¿Y si la solución inteligente no viniera de la tecnología?

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Con mucha frecuencia se hacen propuestas tecnológicas para solucionar problemas que a su vez fueron creados por la tecnología precedente. ¿Y si en algunas situaciones fuese mejor retirar tecnología en lugar de añadir una capa extra? ¿Y si la solución inteligente no viniera de la tecnología?

Una esperanza casi ciega ha sido puesta sobre la tecnología y sus aplicaciones prácticas. Lo cual es coherente con su trayectoria previa. El uso de tecnología ha evitado todo tipo de males en el pasado, como pueda ser alargar la esperanza de vida. Aunque también ha generado graves problemas ambientales.

La ‘alternativa’ a los árboles sintéticos son los árboles

A principios de 2021 un multimillonario conocido abrió un concurso público para inventores. ¿El objetivo? Desarrollar formas de combatir el calentamiento global eliminando el dióxido de carbono de la atmósfera y del océano. A este grupo de tecnologías se les llama ‘capturadores de carbono’ por diferenciarlos de sus homólogos ecológicos, los ‘sumideros de carbono’.

La intención es buena y, sin duda, la captura de carbono es una tecnología que ha de ser desarrollada porque, incluso si se deja de emitir CO₂, los efectos en el sistema terrestre del que ya está en la atmósfera seguirán marcando durante siglos la curva del clima. Al respecto, tecnologías como Carbfix tratan de mineralizar el CO₂ y otros persiguen almacenar carbón como técnica de geoingeniería.

Dicho esto, la realidad es que ya existen mecanismos de alta eficiencia y consumo nulo que son capaces de atrapar el carbono, retenerlo y fijarlo durante milenios. Se dispone de un conjunto de bacterias, hongos y plantas de diversa procedencia y ubicación que ya hacen precisamente esto. Las cianobacterias o algas verde-azuladas son las más conocidas en el agua y los árboles en tierra.

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Por lo tanto, ya existen mecanismos para atrapar carbono atmosférico y oceánico, aunque, lejos de dejarles actuar, se tiende a erradicarlos antes de que sean capaces de realizar su función. Para que una masa arbórea fije carbono en el subsuelo no solo ha de crecer, tiene que estar fija durante décadas o siglos. Por desgracia, suelen talarse antes.

Lo inteligente de usar la mínima tecnología necesaria

Observar el origen de las emisiones de CO₂ es un punto clave para entender por qué agregar tecnología a menudo perpetúa el problema de las emisiones. Por ejemplo, un diseño económicamente viable de capturadora de carbono podría dar al traste con las primas verdes que promueven la descarbonización o, dicho de otra forma, se podrían convertir en la excusa para seguir emitiendo.

Dejar de emitir no es nada sencillo, dado que todas las actividades humanas (incluida la instalación de generadores eólicos) emiten CO₂. De hecho, varias publicaciones de la Agencia Internacional de la Energía (IEA) confirman que toda la capacidad de esfuerzo existente a nivel personal solo evitaría el 4 % de las emisiones de gases de efecto invernadero. Cambiar el modelo es necesario.

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Si el objetivo es reducir emisiones, será necesario alterar de manera sustancial el modo en el que funciona el mundo, con foco en la forma en que se utiliza la energía. Como puede verse en el gráfico de ‘Our World in Data, la obtención de energía es, con diferencia, la gran partida contaminante, compuesta por la energía en los edificios, en la industria y en el transporte.

¿Y si la climatización forzada no hiciese falta?

Analizando el uso de energía en los edificios, esta se divide entre ‘energía incorporada’, aquella necesaria para su construcción, y la ‘energía de operación’, por lo general, climatización. La primera, en torno al 80 % del total, apunta en una dirección clave: los edificios han de durar lo máximo posible, reformándolos de ser necesario antes de derribarlos para volver a construir.

Además, estos han de optimizar el uso de materias primas en la construcción o, dicho de otra forma, usar los mínimos recursos per cápita para maximizar el confort sin despilfarro. Esto se consigue mediante unidades de vivienda densas y en altura, que a su vez minimizan el uso de climatización y, en el área de movilidad, el uso de vehículos a motor. Los vehículos eléctricos y los sistemas de aerotermia son herramientas útiles, pero es más útil aún no necesitarlos de base.

El uso de técnicas bioclimáticas para mejorar la eficiencia y prescindir de climatización forzada es otro punto óptimo. Si bien no será posible en algunas regiones, sí es posible ‘jugar’ con la forma y la orientación para reducir el consumo energético. Elementos tan ‘sencillos’ como aumentar la superficie verde urbana reducen mucho la dependencia energética.

Rødovre Tower

La Rødovre Tower, diseñada por el estudio Bjarke Ingels Group en 2008, es un edificio en altura que no requiere climatización. La mitad del edificio es residencial y recibe mucha luz, que calienta las estancias interiores, mientras que la otra mitad son oficinas y reciben menos irradiancia, por lo que no necesitan aire acondicionado. Nunca fue construido.

¿Y si los procesos industriales fuesen más respetuosos?

La circularidad de las materias primas lleva años en el centro del debate sobre la deriva de la industria. Frente a extraer de nuevo los materiales del subsuelo y tirar los desechos a vertederos, reciclar las materias primas es la opción menos predadora. Sin embargo, reciclar es complejo y exige diseños de fácil desmontaje o separación. En la actualidad, se tiende al diseño de objetos compactos, con materiales mixtos y fusionados a través de química.

Esto no solo aplica a smartphones y a la basura electrónica. El Tetrabrik de Tetra Pak es un ejemplo magnífico de producto no tecnológico de difícil reciclabilidad. Separar sus capas resulta tan difícil y costoso a nivel energético que no se hace. A pesar de sus ventajas, el Tetrabrik no permite la circularidad de materiales y, por lo tanto, no es un diseño sostenible.

La circularidad de materiales, además de maximizar la reciclabilidad, implica optar por las cadenas cortas. En un mundo globalizado es frecuente (que no responsable) extraer hierro en un país, exportarlo a otro para su depuración, mandarlo a un tercero para convertirlo en acero, enviarlo a un cuarto para laminarlo y hacer lo propio para fabricar piezas que vender a todo el mundo.

La tecnología puede ser una fantástica ayuda, aunque no es una panacea y a veces soluciona poco y complica más. Por ejemplo, ya es posible fabricar acero mediante hierro o acero reciclado, al que se añaden partículas de carbono obtenidas de procesos de descarbonización. Sin embargo, si con esta forma de operar más eficiente aumenta el consumo de acero en el mundo, la tecnología no habrá ayudado.

¿Y si la movilidad no exigiese grandes distancias?

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La movilidad es el tercer gran pilar de contaminación atmosférica y oceánica y la tecnología es su máximo contribuidor. Todo vehículo mecánico tiene una huella ecológica (agua, energía, materias primas), y aquellos que tienen motor térmico son los que más gases de efecto invernadero emiten. Este es el sector en el que aplica la máxima “cuantos menos vehículos, mejor”. Y es que el volumen de tecnología no es proporcional a la calidad de vida que genera.

Reducir el número de vehículos personales, sobre todo si estos son grandes como un coche o gigantes como un avión privado, es uno de los principales ejes de trabajo a la hora de diseñar mejores políticas urbanas. Las ciudades, por sus peculiaridades, son las que más rápido pueden prescindir de vehículos que están detenidos más del 90 % del tiempo.

La dispersión urbana del siglo pasado, tanto la derivada de la riqueza que produjo la explosión suburbana (Estados Unidos, Canadá, Australia y buena parte de Europa) como la pobreza que obligó a migrar hacia el suburbanismo a millones de personas (India, África, China, México), se ha convertido en la forma más ineficiente y contaminante de vivir.

Por desgracia, también es la forma urbana que más está creciendo, según los últimos informes sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenibles. Como ya han aprendido algunas ciudades, es posible prescindir de tecnología muy contaminante si se diseña la ciudad a escala humana (París, Ámsterdam) o se prioriza el transporte público masivo (Tokio, Shanghái).

La tecnología puede ser una baza fantástica en la lucha contra el cambio climático. Sin embargo, parte de su buen uso implica cuestionarse cuándo la tecnología deja de ser una muleta para convertirse en una mochila llena de piedras. En ese momento quizá haya que aplicar otra aproximación.

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Imágenes | Scott Webb, veeterzy, Our World in Data, Bjarke Ingels Group, Berke Halman

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