Frontón Beti-Jai, el edificio donde se probó el primer mando a distancia

El frontón Beti-Jai, el edificio olvidado donde se probó el primer mando a distancia de la historia

Inflado del dirigible construido en el frontón Beti Jai. Author provided

El Ayuntamiento de Madrid ha anulado el concurso de ideas al que habían acudido setenta y cuatro estudios de arquitectura para optar a la rehabilitación del frontón Beti-Jai, inaugurado en 1894. El problema principal radica en la falta de ideas acerca de qué uso darle a esta joya del neomudéjar madrileño.

Francisco A. González Redondo, profesor de Historia de la Ciencia, UCM, y Montserrat Cubría Piris, Doctorada en Patrimonio Industrial, Universidad de Cantabria

Como todo frontón, estaba destinado al juego de la pelota (o, más bien, al negocio de las apuestas). Pero no es ese el uso por el que debería ser recordado, ni el que debería condicionar su futuro. Lo más importante es que acogió, entre enero de 1904 y junio de 1906, el Centro de Ensayos de Aeronáutica, creado por el Ministerio de Fomento para que Torres Quevedo ensayara el control remoto de vehículos con su telekino, y desarrollase su sistema de dirigible autorrígido.

En efecto, el 5 de mayo de 1902 Torres Quevedo había solicitado privilegio de invención en Francia por “Perfectionnements aux aerostats dirigeables”. Sin embargo, las dudas sobre la seguridad en los ensayos de los dirigibles existentes en aquellos años animaron al inventor cántabro a concebir un modo de controlar a distancia las pruebas de los aerostatos sin poner en riesgo vidas humanas. Esta invención, un “Systéme dit Télékine pour commander à distance un mouvement mécanique”, fue patentada, también en Francia, el 10 de diciembre de 1902.

Frontón Beti Jai. Wikipedia, CC BY

Empiezan las pruebas

Las primeras pruebas de control remoto de motores con un prototipo del telekino se realizaron en los salones de la Academia de Ciencias de París el 3 de agosto de 1903, con un impresionante éxito destacado por toda la prensa mundial.La construcción de telekinos efectivos que pudieran teledirigir vehículos terrestres, embarcaciones y dirigibles empezaron en el Beti-Jai en enero de 1904.

Las primeras pruebas, con el telekino instalado en un vehículo terrestre de tres ruedas, tuvieron lugar en marzo de 1905 ante la práctica totalidad de los profesores y alumnos de los últimos cursos de la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid.

Torres Quevedo explicando al Rey Alfonso XIII las características del Telekino. Bilbao, septiembre de 1906. Author provided

Las siguientes pruebas se hicieron teledirigiendo una barca en el estanque de la Casa de Campo de Madrid y, sobre todo, en el bote Vizcaya en el Abra de Bilbao, en noviembre de 1905 ante los periodistas convocados, y, en septiembre de 1906, en presencia del Rey Alfonso XIII. Del éxito de las mismas se hicieron eco la prensa diaria, revistas especializadas y la prensa internacional.

Complementariamente, en marzo de 1905 había empezado a colaborar como auxiliar técnico del Centro Alfredo Kindelán. Su primera tarea, antes de empezar la construcción del dirigible, fue levantar unas cerchas sobre la cancha del Beti-Jai para sostener un gran toldo que cubriese la pista y la protegiera tanto de las inclemencias del tiempo como de las miradas de vecinos y posibles espías industriales. Esta cubierta constituye un precedente que debería tenerse en cuenta a la hora de concebir qué modelo de rehabilitación del frontón se pretende.

A continuación, con la ayuda de su hermano Ultano, empezó la construcción efectiva de los “segmentos geodésicos”. Unidos, constituirían cada uno de los tres lóbulos de la envuelta del globo, en tejido cauchutado, que alcanzaría los 39 metros de largo por 6 metros de diámetro de viga maestra, con una capacidad total de 640 metros cúbicos. Al mismo tiempo, diseñó y fabricó la viga funicular de sección triangular que debía constituir el núcleo interior del dirigible autorrígido, para garantizar la estabilidad de forma una vez que se instalaran las barquillas y motores.

Un éxito en tiempos de guerra

El dirigible, inflado en Madrid en 1906 y ensayado en Guadalajara entre 1907 y 1908, triunfaría en los años de la I Guerra Mundial, donde más de cien unidades del sistema operaron en las Armadas de Francia, Reino Unido, Rusia, EE UU y Japón. Y lo más reseñable es que las innovaciones aeronáuticas desarrolladas en el Beti-Jai por Torres Quevedo, transcurridos más de cien años, siguen estando presentes en la práctica totalidad de los dirigibles que se construyen hoy en día, bien entrado el siglo XXI.

Por otro lado, en 2007 el Instituto de Ingenieros Eléctricos y Electrónicos, una asociación mundial con sede en los EE.UU., concedió al telekino el reconocimiento como “hito” de la ingeniería y la computación por “los primeros desarrollos de control remoto”. Destacaron que, con su invento, “Torres Quevedo estableció los principios operacionales del moderno sistema de control remoto sin cables”.

Pero el telekino construido y ensayado en el Beti-Jai no es solo el primer mando a distancia de la historia. Tampoco supone simplemente el origen del concepto de vehículo aéreo no tripulado o dron.

Como destacó magistralmente José Echegaray en El Heraldo de Madrid tras las pruebas de marzo de 1905 realizadas en el frontón, el telekino fue el origen de toda la automática, de la nueva concepción de inteligencia artificial de Torres Quevedo.

Para Echegaray, “nadie mueve” el telekino. “Se mueve automáticamente”, es un autómata de “cierta inteligencia, no consciente, pero sí disciplinada”. Lo define como “un aparato material, sin inteligencia, interpretando, como si fuera inteligente, las instrucciones que se le comunican”. Sí, ese telekino construido y ensayado en el frontón Beti-Jai de Madrid.

A la luz de todo lo expuesto, ¿cabe alguna duda acerca de que, si el Ayuntamiento de Madrid necesita un concepto para determinar el uso que se le dé al Beti-Jai reformado, la obra de Torres Quevedo, mucho más que el juego de pelota, debería ser la referencia básica?The Conversation

Francisco A. González Redondo, Profesor Titular de Historia de la Ciencia, Universidad Complutense de Madrid y Montserrat Cubría Piris, Doctoranda en Patrimonio Industrial, University of Cantabria

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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