¿Afectan los nombres y apellidos a nuestras vidas?

apellidosLa idea de que puede haber alguna relación entre los nombres y apellidos de las personas y su comportamiento, su profesión y sus opciones de vida se remonta a épocas muy remotas. La conocida expresión latina ‘Nomen Omen’ indica la creencia de que nuestro destino está indicado en el nombre. Y generalmente se usa de forma irónica, como en los cómics de Mickey Mouse. Para algunos, sin embargo, la causalidad es real y toma el nombre de ‘determinismo nominativo’.

Hay que aclarar primero que, en Europa, antes de convertirse en hereditarios a mediados del siglo XIV, los apellidos eran básicamente patronímicos. John, el hijo de William, se convirtió en John Williamson. O Fernández, porque era hijo de Fernando, y así todos los acabados en -ez. También se podían derivar del lugar de origen (Del Mar, De la Selva, Barceló). O, por supuesto, de las profesiones: John el carpintero pasó a ser John Carpenter. El herrero se convirtió en Smith, o, en España, en Hierro, Herrero, etc.

Uno de los primeros intelectuales del siglo XX que se interesó por el debate desde un punto de vista psicoanalítico fue Carl Jung. El psicólogo suizo retomó algunos estudios previos de su colega alemán Wilhelm Stekel sobre la ‘compulsión por el nombre’ en la elección de la ocupación profesional. Jung desarrolló el concepto de ‘sincronicidad’.

Es decir, postuló una correlación significativa, pero no causal, entre dos fenómenos a través de procesos inconscientes. Citó, entre otros, el caso del fundador del psicoanálisis Sigmund Freud. Su apellido en alemán significa ‘placer’ y su teoría psicoanalítica se basa en gran medida precisamente en el ‘principio del placer’. Jung sugirió la idea de que las personas se sienten atraídas por las profesiones que se ajustan a su nombre.

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Tres teorías sobre la influencia de los apellidos

En 1975, el psicólogo estadounidense Lawrence Casler propuso tres posibles explicaciones de la relación que puede existir entre determinados apellidos y profesiones correspondientes. La primera es que la imagen que tenemos de nosotros y nuestras expectativas están condicionadas por nuestro nombre de forma inconsciente.

Otra es que el nombre funciona como una especie de estímulo social externo. Porque crea ciertas expectativas en otras personas que pueden ser satisfechas o insatisfechas por el individuo. Y la tercera explicación es que hay un componente genético. Es decir, que ciertos atributos propios de una determinada carrera profesional se transmiten de generación en generación más o menos como los apellidos.

Profundizando en la primera explicación, Casler publicó en 2002 un estudio donde empleó el concepto de ‘egoísmo implícito’. Con ello se refería a la tendencia de las personas a preferir cosas que asocian con ellas mismas. Incluso cuando se trata de elecciones importantes como la profesión o el lugar donde vivir.

La investigación mostró la probabilidad de que las personas se mudaran a estados o ciudades cuyos nombres se parecieran o fueran idénticos a los suyos. Virginia, por ejemplo. O que personas llamadas Dennis o Denise terminaran trabajando como dentistas. Y otras llamadas Laurie, Lauren o Lawrence como abogados (en inglés ‘lawyer’).

Sin embargo, estos resultados fueron posteriormente cuestionados por el investigador estadounidense Uri Simonsohn. Según este, el egoísmo implícito se aplica principalmente a las elecciones de bajo riesgo. Es decir, en los casos en que no existe una diferencia sustancial con respecto a las opciones posibles. Simonsohn también dijo que no se habían considerado factores como las modas, a la hora de elegir los nombres de pila.

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Trabajar según el nombre

Lo cierto es que algunas investigaciones empíricas encontraron en algunos casos una sobrerrepresentación de personas con apellidos coincidentes con algunas profesiones. Es el caso del porcentaje relativamente alto de abogados con apellido Counsell o Councell en Inglaterra y Gales. En inglés ‘counsel’ significa también abogado. Pero los métodos utilizados para la recopilación de datos de este tipo fueron generalmente cuestionados por poco representativos de una población más amplia. Sin embargo, el tema no ha agotado cierta capacidad de generar curiosidad e interés.

En 2015, un grupo de médicos e investigadores británicos publicó un estudio sobre los efectos de los apellidos en la elección de las especialidades médicas. Analizando 313 445 casos, los investigadores descubrieron una presencia significativa de apellidos como Limb (extremidad) en el campo de la ortopedia. Así como de Doctor en medicina general y Burns, Cox y Ball en urología. Investigaciones anteriores habían llegado a conclusiones similares en 2010. Se encontró, por ejemplo, una mayor frecuencia de apellidos Raymond (en inglés ‘ray’ significa rayo) en radiología.

Finalmente, un estudio de 2015 describió la hipótesis genético-social como más realista que la consideraba los efectos del egoísmo implícito. De hecho, la premisa a tener en cuenta es que antes de convertirse en hereditarios, los apellidos tenían en muchos casos correlaciones efectivas con determinadas áreas profesionales.

Por tanto, la investigación se centró en la herencia de determinadas características físicas en muestras de población del Reino Unido. En particular, en personas cuyo apellido era Smith (herrero) o Tailor (sastre). Los resultados mostraron que los Smith tenían una aptitud superior a la media para las actividades relacionadas con la fuerza. En mayor medida que los Tailor en cuanto a potencial para las actividades manuales de precisión. Aunque estaba presente. Y si no que se lo digan a Usain Bolt, el relámpago.

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Imágenes | CHUTTERSNAP/Unsplash, Kashawn Hernandez/Unsplash, Clay Banks/Unsplash

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