¿Hasta qué punto es ético cultivar un cerebro humano?

Yo aquí, cultivando cerebros, ¿y tú?

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¿Hasta qué punto es ético cultivar un cerebro humano? Esta pregunta, teórica hasta hace unos meses, ahora es causa de conflicto entre intelectuales. Ya no es un problema abstracto. La Universidad de Yale ha intentado devolver a la vida cerebros de cerdos fallecidos. Y la Universidad de California ha hecho crecer “minicerebros” de neandertal en un laboratorio. Nos salimos de la teoría.

Muchos lectores se preguntarán qué uso puede tener cultivar cerebros. ¿Para qué puede servir una tecnología así? ¿Dónde están los límites, en la tecnología o la ética? ¿Hay límite? Estas preguntas eran objeto de divertidas divagaciones hace años, pero hoy se encuentran en el centro del avance científico y nuestro conocimiento del cerebro. ¿Abrimos esa puerta?

¿Puedo meter mi cerebro en un tarro?

La idea de meter nuestra cabeza en un contenedor al estilo de ‘Futurama’ es interesante. Si pudieras conservar tu cerebro tras la muerte de tu cuerpo, ¿lo harías? La pregunta es interesante porque se ha demostrado que el cerebro puede vivir sin necesidad de que haya un cuerpo detrás. Al menos el de cerdo.

A principio de 2018, la noticia de que se experimentaba con cerebros porcinos dio la vuelta al mundo. Neurocientíficos de la Universidad de Yale intentaban restaurar la circulación de estos órganos mediante bombas, calentadores y sangre artificial. El mismo tipo de mecanismos que usamos para conservar órganos de trasplante. Pero el cerebro es diferente.

El cerebro piensa, aunque durante el experimento con cerca de 200 cerebros el encefalograma confirmó que no había muestra de conciencia. Quizá porque se requiera un cuerpo para pensar. Impulsos neuronales que accedan al cerebro. Sí hubo avances inesperados como que millones de células demostraran un estado saludable. Quizá en unos años podamos congelar nuestro cerebro

Minicerebros de neandertales en laboratorio

Tú tienes genes de neandertal, como nos explicó María Martinón, y no es ningún insulto. Sin embargo, somos muy poco neandertales porque el Homo sapiens era ya otra especie humana diferente cuando los neandertales desaparecieron. El cruce ocasional nos aportó genes como el Adamtsl3, que disminuye el riesgo de esquizofrenia e influye en la altura. Pero estudiarlos resulta interesante.

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Los neandertales y los denisovanos son humanos extintos que pueden aportar mucha información sobre el origen de la inteligencia. A día de hoy sabemos muy poco del cerebro. No sabemos de dónde surge la consciencia, si una IA puede deprimirse, si la inteligencia ha de ser necesariamente consciente o qué mecanismos generan alzhéimer. Por eso necesitamos experimentar.

Alysson Muotri, de la Universidad de California, publicó en junio de 2018 en ‘Science’ un artículo titulado ‘Los organoides cerebrales neandertales cobran vida’. La publicación alude a experimentos previos como el del sueco Svante Pääbo, que a principios de año consiguió usar Crispr para construir organoides cerebrales de neandertal.

Un organoide es un trozo de tejido que abarca desde unas pocas micras al tamaño de un guisante y permite estudiar cierto comportamiento. Compararlo con un cerebro completo sería igual que decir que los ordenadores de una ciudad son el equivalente a todo internet. Y, sin embargo, nos ayudan a aprender mucho sobre el desarrollo del cerebro y sus enfermedades.

Las consecuencias éticas de jugar con organoides

La pregunta que muchos se hicieron es “¿Puede sentir un organoide?”. Si la respuesta es afirmativa, las consecuencias éticas serían ineludibles. Pero la solución no es tan simple. Una célula puede procesar información, pero no siente de forma consciente. Un cerebro hace ambas cosas, y un organoide está más cerca de la célula. De hecho, es tan solo un conjunto de ellas y no un órgano.

Si aumentamos el número de células, ¿aparecerá la conciencia en algún punto, o esta es gradual? Son preguntas para las que la ciencia todavía no tiene respuestas y que dan pie a este tipo de experimentos. Estos son trasladables a otras preguntas que el lector puede meditar en su casa. Imagina una mosca: ¿está más cerca del sentir humano o del procesar de una máquina?

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Que no haya consenso científico ayuda a comprender las bases del debate ético. ¿Debemos experimentar con organoides cerebrales para curar enfermedades como el alzhéimer? Nada nos promete que haciéndolo lo conseguiremos. Pero si aparcamos la investigación tampoco podremos resolver las preguntas de cuyas respuestas depende la felicidad de enfermos de todo el mundo. ¿Dejarías que alguien experimentase con tu cerebro tras fallecer?

Cerebros en la ciencia ficción

Todos conocemos el caso de ‘Frankenstein o el moderno Prometeo’ (1818), de Mary Shelley, quien hace dos siglos ya se hacía preguntas similares sobre la moral científica. Dentro de la ciencia ficción tenemos un marco sobre el que pensar en este tipo de temas. Aunque sea con historias, o quizá precisamente con ellas.

En la película ‘Transcendence’ (2014) se realiza el experimento de transferir los datos cerebrales de un simio a un ordenador. Como consecuencia, el ‘animal’ digitalizado no dejaba de gritar, asustado. ¿Es esto lo que pasaría si en lugar de organoides de neandertales construimos un cerebro completo?

En ‘Código Fuente’ (2011) el cerebro de un soldado moribundo se usaba para buscar al culpable de un ataque terrorista. ¿Podríamos en el futuro crear una tecnología similar? Y, de ser posible, ¿deberíamos?

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Las redes neuronales pueden entenderse como un tipo de cerebro extraordinariamente básico o como una parte de uno más complejo. Como un organoide. Si las hacemos más amplias y potentes, ¿estaremos creando un cerebro virtual? De ser así, ¿en qué se diferencia un cerebro físico de uno virtual, y qué derecho tenemos para construirlo?

Biología y mundo digital han ido de la mano en investigación. Sin embargo, ahora las preguntas que nos hacemos sobre los límites de la ética en investigación con cerebros de animales podríamos usarlos en unas décadas para determinar la ética empresarial de marcas como Google o Facebook.

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