¿Para qué sirve hoy un fax? ¿Cuánto le queda a esta tecnología?

¿Para qué sirve hoy un fax? ¿Cuánto le queda a esta tecnología?

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En 1865, una década antes de la patente del teléfono, Giovanni Caselli implantó el primer servicio comercial de fax entre las ciudades de París y Lyon. Unas décadas después, el invento dio un salto importante: nacía de las manos de Shelford Bidwell el escáner fototelegráfico. 137 años después, muchas empresas y organismos públicos siguen usando una tecnología no muy diferente.

El fax, abreviación de facsímil, es un modo de duplicar con ciertas garantías una hoja. Por eso fue rápidamente aceptado por todo tipo de agentes. ¿Poder enviar la información de un folio al otro lado del mundo? Bajo nuestra tecnología actual resulta básico, pero para el siglo XIX era el equivalente a teletransportar una carta. Siglo y pico después, ¿para qué sirve un fax?

¿Qué mecanismo usa el fax y cómo ha evolucionado su tecnología?

Fax es una palabra que tiene varios usos. El primero es el fax como dispositivo, un armatoste del tamaño de una impresora que escanea e imprime hojas. El segundo, el fax como tecnología: permite el envío de información cifrada y con un tipo de acuse de recibo.

Un fax (dispositivo) es la combinación de tres elementos: el escáner de Shelford Bidwell, un módem que convierte señales de la línea telefónica y una impresora. Colocado sobre el escáner, el documento a enviar es leído y almacenado en forma de mapa de bits. El módem lo transforma en una señal capaz de ser enviada y lo lanza a través de la línea.

Al llegar a su destino, otro módem coge esa imagen codificada y la imprime en papel. Además, hace algo que da valor al invento: confirma la impresión y envía una señal de vuelta al fax original: “El documento ha sido enviado con garantías y está al otro lado”. Esto aporta cierta seguridad a muchos procesos, como garantías legales.

El fax como tecnología es lo que hace posible todo esto, especialmente la parte de la codificación, el envío y la señal de vuelta. Supuso toda una revolución en telecomunicaciones por aquel entonces, e incluso hoy se sigue usando. Por supuesto, con modificaciones considerables, como no necesitar de un dispositivo fax.

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Ahora es posible el envío de fax a través de email (llamados con originalidad “fax por email”) o incluso mediante el smartphone con aplicaciones específicas como eFax (de pago). Lo que da peso a la tecnología fax por encima de un email es la manera que tiene de confirmar que la información original ha llegado al otro lado.

El acuse de recibo, tecnología demandada

Cualquiera que use clientes de correo como Microsoft Office Outlook sabe que el acuse de recibo es una posibilidad. Funciona de la siguiente manera: sobre el email original, se programa una subrutina que reenvía un segundo correo al emisor si el destinatario lo abre. Algo así como una caja trampa. Si el destinatario lo abre, aunque sea solo para catalogarlo, el emisor lo sabrá.

¿Problema? Que esta tecnología da varios fallos que la hacen considerablemente inferior en la seguridad del envío. A veces llegan falsos positivos si el receptor usa un programa determinado o tiene programados reenvíos automáticos. Sin embargo, con el fax queda claro: si llega la confirmación es que la hoja se imprimió como fue enviada.

El fax tiene otro punto a favor: no depende de internet. Basta una línea telefónica –incluso en bajo estado de mantenimiento– para funcionar. Por ello, en muchos lugares (garitas de seguridad, porterías, sótanos de mantenimiento, viviendas sin Internet, etc.) solo aceptan fax. Es eso o una llamada por teléfono, pero esta aporta poca garantía. En estos espacios el fax es la única tecnología de envío fiable.

La rapidez también ayuda. Si la administración pública hace uso de burofaxes es porque llegan antes que el correo certificado ordinario. El fax es la única alternativa con las garantías mencionadas al correo postal. Al menos con la tecnología que tiene la administración…

Probablemente, la supervivencia del fax está garantizada debido a su falta de adaptación a las nuevas tecnologías. Si solo aceptamos documentos escritos a lápiz, es raro que el bolígrafo se popularice o que dejen de venderse gomas de borrar.

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Nos fiamos del doble check azul del WhatsApp, por lo que es obvio que hay mecanismos digitales de comunicación con el ciudadano que no necesitan pasar por el fax, de ahí que surjan detractores de su uso.

¿Seguridad en los envíos del fax? Sí, pero a medias

Los usuarios del sistema se escudan en que la tecnología de envío es muy segura, y es cierto. Sin embargo, la legalidad del documento enviado tiene la misma seguridad que enviar una foto por correo electrónico. Y la misma validez legal. En el polémico artículo de 2008 de ‘Wired’ ‘¿Aceptamos firmas por fax?’, ya comentaban el problema.

Que recibamos con seguridad un documento no significa que el documento sea seguro. Cualquiera puede coger nuestra firma, recortarla con tijeras, pegarla a un papel y enviarlo. El papel llegará, o al menos una forma digitalizada, y será nuestra firma. El envío será legal, pero el documento no.

Es algo así como confiar en una empresa de transporte sin importarnos que el jarrón que enviamos pueda romperse en el camino. Lo importante es que los trozos lleguen al otro lado. Para muchos usuarios resulta obvio que el sistema tiene fallos.

La facilidad para suplantar la identidad si lo comparamos con el email es otro déficit. El correo electrónico no tendrá un acuse de recibo tan fiable, pero sabemos que quien está al otro lado es quien dice ser.

La mayoría de proveedores de correo electrónico saben quiénes somos, tienen nuestro teléfono móvil (en España cada número está asignado a una persona por ley) y una enorme base de datos de interacciones previas.

No sabemos cuánto le queda al fax, aunque tampoco sabemos cuánto le queda al email. Lo que sí sabemos es que es una de las tecnologías mejor amortizadas de la historia. Casi 15 décadas de uso. Es posible que dentro de un año surja una tecnología que la sustituya, pero todo parece indicar que seguiremos usándolo.

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