El cine ya no es de película: así es una sala de cine digital

Ir al cine sigue siendo una de las actividades de ocio por excelencia. Como muchas de las industrias y negocios de nuestro tiempo, la digitalización ha supuesto un antes y un después, incluyendo un duro y complicado “durante” en el que no pocas salas de toda la vida han cerrado, y otras muchas se han visto obligadas a evolucionar para adaptarse a las necesidades del cine digital.

La digitalización de las salas de cine es un proceso que sigue su curso sin prisa pero sin pausa, aunque a estas alturas de la película lo hace de un modo acelerado y con métodos, formatos y modelos de negocio consolidados y no tan sujetos a cambios como hace casi dos décadas. En aquella época, las primeras cabinas digitales empezaron a convivir con las cabinas tradicionales, aunque con un coste prohibitivo.

A día de hoy, prácticamente la totalidad de las pantallas de cine comerciales se han digitalizado. Según IHS Markit en un estudio realizado hace unos meses, más del 98% de las salas de cine están digitalizadas. De todos modos, sigue habiendo un gran número de proyectores analógicos en funcionamiento en círculos de proyección fuera de los circuitos comerciales de distribución para películas de estreno.

Las películas analógicas: un rollo

Paulatinamente, el acceso a las tecnologías digitales se hace asequible para salas cada vez más pequeñas y ya no solo para las grandes cadenas de cine. Además, las distribuidoras empiezan a exigir cabinas digitales ahora que lo «raro» es usar películas en rollos, lo cual pone a las salas en la tesitura de tener que invertir incluso centenares de miles de euros en el proceso de modernización.

Pero, ¿en qué consiste la digitalización de los cines? No es solo cambiar el proyector tradicional de película por uno que admita películas en formatos digitales. También, y sobre todo, cambian los métodos de distribución de las películas.

El elemento que hace que una película se vea en un cine, en última instancia, es el proyector. Tradicionalmente las películas se han distribuido en forma de rollos de película de 35 mm.  Estos rollos eran grandes y pesados, además de ser muy caros y delicados. Por no hablar de la degradación de la calidad que sufren los rollos tras ser proyectados múltiples veces. Una copia de una película en rollos puede costar entre 1.000€ y 2.000€ y una película se distribuye a miles de salas. Así que estaríamos hablando de millones de euros para una película de las que aspiran a ser taquilleras.

Usando discos duros, hablamos de reducir decenas de veces ese coste, y con enlaces satélite y fibra incluso más si se consiguen unas buenas condiciones con los proveedores de ancho de banda.

Además, los rollos se distribuían a las salas mediante sistemas logísticos de transporte con medidas de seguridad para evitar robos o su duplicación ilegal. Y se proyectaban en los equipos específicos para manejar estos enormes rollos.

La manipulación de las películas requería de intervención humana, desde luego, así como estar pendientes de los cambios de rollo durante la proyección. Hay métodos automáticos para cambiar los rollos sin intervención del proyeccionista, pero se necesitaba estar muy pendientes de posibles problemas. Cada rollo de película de 35 mm tiene un metraje de entre 11 y 24 minutos dependiendo del formato del rollo. En el caso de las películas IMAX, con un formato de 70 mm en vez de los 35 mm del cine convencional, y poniendo un ejemplo reciente como es «Interstellar», sin ir más lejos, se proyectaba a partir de un rollo de nada menos que 272 Kg y 1,8 metros de diámetro.

Puedes ver, en el vídeo a continuación, el proceso de «pegado» de los 49 rollos en los que se entregaba la película «Interstellar» a las salas IMAX para hacer que la proyección fuese continua sin cortes.

En cualquier caso, la industria del cine ha dependido mayoritariamente de los rollos de película hasta hace apenas un lustro, pero ahora se mueve hacia formatos y métodos digitales.

Del ruido del rollo, al ruido de los ventiladores

A partir de la llegada de las cámaras de cine digitales, empleadas por primera vez allá en 1996 y llegando a las grandes producciones de cine con el «Episodio II de La Guerra de las Galaxias en 2002», las películas empezaron a rodarse en formato digital.

Con todo, los archivos digitales se pasaban a película analógica para su distribución. Paulatinamente, algunas salas empezaron a usar proyectores digitales de cine con tecnologías DLP de Texas Instruments o SXRD de Sony. Son tecnologías similares (por no decir idénticas) a las empleadas en los proyectores caseros, con resolución 2K o 4K y con luminosidades, eso sí, varios órdenes de magnitud mayores que las de los proyectores domésticos.

Un proyector para casa puede tener del orden de los 1.000 lúmenes, mientras que uno para salas de cine llega hasta los 33.000 lúmenes, por poner un ejemplo.  El ruido de la película corriendo a través del proyector se ha cambiado por el de los ventiladores para las lámparas de más de 7 kW en algunos casos.

Del rollo de película al disco duro

Con la llegada de los proyectores digitales, los estudios vieron la oportunidad de ahorrarse importantes sumas de dinero. Como veíamos antes, crear miles de copias de las películas en rollos era caro, por no hablar de la logística de transporte o el mantenimiento de las copias dañadas.

Con los proyectores digitales, las películas se distribuían en discos duros o en discos ópticos Blu-Ray. En formatos específicos para cine digital como DCP, eso sí, con tamaños en torno a los 300 GB para unas dos horas de película usando formatos digitales con tasas de bits de 250 Mbps. Para que te hagas una idea, Netflix usa una tasa de bits de entre 5 Mbps y 18 Mbps si hablamos de 4K. Y un Blu-Ray doméstico usa unos 48 Mbps.

Eso sí, no es tan fácil como enviar a los cines los discos duros con las películas. Los contenidos están encriptados y tienen que volcarse en servidores que alimentan a las distintas salas de proyección del cine de acuerdo con la programación establecida a través del software de gestión del servidor de contenidos.

Además, el tiempo que están las películas en cartel, así como el número de visionados se controlan mediante claves generadas por la distribuidora según los acuerdos comerciales a los que llegue con las salas. De este modo, las películas solo se pueden ver a través del servidor de contenidos del cine, usando claves de desbloqueo generadas a partir de protocolos muy estrictos de control.

Del disco duro al satélite

Otro medio de distribución que lleva funcionando varios años (en salas como Kinépolis se empezó a usar allá por 2011) es a través de satélite. En vez de usar discos duros como soporte, las películas se descargan directamente en los servidores de contenidos usando enlaces de banda ancha por satélite (y también fibra).

Las productoras tienen aún más control sobre la distribución y se evitan problemas como que el disco duro con la película llegase dañado, así como se ahorran los tiempos de volcado en los servidores de las salas.

Los contenidos de los servidores, de este modo, son de los que se alimentan los proyectores de cada sala. Las ventajas son muchas: se puede cambiar una película  de sala sin tener que mover decenas de rollos de decenas de kilos de peso cada uno. Además, se pueden programar diferentes películas por sala con horarios diferentes.

También se abren las puertas a otros contenidos, como los conciertos en diferido, o los espectáculos deportivos o incluso los relacionados con los eSports. En los proyectores digitales, además de las películas, se pueden ver contenidos digitales provenientes de diversas fuentes multimedia.

Del proyeccionista al IT manager

La figura del proyeccionista ya no es la que era. Hoy en día, para manejar una cabina de cine digital hay que saber más de informática y tecnología que de cine. La programación de las salas se puede realizar incluso desde una aplicación en el smartphone, y una única persona puede gestionar decenas de salas y películas.

Las tareas de mantenimiento se reducen a las asociadas con los proyectores y los equipos informáticos. Las lámparas se tienen que cambiar en los proyectores tras unas 3.000 horas, aunque están empezando a usarse proyectores láser con decenas de miles de horas de proyección aseguradas y un consumo mucho menor que el de las lámparas de Xenón de los proyectores digitales convencionales.

El rollo sigue existiendo, aÚn

Los rollos de película y los proyectores analógicos siguen en activo allí donde no es factible invertir decenas de miles de euros para la digitalización de las salas. Los servidores de medios son equipos que necesitan integrar las más exigentes tecnologías de almacenamiento para ser capaces de mantener tasas de transferencia de hasta 500 Mbps y además con fiabilidad.

Imagina que estás viendo una película y empieza a “dar saltos” como si estuvieras en el ordenador de casa. Sería un completo desastre, y para que eso no pase, los servidores de contenidos necesitan tener las tecnologías más exigentes y fiables.  Estamos hablando de decenas de miles de euros. Sin contar las decenas de miles de euros que cuestan los proyectores.

Así pues, en filmotecas, salas pequeñas, cine estudios, se siguen usando los métodos tradicionales de proyección. Aunque no es difícil imaginar un día donde la distribución digital llegue también a este tipo de audiencia.

De momento, ya hay conexiones de fibra para el hogar con hasta 500 Mbps de ancho de banda, suficientes para manejar formatos de cine digital profesionales. Puede que algún día podamos transformar nuestro salón en una cabina digital de cine. Quién sabe.

Recapitulando

Hay que quedarse con la idea de que los cines ya son digitales y que no se diferencian tanto de los equipos y sistemas que tenemos en casa para ver películas. Con varios órdenes de magnitud más de luminosidad en los proyectores, con más Vatios para el sonido y calidades de las películas también mayores.

También con la idea de que si es posible que las programaciones de los cines incluyan pases de películas un único día, en una única sesión. O emisiones de óperas o premieres especiales, es porque ya no se trabaja con rollos, sino con formatos digitales.

Y si quieres trabajar como operador de cabina, mejor si empiezas a empaparte de tecnologías digitales y de comunicaciones. Saber de cine será un extra, eso sí.

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Foto | Rollo de película, Wikimedia

Foto | George Lucas. AP Photo/Lucasfilm Ltd.

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