Somos cultura meme: entenderlos es entender el tiempo en el que vivimos

¿Qué es un meme? ¿Nace o se hace? ¿La memética es un arte, una necesidad social o un quebradero de cabeza viral? Tal vez responde a una civilización donde el tiempo apremia, donde la cantidad, dosificación y absorción de la información nos exige iconografías reduccionistas y tics centrifugando y cambiando de forma cada pocas horas. Adaptarse u olvidar. 

Mientras clasificamos con etiquetas y taxonomías, agregamos un hashtag a cualquier comportamiento y usamos el big data como facilitador y catalizador, el meme nos ayuda a recordar. A sobrevivir.

SENTANDO PRECEDENTE

Se preguntaba el audaz director de cine Paul Schrader qué es un canon en su ‘Canon Fodder’: «Se basa, por definición, en pautas que trascienden el gusto, personal y popular». Un meme puede no gustarnos, no le importa nuestra opinión. Mientras se masifique lo suficiente, habrá perdurado. Un meme muta y parasita, se viraliza y se adapta, muere y puede resucitar.

El psicólogo experimental Juan D. Delius, discípulo del prestigioso zoólogo neerlandés Niko Tinbergen, certificó estas conductas como interdisciplinares, rastreables tanto en un grupo de mamíferos como ante un grupo de memes surgidos de un hilo de Reddit.

En la psicología del lenguaje siempre se nos recuerda que aprendemos por imitación. Las burlas se transforman en mecanismos para entender el humor. Interviene el ambiente, el comportamiento y los procesos psicológicos de cada persona, lo que da forma al significante de cada acción.

Un bebé puede ver un contorno pero no distinguirlo: su aparato intelectual no cuenta con información asociada a esa forma. Prestando atención, mediante reproducción motora, motivándonos y excitando nuestra atención mediante colores o sonidos, acabaremos reteniendo esa información para siempre.

Este aprendizaje vicario, en tiempo real, nos ayudará a asimilar los códigos sociales y ambientales, a sobrevivir entre la incertidumbre y naturaleza de nuestras conductas. En suma, pondrá significado a nuestra cognición.

HAY MEME ALLÁ DONDE MIRES

Fijémonos en esta poderosa infografía de Ellie Koning. Partiendo de la definición clásica, un meme es una unidad mínima de información cultural difundida por imitación. La memética comprende tanto la mímesis como la réplica por repetición. Del griego mimema (imitado), este concepto fue presentado por primera vez en 1976, a través del biólogo evolucionista británico Richard Dawkins en su trabajo ‘El gen egoísta’.

Para Dawkins, un meme se comporta de igual forma que un grupo de genes: varía, muta, compite y hereda códigos de otros memes. Sigue un modelo evolutivo sometido a selección social: sobrevive frente a su respuesta ante la aptitud humana y sus valores intrínsecos dentro de cada cultura.

¿Y qué es un meme, ante qué responde este neologismo? Tendríamos que remontarnos a las mismísimas pinturas rupestres, a su valor casi místico para comprender el entorno que nos rodea: un meme puede ser un icono, como decíamos al comienzo, pero también una página web, una frase de un libro o pieza de teatro convertida en lema, una imagen de stock con o sin contexto, una noticia, un acto o comportamiento humano, un sample de canción o incluso un objeto inanimado.

Puede ser verbal: el cancionero popular se nutre de rimas con gancho; ritmo y rima convierten narraciones en recursos nemotécnicos. Las it girls nacieron al abrigo de Betty Boop, en 1930. Hoy día, la expresión se ha viralizado y se han convertido en parte de nuestro lenguaje popular.

Y también puede objetificarse: el hula hoop fue una especie de juguete viral que se propagó por todo el planeta hacia finales de los años 50. Dicho objeto no se componía únicamente de un aro de plástico.

Asociado a él encontramos una actitud empoderante, una manifestación artística, un deseo convertido en mensaje. Los coloridos fidget spinner que poblaron los patios de colegio del año pasado son otra suerte de hula hoops. Y podríamos decir lo mismo de chapas, canicas y otros juguetes bañados en el bálsamo del anhelo infantil.

Los clichés (de acción y dicción) también son memes, sí. Hasta los más nocivos. Apostillaba el periodista Javi Sánchez que «sustituimos a la suegra del chiste de hace tres décadas por el cuñado» hasta que ‘cuñadizamos’ la propia expresión. Ahora es difícil marcar la delgada línea donde una cosa deja de ser eso y pasa a ser otra distinta. Podemos someterlo al juicio de la perspectiva propia y la distancia irónica que usemos.

El Nobel Jacques Monod —compartido con Andre Lwoff, “por sus descubrimientos referentes al control genético de la síntesis de enzimas y virus”— fue un paso más allá: “Las ideas han conservado algunas de las propiedades de los organismos”.

De igual forma que la materia posee memoria molecular, o nuestros miocitos recuerdan lo que es mantenerse tonificado, nuestro ADN ha sabido recombinarse y perpetuar su estructura con base a las necesidades de cada momento.

¿Significa esto que un meme sirve para algo más que echarse unas risas en Twitter? Sirve, de hecho, para mantenerse conectado a esa información social en el lenguaje adecuado. El termómetro del tiempo: entender un meme es entender el tiempo en el que vivimos. Y si se reproducen es porque son útiles, tanto como contenedores de información como herramientas para memorizar nuestra existencia.

VIRALIZANDO LO (NO)VIRAL

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A lo viral le tomamos el pulso como buenamente podemos. Aunque conviene recordar que buena parte del material viral que devoramos ha sido construido expresamente para que opere de esa forma. Como teorizaban a propósito del The Viral Experiment, lo viral cuenta con una serie de mecanismos no precisamente abstractos.

Hay patrones en tasas de viralización y virales diseñados: FailArmy, BuzzFeed Videos (y las decenas de canales nacidos a partir de Tasty), Waka Waka Studios o ViralFever son dueños de algunos de los movimientos, frases y tendencias más populares de los últimos años.

Ellos han puesto en el radar lo que tal vez nació condenado al ostracismo. Como ya recordamos en el aniversario de Youtube, el éxito de algunas de estas piezas-mínimas-de-información no opera bajo ninguna regla, simplemente funcionan.

Pero de igual forma que una tonada infantil puede convertirse en lucrativo jingle televisivo, el marketing viral posee suficientes recursos y conoce nuestro apetito social con tanto acierto que puede deformar cualquier objeto viral para sus necesidades.

Lo que nos recuerda que no siempre somos dueños ni de su éxito ni su destino final. La Rana Pepe (imagen principal de portada) nació como meme sin ideología y fue capitalizado por la alt-right americana hasta convertirlo en mascota, contra la voluntad de su propio creador. La principal arma de todo meme será siempre su poder social.

En Nobbot | La historia tras el meme ‘Distracted boyfriend’: su fotógrafo y sus protagonistas

Imágenes | Know Your Meme

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