentó. Entre los ausentes también había una persona que dio positivo en COVID-19. De las 61 personas presentes, 53 enfermaron y dos de ellas murieron.

Varios coros en todo el mundo han sufrido brotes masivos. En Ámsterdam, enfermaron 102 de los 130 cantantes de un coro mixto. También cayeron enfermos 50 de los 160 integrantes del coro de la Catedral de Berlín. En Madrid, la COVID-19 se ha llevado la vida de la mezzosoprano Mabel Perelstein y 30 de los 52 miembros del coro del Teatro de la Zarzuela sufrieron la enfermedad.

Como ya sabemos, las gotitas emitidas por la boca contienen el virus, y al hablar en voz alta, o al cantar, una persona puede generar más de mil gotitas. En los lugares cerrados, con poco recambio de aire, como una iglesia o un teatro, puede haber una acumulación de la carga viral. Estas ya son certezas, confirmadas por varios casos desarrollados alrededor de los coros de música.

Por tanto, alguien ha empezado a correlacionar el bajo número de personas infectadas en algunos países con sus hábitos culturales. En España, todos sabemos que se grita, se toca y besuquea al próximo como si no hubiera mañana. En cambio, en otros lugares, menos contacto físico y menos necesidad de chillar parecen haber limitado la propagación del virus.

covid

El caso de Tailandia

En Tailandia, un país con aproximadamente 70 millones de habitantes, los casos de nuevo coronavirus identificados hasta ahora han sido poco más de 3000, con 58 muertes. Números muy bajos, que, como ha escrito el ‘New York Times’, nadie ha logrado explicar. No es suficiente argumento el reducido número de test realizados, dado que en general no ha habido un número anómalo de muertes en comparación con otros años. Además, cualquiera que haya estado en este país sabe que, a pesar de las sonrisas, cuando hay que gritarle a un turista despistado, los locales no se cortan. De modo que, en este caso, la ‘vocación al silencio’ parecería descartada.

Según algunas hipótesis, el virus en Tailandia se habría propagado poco porque la cultura del país prevé pocos contactos físicos entre las personas. De hecho, en lugar de darse las manos o abrazarse, se saludan con el wai, el tradicional gesto con las manos juntas. Además, Tailandia es un país donde las personas pasan mucho tiempo al aire libre. Taweesin Visanuyothin, portavoz del Ministerio de salud tailandés, dijo al ‘New York Times’: «No creo que sea solo inmunidad o genética; debe de tener que ver con la cultura, con el hecho de que no tenemos contactos físicos cuando nos encontramos”.

El ‘modelo’ japonés

Hay quienes piensan que un número limitado de infecciones en algunos países podría estar relacionado con el idioma. El japonés, así como el tailandés, son lenguas con una fonética gutural. Donde no hay casi sonidos aspirados como los presentes en muchas palabras del castellano. Pero también del árabe, alemán o inglés. Con la fonética del japonés, se emitirían menos partículas al aire.

Esta teoría no está respaldada por estudios. Se intentó demostrar en un programa de televisión japonés. Los presentadores realizaron un experimento en pleno estilo ‘El Hormiguero’. Una mujer pronunció la frase «esto es un bolígrafo» frente a una hoja de papel colgada. Lo dijo primero en japonés e inmediatamente después en inglés. El movimiento de la hoja era el parámetro para medir la cantidad de aire expulsado al hablar. Y parece que en inglés esa cantidad es superior. Por otra parte, chino o coreano no presentan una fonética muy diferente, y en esos países ha habido bastantes contagios.

Sea como sea, el caso es que en Japón los positivos al Sars-Cov2 han sido relativamente escasos. Una de las razones es sin duda el hecho de que el país ha impuesto criterios muy estrictos para poder acceder a los test. Las pruebas se realizan solo a personas que hayan tenido fiebre durante más de cuatro días, en combinación con viajes al extranjero y contacto cercano con una persona infectada. En cualquier caso, solo en presencia de síntomas lo suficientemente graves como para justificar la hospitalización.

También se informó que los médicos japoneses trataron los casos de neumonía como tales, pero a menudo sin realizar las pruebas para la COVID-19. En fin, los problemas contables habituales de esta pandemia.

¿Puede la cultura de un país determinar el número de contagios?

Además de estos factores, la cultura japonesa probablemente haya tenido algo que ver en la contención de la infección. En el archipiélago acostumbran a usar mascarillas, hay muy poco contacto físico, no usan zapatos en casa, y la limpieza de los baños públicos es sagrada. En una reciente discusión en Twitter, el biólogo celular Hironori Funabiki también mencionó el silencio predominante en el transporte público, las pocas asambleas religiosas y el hecho de que pocos alimentos se consumen con las manos.

Por supuesto, siempre hay inconvenientes. De hecho, la cultura japonesa podría provocar una aversión a los test. Un diagnóstico de positividad en Japón puede ser una desgracia, más allá de la salud, ya que causar problemas a los demás está muy mal visto. A nadie le gustaría ser esa persona que, enfermando, ha sido el responsable del cierre de su empresa.

En general, la enfermedad en Japón es un estigma social. Existe el concepto de kenko kanri (gestión de la salud) que lleva a culpabilizar a quienes no supieron protegerse lo suficiente. Las personas con la enfermedad de Hansen son apartadas de la sociedad incluso después de curarse. Los familiares de quienes padecen tuberculosis no pueden casarse, y durante años se negó el trabajo a las personas que sobrevivieron a las bombas atómicas y a sus hijos.

Por lo tanto, es probable que los japoneses teman ser discriminados después de recibir un diagnóstico de COVID-19. En resumen, no hay duda de que aprender a no gritar en el restaurante o en el metro nos vendría muy bien. Quizás no tanto en la lucha contra el virus, pero seguramente para nuestra educación. Aunque no todo lo que brilla en la cultura del vecino es oro.

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Imágenes | Frank Alarcon/Unsplash (portada), Jason Rosewell/Unsplash, Andrea Piacquadio/Pexels

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