Humboldt, el naturalista que dejó su nombre por toda América Latina

La paradoja de Humboldt o cómo dejar tu nombre por toda América Latina no asegura que el mundo te recuerde

Humboldt quien era

Nabugá, Cupica, Chirichirí son nombres indígenas. Señalan tres de las muchas bahías que conforman la costa del Chocó, en el pacífico colombiano. Pero en esta larga lista se ha colado un apellido alemán. El mismo que aparece en el segundo pico más alto de Venezuela y una sierra en México. O para nombrar una especie de colibrí y otra de pingüino. Y el que cierra la retahíla de palabras con las que bautizaron a Friedrich Wilhelm Heinrich Alexander Freiherr von Humboldt.

La historia de Alejandro de Humboldt, como se le conoce también en español, esconde todavía más sorpresas. Sin su trabajo ni sus mapas es probable que la teoría de la evolución no hubiese brotado de la mente de Darwin. Sus escritos fueron de los primeros que alertaron de eso que hoy llamamos cambio climático. En geografía y ciencias naturales, su huella está por todas partes. Y, aun así, ¿quién recuerda su nombre?

El Samán de Güere

William Fox Talbot es otro de esos tipos con una historia curiosa. Pero para no perdernos vamos a centrarnos en que fue el primero que logró imprimir fotografías en papel. Su primer libro ilustrado, ‘El lápiz de la naturaleza’, publicado en 1844, estaba dedicado, precisamente, a Humboldt. Sus fotos se muestran hoy en el Museo Ludwig de Colonia como parte de una exposición que conmemora el 250 aniversario del nacimiento del naturalista alemán.

Humboldt saman de guere

Otro de los trabajos expuestos es el del fotógrafo húngaro Paul de Rosti. Entre sus imágenes está la de un árbol, el Samán de Güere. Esta especie cautivó a Humboldt en su primer viaje y, aún hoy, está viva en el municipio venezolano Santiago Mariño. Humboldt lo observó en repetidas ocasiones junto a Aimé Bonpland, compañero inseparable en numerosos viajes.

Juntos se aventuraron a cruzar el Atlántico, por primera vez, en 1799. Partieron del puerto de A Coruña, el mismo desde el que, cuatro años más tarde, saldría la expedición que marcó el principio del fin de la viruela. Humboldt y Bonpland contaban con salvoconductos para visitar casi todos los territorios de las colonias españolas en América. El azar los hizo desembarcar en Cumaná, Venezuela. Allí empezó todo.

De los virreinatos a Estados Unidos

La curiosidad de Humboldt era desbordante. Todo le llamaba la atención. Y decir todo era decir mucho para un europeo decidido a recorrer lo más inexplorado del continente americano. En su primer viaje atravesó a lomos de una mula el Macizo Oriental de Venezuela. Fue el primero en explorar la cueva del Guácharo. Y describió para la ciencia varias especies de aves.

Humboldt viaje al chimborazo

Su segunda gran travesía le llevó al interior del Nuevo Reino de Granada, hoy Venezuela, Colombia y Panamá. El virreinato tenía los años contados, pero Humboldt no lo sabía. De hecho, según relatan desde el Museo Ludwig, el naturalista alemán llegaría a conocer a un joven Simón Bolívar en París. El revolucionario libertador del virreinato, Bolivia y Ecuador, tomaría de Humboldt la idea de la necesidad de protección de la naturaleza.

De Bogotá cruzó los Andes hasta Quito y Perú. En otro de sus viajes recorrió Cuba y el Caribe. Y también tuvo tiempo para México y Estados Unidos, donde fue muy crítico con el sistema esclavista. De la inspiración de sus viajes surgió ‘Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente’, la gran obra de Humboldt estructurada en nada menos que 30 volúmenes. Una obra clave en el estudio moderno de la geografía y la geología.

Darwin y el cambio climático

Un colibrí, un pingüino y un calamar gigante llevan su nombre. La corriente oceánica peruana que provoca el afloramiento de aguas profundas en el Pacífico fue bautizada en su honor. Tres instituciones científicas, el Planetario Humboldt (Venezuela), el Instituto Humboldt (Colombia) y la Universidad Humboldt de Berlín (Alemania) han tomado prestado su apellido. Incluso el buque peruano de investigación antártica, el BIC Humboldt, lleva su nombre.

La lista de reconocimientos es larga para una persona que dedicó su vida a la ciencia con mayúsculas. Dejó su huella en los campos de la zoología, botánica, geografía, meteorología, oceanografía o geología. Y expuso interesantes teorías sobre la relación entre medioambiente y ser humano. Describió los efectos en la naturaleza de los sistemas de monocultivo que la corona española mantenía en América Latina. Señaló el impacto en el ecosistema marino del cultivo intensivo de perlas. Y alertó sobre los riesgos de la deforestación sobre el terreno y el clima.

Sin el trabajo de Humboldt, Darwin nunca se habría subido a bordo del Beagle. Y quizá no habríamos oído hablar de la teoría de la evolución. Así lo recoge Andrea Wulf en su libro ‘La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt’. En el siglo XIX, su trabajo era tan respetado como su ego aborrecido. Y es que la fama no le sentó bien a Humboldt. Darwin, que lo conoció en 1842, llegó a decir que no podía hablar de otra cosa que de sí mismo. Quizá por eso su historia haya quedado en segundo plano. Aunque su legado, y sobre todo su nombre, sigan más presentes que nunca.

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Imágenes | Wikimedia Commons/Friedrich Georg Weitsch, Veronidae

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