Las redes sociales no son lo que pensábamos que eran

Las redes sociales ya no son lo que eran o, quizás, nunca fueron lo que creíamos

Más de 3.500 millones de personas en todo el mundo utilizan las redes sociales, aproximadamente el 46% de la población mundial, y la cifra no para de crecer: entre julio de 2018 y julio de 2019 aumentó un 7,8%, según datos de We Are Social.

Y eso, a pesar de las críticas que, sobre todo en el último año, se han cernido sobre ellas.

María Lázaro, autora de “Community manager. La guía definitiva”

Críticas por su capacidad para difundir noticias falsas y desinformar, en lugar de ampliar las opciones de informar y contrastar. Ya en marzo de 2018 un estudio publicado en Science analizó 126.000 mensajes compartidos en Twitter por tres millones de personas, para concluir que las mentiras viajaban significativamente más rápido y se leían más: mientras las verdades solo llegan de media a apenas mil personas, los contenidos falsos alcanzan a entre mil y cien mil individuos. Se acabó pensar que las mentiras tienen las piernas cortas, al menos online.

Críticas por su poder para manipular la opinión pública e influir en procesos tan variados como el triunfo electoral de Donald Trump o el referéndum de aprobación del Brexit. Ahí quedan el escándalo de Cambridge Analytica en Facebook y, más recientes, las campañas de intoxicación detectadas por la Comisión Europea dirigidas a fomentar la abstención y radicalizar el voto en las últimas elecciones al Parlamento Europeo.

redes sociales Donde conversan máquinas

Críticas por ser campo abonado para bots y cuentas automatizadas que acaparan la comunicación: una investigación de Pew Research Center reveló que dos tercios de los tuits que incluyen enlaces a páginas populares de internet son publicadas por cuentas robots automatizadas y no por perfiles humanos. Si la conversación en redes sociales está dominada por máquinas, ¿en qué lugar quedan las personas?

Críticas, también, por albergar cada vez más irascibilidad y menos tolerancia, y alimentar trolls, haters y otras hierbas de variado pelaje. Lo expresaba de forma muy clara Jonathan Albright, director de investigación de Tow Center for Digital Journalism de la Universidad de Columbia, en declaraciones a The New York Times: “Las redes sociales están envalentonando a la gente para que cruce los límites y se comporte de manera extrema respecto a lo que está dispuesta a decir para provocar e incitar a otros”.

“Las redes sociales no son productos neutrales, todo el sistema es vulnerable a la manipulación”

En el último año se han sucedido diversas iniciativas contra el uso (y no solo el abuso) de las plataformas sociales, promovidas precisamente por quienes antes las alentaron. Varios ex trabajadores de grandes tecnológicas de Sillicon Valley han lanzado el Center for Humane Technology en San Francisco para alertar sobre los “efectos nocivos” de Facebook, Twitter, Instagram, YouTube, Snapchat… “No son productos neutrales, todo el sistema es vulnerable a la manipulación”, advierten en tono apocalíptico.

Jaron Lanier, pionero de internet y la realidad virtual, se ha erigido en abanderado de borrar los perfiles en redes sociales porque “están destruyendo tu capacidad para empatizar” y “no quieren que tengas dignidad económica”, entre otros argumentos que esgrime.

todos contra las fake news

Surgen también proyectos que tratan de monitorizar las informaciones que circulan en redes sociales y analizan mensajes con técnicas del periodismo de datos para su verificación, como Maldita.es, la unidad VeriFica de la Agencia EFE, el proyecto UnfakingNews y Newtral en España, o la International Fact-Checking Network del Instituto Poynter, entre otros.

Pero conviene no olvidar que la responsabilidad de contrastar y comprobar las noticias para evitar la desinformación y la propagación de falsedades no recae únicamente en organizaciones o plataformas, sino también en el individuo, que al fin al cabo es el receptor y redifusor.

Trump Facebook

Unas más que otras, las redes sociales –como organizaciones– afrontan el reto de la pérdida de reputación y su impacto en la actividad que desarrollan. Para recuperar la confianza o, por lo menos, intentarlo, tanto Facebook, como Twitter, LinkedIn, Instagram y el resto de correligionarias han implantado medidas encaminadas a limitar la proliferación de cuentas falsas, suprimir contenidos asociados al odio, prevenir la difusión de desinformaciones, controlar el spam…

Facebook, Twitter, Google y YouTube (entre otras) han suscrito ante la Comisión Europea un Código de Buenas Prácticas en el que se comprometen a redoblar los esfuerzos contra las fake news, WhatsApp ha limitado el reenvío de mensajes a un máximo de cinco contactos para limitar la viralización de noticias, Facebook ha activado una Biblioteca de anuncios en la que comprobar quién ha contratado campañas publicitarias, y de qué tipo…

las redes sociales son empresas

Por el camino ha quedado al menos una cosa clara: las redes sociales no son ni nunca lo fueron (o al menos no lo único) ese entorno digital en el que contactar, conectar, compartir, publicar y acceder a nuevos contenidos de forma libre y espontánea. Las redes sociales son empresas que cotizan en Bolsa en la mayoría de los casos, con una cuenta de pérdidas y ganancias.

Plataformas que tienen la potestad de ordenar, clasificar, acallar o viralizar los contenidos merced al algoritmo que ellas mismas han programado. Compañías que van más allá del ámbito de la comunicación social, para incursionar en inteligencia artificial y las criptomonedas (habrá que ver hasta dónde llega Facebook con su Libra). Y que tienen como gran activo grandes bases de datos: los de los más de 3.500 millones de personas que a sus plataformas se conectan.

«Será necesario probablemente, un nuevo modelo de gobernanza de internet y redes sociales, en el que entrarán en liza la discusión sobre qué valores deben protegerse y alentarse»

Durante mucho tiempo, las redes sociales cambiaron las condiciones del servicio sin comunicárselo a sus miembros y sin explicar claramente adonde iban a parar sus datos personales. Desde siempre, los usuarios han hecho clic en la casilla “Aceptar” sin leer qué información estaban cediendo ni a quién. Aumenta ahora la inquietud sobre la protección de datos, respaldada por el Reglamento General de Protección de Datos europeo que entró en vigor en mayo de 2018: ahí tenemos la alerta por la posible vulneración de datos generada en los últimos días en torno a la aplicación de moda, FaceApp.

ojo a nuestra huella digital

Crece también la conciencia por la huella digital que cada persona va dejando de forma consciente o inconsciente en internet y redes sociales, incluso sin ser el autor: tres de cada cuatro menores de dos años tienen fotos online, según un estudio de la empresa de seguridad en Internet AVG con datos de diez países, entre ellos España (si los padres publican a diestro y siniestro fotos de sus retoños, ¿con qué autoridad moral les inculcarán de mayores la necesidad de proteger su identidad digital?).

¿los mercados son conversaciones?

Hace casi dos décadas, en el año 2000, El Manifiesto ClueTrain afirmó que “los mercados son conversaciones” y que “las personas que participan en estos mercados interconectados han descubierto que pueden obtener mucha mejor información y soporte entre sí mismos” (sobre cómo gestionar estas comunidades online profundizo en mi libro “Community manager. La guía definitiva”).

Cinco años después, en 2005, Tim O’Reilly popularizó el término “Web 2.0” para referirse a esa web social en la que las personas se convierten no solo en consumidores, sino también en productores, creadores y distribuidores de contenidos online. Esa capacidad del individuo para construir mensajes, reelaborarlos, reinterpretarlos y redifundirlos sin intermediarios socavó, se dijo, el poder de las marcas y las organizaciones, que dejaron de ser los únicos actores, ni siquiera los principales, en este proceso.

recuperar la esencia de las redes sociales

En recuperar esa conversación genuina y devolver a las personas (al menos un mínimo) el control sobre los contenidos que generan, consumen y redistribuyen reside, quizás, buena parte del reto.

Pero eso requiere, en primer lugar, formación y educación constante, para que las personas dejen de ser considerados meros “usuarios” y puedan ejercer de verdad como “ciudadanos digitales”. Una educación orientada a dotar de habilidades y competencias tanto a niños como a adultos, no impartida por tanto exclusivamente desde el ámbito escolar y reglado, que contribuya a cerrar la brecha digital y que proporcione el conocimiento y la capacidad crítica necesaria en este entorno en continua transformación.

Y será necesario probablemente, también, un nuevo modelo de gobernanza de internet y redes sociales, en el que entrarán en liza la discusión sobre qué valores deben protegerse y alentarse, qué criterios regulatorios han de aplicarse y cómo implantarlos. Una gobernanza, además, en la que la Unión Europea posiblemente deba tomar un papel más activo.

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