Filosofía y ciencia: una alianza que mejora a la humanidad

Antonio Diéguez: «La separación entre ciencias y humanidades cada vez tiene menos sentido»

antonio dieguez filosofia de la ciencia

Desde hace siglos, la ciencia y la filosofía se han ido separando en algunos ámbitos académicos y aproximándose en otros. Mientras que los currículos de los alumnos seccionaban cada disciplina en una caja aislada y estanca, un pequeño reducto de filósofos y científicos tejían la filosofía de la ciencia.

Parte de la historia de esta evolución científico-filosófica aparece recogida en ‘Filosofía de la ciencia. Ciencia, racionalidad y realidad’ (2020), el libro revisado de Antonio Diéguez, catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Málaga, que responde aquí a algunas preguntas sobre ciencia, filosofía, tecnología y ética.

– ¿Puede decirnos la filosofía el objetivo de la ciencia?

Las relaciones entre la filosofía y la ciencia son complejas. Hay filósofos que se sienten más cercanos a la ciencia y otros más lejanos. Pero en ningún momento la filosofía pretende marcar objetivos a la ciencia. La ciencia tiene su autonomía.

La filosofía sí puede ayudar a dilucidar cuáles son estos objetivos, y a estructurarlos en función de su importancia epistémica, así como a analizar los mejores modos de alcanzarlos. Desde objetivos de tipo epistemológico, como lograr conocimiento fiable; hasta objetivos de tipo práctico, como curar una enfermedad o resolver un problema tecnológico.

«En ningún momento la filosofía pretende marcar objetivos a la ciencia»

Pero, desde luego, no puede fijar esos objetivos. Entre otras cosas porque los científicos no le harían ningún caso a los filósofos si lo pretendieran. Otra cosa es que la filosofía de la ciencia pueda ofrecer algunas orientaciones en lo concerniente a la gobernanza de la ciencia. Por ejemplo, puede señalar ciertos criterios generales para la mejor determinación de la agenda investigadora, como hace Philip Kitcher con su propuesta de una ciencia bien ordenada.

– ¿Hasta qué punto los método(s) científico(s) son buenos para construir conocimiento?

Los métodos de las ciencias son bastante buenos, y lo mejor que tenemos para conseguir conocimiento. Me gusta hablar de ellos en plural porque son diversos. De hecho, cuando tenemos un método que realmente funciona y es fiable, inmediatamente lo establecemos como método científico.

Y los métodos de la ciencia van cambiando y progresando con el tiempo. Esto muchas veces no se tiene en cuenta. Se habla de ‘el progreso de la ciencia’ en referencia a que las teorías van siendo mejores, pero muchas veces se desconoce que también los métodos van mejorando.

Los métodos que se emplean hoy en ciencias biomédicas, por ejemplo, son mucho mejores que los empleados a principios del siglo XX. La ciencia tiene métodos muy potentes, los mejores que el ser humano ha elaborado para construir conocimiento.

– ¿Y puede la filosofía ayudarnos a construir conocimiento?

Hay muchos métodos en filosofía y también hay formas diferentes de hacer filosofía: método fenomenológico, método analítico, método formal, método dialéctico, método deconstructivo, etcétera. E incluso hay una forma de hacer filosofía más ametódica, a veces cercana a la poesía, que busca sugerir o despertar emociones más que proporcionar conocimiento.

«La ciencia tiene métodos muy potentes, los mejores que el ser humano ha elaborado para construir conocimiento»

Lo que sí hay son filosofías más fiables que otras si lo que uno quiere es construir conocimiento sobre el mundo. Por ejemplo, yo no me tomaría muy en serio una epistemología (una teoría del conocimiento humano) que se hiciera en la actualidad de espaldas a lo que dicen las ciencias cognitivas. Estaría construyendo sobre el vacío una visión del conocimiento que no se sustentaría sobre los establecido por la ciencia. Esto no significa que la epistemología deba reducirse a lo que digan las ciencias cognitivas, pero sí que tienen que tenerlas en cuenta.

Y luego hay filosofías que en lugar de buscar ese conocimiento lo que pretenden es orientarnos en el modo de llevar una vida ‘buena’, o eso que decíamos sobre despertar emociones o visiones globales sobre universo o ser humano. Ahí no tiene mucho sentido hablar de su fiabilidad o de su carácter metodológico porque habría que juzgarlas por los beneficios que aportan a los seres humanos cuando las toman como guía.

– ¿La ciencia nos ayuda a aproximarnos a una realidad objetiva o a la verdad?

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Representación gráfica del Principio de Indeterminación de Heisenberg | Aveline et al.

Yo asumo una perspectiva realista en filosofía de la ciencia, y diría que sí. Desde esta perspectiva la ciencia trata sobre una realidad que es independiente de nuestra mente, al menos en sus estructuras básicas. Sus estructuras superiores podrían depender en cierta medida de nuestra manera de conceptualizar.

Una realidad sobre la cual nuestras teorías científicas pueden alcanzar verdades aproximadas, siempre revisables porque el ser humano es falible. Cada vez que hemos creído tener el mejor conocimiento en nuestras manos, resultó que había otra forma de enfocar el asunto que lo mejoraba. Por eso se producen los cambios teóricos y las grandes revoluciones en la ciencia.

Ahora bien, el realismo no es la única posición de la filosofía de la ciencia contemporánea. Sí la mayoritaria en el ámbito anglosajón, aunque no lo sea en el ámbito de la continental (francés, alemán).

Ninguna de las posiciones antirrealistas vigentes negaría de manera radical la existencia de una realidad independiente de nuestra mente. Incluso en posiciones muy extremas, como ciertos sectores del posmodernismo o el constructivismo social, sigue aceptándose la idea de que hay algo ahí fuera que se nos resiste. Muy pocos dirían “no existe un mundo independiente del sujeto” (idealismo), una postura muy poco justificable, porque conduce al solipsismo.

«Cada vez que hemos creído tener el mejor conocimiento en nuestras manos, resultó que había otra forma de enfocar el asunto que lo mejoraba»

Ahora bien, desde posiciones antirrealistas sí se podrían decir cosas como la siguiente: “en realidad nuestras teorías no tratan de representar la realidad ni de establecer verdades sobre ella, el objetivo de la ciencia es lograr ideas que funcionen a la hora de predecir fenómenos y desarrollar tecnología; por lo tanto, las teorías científicas deben entenderse como herramientas conceptuales para manejar la realidad”.

Otra posición antirrealista sería el empirismo constructivo de Bas van Fraassen, heredero del positivismo lógico. La idea es que nuestras teorías tratan de explicar la realidad pero solo podemos atribuir verdad o falsedad a los enunciados que versan sobre fenómenos observables. Todo lo que tenga que ver con entidades no observables (un electrón o un quark), no podemos asumir que sea verdadero o falso, sino solo ‘empíricamente adecuado’, entendiendo por tal que esos enunciados teóricos tienen consecuencias observables cuya verdad o falsedad sí puede ser determinada.

Es una cuestión de matices, pero importantes.

– ¿Puede la filosofía confirmar o refutar la ciencia como método de construcción de conocimiento?

La filosofía lo que puede hacer, en todo caso, es ayudar a establecer los pros y los contras de los procedimientos metodológicos empleados en la ciencia. Puede analizarlos y ver qué procedimientos han sido más útiles. Puede dar algún consejo, pero siempre muy limitado y condicionado.

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Por ejemplo, un consejo que se puede dar desde la filosofía de Popper es que si quieres elaborar teorías arriesgadas y con un alto grado de información, no protejas constantemente esas teorías con hipótesis ad hoc (parches teóricos para que los hechos no refuten la teoría).

Otro ejemplo, cuando haya un choque entre teorías o hipótesis y resultados experimentales, no hay que tomárselo a la tremenda; es una situación normal en la ciencia y es muy posible que la hipótesis en cuestión termine reponiéndose de ese choque con los hechos. Dicho de otro modo, no hay por qué falsar inmediatamente la hipótesis, descartándola solo porque algunos hechos parecen ir en su contra. Hay que darle más oportunidades si resulta realmente prometedora.

El papel de la filosofía de la ciencia no es corregir o mejorar a la ciencia, sino analizarla y mostrar cuál es su funcionamiento epistémico, su función social, su papel cultural, sus objetivos históricos, etc. Pero haciendo eso puede que en alguna ocasión puntual sea de utilidad para el científico.

«Si quieres elaborar teorías arriesgadas y con un alto grado de información, no protejas constantemente esas teorías con hipótesis ad hoc»

– ¿Por qué muchos científicos, así como técnicos o ingenieros, ignoran la filosofía de la ciencia (o cualquier otra)?

Hay varias causas. La situación tan radicalizada de separación que encontramos en España entre ciencias y humanidades se debe sobre todo a nuestro sistema educativo. Esta división no es tan estricta en el ámbito anglosajón y es muy frecuente que en grados de ciencias o ingenierías los alumnos encuentren asignaturas de filosofía e historia de la ciencia o filosofía de la tecnología, porque tienen más oportunidades para elaborar un currículum propio con una mayor optatividad.

Este sería un objetivo que deberíamos perseguir en nuestro sistema educativo, puesto que la separación (radical) entre ciencias y humanidades cada vez tiene menos sentido. Los propios científicos reclaman consejo y ayuda sobre cuestiones de tipo ético y social.

«Los propios científicos reclaman consejo y ayuda sobre cuestiones de tipo ético y social»

Lo hemos visto en relación con CRISPR/Cas9, que ha abierto la posibilidad de editar los genes con una precisión hasta ahora inalcanzable, lo que llevó al científico chino He Jiankui a pensar erróneamente que ya se podría aplicar esta tecnología con seguridad a los seres humanos y manipuló a dos niñas gemelas a las que permitió nacer. Esto despertó muchos recelos acerca de esta tecnología y destacados científicos pidieron orientación en este asunto. Lo hemos visto también en el caso de la inteligencia artificial (IA), con la posibilidad cada vez más verosímil de que una IA futura pueda ser dañina para el ser humano. No me parece inútil que un científico o ingeniero se plantee estas cuestiones en su formación. Desgraciadamente en nuestro país los planes de estudios crean compartimentos cerrados y desincentivan los enfoques multidisciplinares de los problemas.

– ¿Negar la filosofía de forma racional y argumentada es una postura filosófica?

Negar la filosofía con argumentos es hacer también filosofía. Cuando lo hicieron Richard Dawkins (biólogo) y Steven Weinberg (físico), desde luego mantuvieron una posición filosófica conocida como cientifismo. Es una posición que se toma en ocasiones apelando a la ciencia como elemento de juicio, pero que no se sigue estrictamente de la ciencia.

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Muchas veces lo que ocurre es aún más lamentable: hay científicos que rechazan la filosofía y defienden a continuación una imagen de la ciencia o de la ingeniería, pensando que es la que ellos mismos han obtenido a partir de su propia práctica, sin darse cuenta de que se trata de una filosofía periclitada, es decir, de posiciones filosóficas abandonadas hace tiempo porque no tenían capacidad explicativa sobre el funcionamiento real de la ciencia.

Por ejemplo, hay muchos científicos que creen que por su experiencia propia saben que la ciencia se define como conocimiento falsable. En realidad, esa es una tesis que proviene de Karl Popper y que tiene sus puntos débiles: no todo en ciencia es falsable y fuera de la ciencia también hay cosas falsables.

Cuando se rechaza la filosofía, sucede a veces que se están asumiendo posiciones filosóficas de poca calidad. El propio Weinberg admite al menos que la mayor utilidad de la filosofía para el científico es conocer cuál es la mala filosofía, para, de ese modo, no asumirla.

– Mirando al futuro, ¿qué podría decir la filosofía sobre el uso práctico de una aún hipotética inteligencia artificial general?

Pues lo que han hecho los filósofos sobre este asunto es, primero, discutir sobre su mera posibilidad. Hay filósofos que tienen formación suficiente en inteligencia artificial, psicología y neurociencias como para discutir con fundamento sobre esta cuestión, que no es nada fácil. En segundo lugar, han discutido acerca de cuál sería su relación con la inteligencia humana. ¿Sería igual que esta? ¿Sería consciente? Cabe preguntarse: ¿es la consciencia una propiedad que emerge del grado de inteligencia con independencia del sustrato (orgánico o silicio) o, por el contrario, solo hay consciencia cuando el soporte es biológico?

Los filósofos también han discutido acerca de cuál debería ser el diseño de la inteligencia artificial desde un punto de vista ético. Si fuera posible, ¿cómo deberíamos fabricarla? ¿Debería haber controles éticos en el diseño? ¿Debería la IA ser capaz de integrar exclusivamente objetivos humanos y, por tanto, no debería desarrollar objetivos propios? ¿Debería poder reconocer e incorporar valores éticos prevalecientes entre los humanos? Es un problema de seguridad y control.

Si suponemos que es posible una inteligencia artificial general, y que es posible controlarla, la discusión podría ser entonces: ¿cuál debe ser su uso en el futuro para que no sea perjudicial para el ser humano? ¿Qué datos habría que darle y qué datos no debería tener? Estas preguntas son muy relevantes en el presente y están a medio camino entre el debate filosófico y la ingeniería.

«Incluso aunque tuviésemos la tecnología que permitiera una perfecta conducción autónoma, seguiría estando el problema de cómo debería reaccionar el coche en caso de problemas serios»

– Sin embargo, no parece haber ‘una ética’ humana. Experimentos como Moral Machine o las diferentes ‘recetas’ filosóficas publicadas aportan dudas sobre la prescripción filosófica.

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Buena pregunta. Por ejemplo, en Moral Machine, entre atropellar a un bebé y atropellar a un anciano, los occidentales creen mayoritariamente que es preferible atropellar al anciano, mientras que los orientales optan mayoritariamente por el bebé. La diferencia ética es cultural, que es algo que ya sabíamos.

Una posibilidad sería diseñar máquinas con el código moral que quisiera su dueño. O bien diseñar inteligencias artificiales capaces de aprender ellas códigos éticos observando a los seres humanos con los que tuvieran contacto. Pero, ¿y si la enseñan terroristas o mafiosos? Es un grave problema y no hay solución (de momento).

Uno de los problemas que tendría la creación de coches autónomos es precisamente esta. Incluso aunque tuviésemos la tecnología que permitiera una perfecta conducción autónoma, seguiría estando el problema de cómo debería reaccionar el coche en caso de problemas serios. ¿Debería salvar a toda costa al conductor o al peatón con el bebé?

«Si dejamos que las máquinas tomen decisiones fundamentales sobre nuestras vidas, qué menos que saber por qué se ha tomado la decisión»

Por mucho que se quiera dar siempre la ‘mejor’ respuesta, ¿quién compraría un coche que no le salve a él, el conductor, por encima de todo, y que le sacrifique en determinadas circunstancias aunque estas sean excepcionalmente raras? Y, si nadie compra esos coches, ¿es la alternativa una flota de coches asesinos de peatones que salvarían al conductor a toda costa? Porque ese es un resultado muy poco apetecible. No tenemos respuestas fáciles.

– Este problema se complica con los llamados ‘algoritmos de caja negra’, que no ofrecen garantía a la hora de seguir el razonamiento de la máquina.

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Claro. A diferencia de la vieja inteligencia artificial, en la cual el programador podía ver todos los pasos y saber cómo se llegaba a determinada conclusión, en la IA actual (sobre todo en redes neuronales) ese proceso no se puede seguir. Con lo cual, el ingeniero no sabe por qué se ha obtenido una respuesta, y lo único que puede hacer, si encuentra sesgos, es reeducar a la red.

Si dejamos que las máquinas tomen decisiones fundamentales sobre nuestras vidas, por ejemplo si vamos a ser contratados para un puesto de trabajo o si merecemos una hipoteca, qué menos que saber por qué se ha tomado la decisión. Que alguien pueda explicarnos por qué se nos deniega el puesto de trabajo o la hipoteca. “El sistema así lo ha decidido” no es un consuelo.

No se sabe cuáles son los pasos que ha seguido la máquina y se está llegando a extremos preocupantes, como se lee en el libro ‘Armas de destrucción matemática’ (2018). En él se nos muestra cómo la vida de algunas personas se ha destruido por decisiones tomadas por sistemas de inteligencia artificial de los que nadie se hace responsable. El problema fundamental de todos los asuntos de los que hemos hablado es el de la gobernanza de la tecnología: ¿vamos a ser capaces de controlar la tecnología que desarrollemos o no?

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Imágenes | Antonio Diéguez, Ousa Chea, Nikita Kachanovsky, Roberto Nickson, Ranjith Alingal,

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