Los archivos del Pentágono, una buena película que ojalá inspire al cine español

“El periodismo debe servir a los gobernados y no a los gobernantes”, es la frase con la que Spielberg concluye su nueva película Los archivos del Pentágono, otra loa o, quizás elegía, dedicada al periodismo clásico como puntal de la democracia.

Perdón por el spoiler, pero no creo destripar nada de una cinta que da cuenta de uno de los grandes hitos históricos del periodismo: la publicación, primero en The New York Times y después en el Washington Post, muchos años antes de Bezos, de unos documentos que detallaban la historia oculta de la actuación de Estados Unidos en Vietnam entre 1945 a 1967, y revelaban las mentiras de los gobiernos de cuatro presidentes norteamericanos.

Los archivos del pentágono es tan buena como era de esperar

Los archivos del Pentágono es tan buena como cabría esperar y ha sido acogida con entusiasmo por la crítica. No en vano, la dirige un Spielberg que parece capaz de contar con solvencia una historia mediante imágenes lanzando al aire la cámara y dejándola rebotar contra el suelo, tal es su solvencia y genialidad como cineasta. En esta película, una vez más, su talento se halla al servicio de la historia y no hay en su forma de dirigir ningún movimiento de cámara ni plano que no contribuya a hacer progresar la narración. Qué bellas las secuencias en las que su cámara sigue el trabajo de los periodistas en una redacción o el proceso de producción de un periódico, qué nostalgia del papel.


En lo que tiene que ver con los actores, pues un poco más de lo mismo. A estas alturas, es difícil pensar en una mala actuación de Meryl Streep y Tom Hanks, a poco que les ayuden el guion y el director. Quizás por ello, la actuación más sorprendente y, por ello, más emocionante sea la de Bob Odenkirk que se eleva sobre las también sólidas interpretaciones de un grupo de secundarios de lujo.

Lagrimillas en los ojos de los periodistas

Una vez glosada la incuestionable calidad de la película, toca repasar las sensaciones que produce en el espectador, en este espectador. Pues bien, aunque se disfruta, todo me suena a ya visto en cintas como la clásica Todos los hombres del presidente, también protagonizada por la redacción de The Washington Post, o la más moderna Spotlight.

Hay que destacar la oportunidad del mensaje de la película en un tiempo marcado por el mandato de Trump en EE.UU, el desgraciado éxito de fenómenos como las fake news y el descrédito del periodismo. También hay que agradecer el discurso feminista, tan necesario en estos días marcados por una hiriente actualidad de feminicidios y acoso sexual a mujeres.

Dicho esto, y reconociendo las obligadas servidumbres del director y los guionistas a la hora de dar cuenta de un hecho real, uno prefiere el descarnado retrato que, del periodismo, hizo Willy Wilder en películas como Primera plana o el Gran Carnaval o, por citar un ejemplo más reciente, el que filmó Dan Gilroy en Nightcrawler.

Estas películas divierten, emocionan, incomodan, enfadan…mientras que Los archivos del Pentágono parece más empeñada en hacer que periodistas, estudiantes de periodismo y, en general, nostálgicos del periodismo canónico y convencidos de la solidez de los valores de la democracia norteamericana, suelten una lagrimilla contemplando las resmas de papel deslizándose por una rotativa. Para gustos, los colores, aunque no hay duda de que la película merece pagar el precio de la entrada.

¿Para cuándo una película sobre el gran periodismo español?

Y, así, mientras suspiramos y nos dejamos embargar por la añoranza de un mundo que quizás nunca fue, hoy siguen pasando cosas y el buen periodismo las sigue contando. También el español y, por ello, uno se pregunta por qué en nuestro país nos tenemos que conformar siempre con ver en la gran pantalla grandes ejemplos de periodismo de EE.UU, como si aquí no hubiera casos susceptibles de ser contados en las salas de cine.

A bote pronto, la mítica entrevista televisiva de Iñaki Gabilondo a Felipe González sobre los GAL podría ser una buena candidata a película al estilo de El desafío: Frost contra Nixon, así como los numerosos casos de corrupción política y financiera que durante estos años han ocupado, día sí día también, las portadas de nuestros grandes medios.

Oigan, que The New York Times está bien pero El País, El Mundo, El Confidencial o la desaparecida revista Interviú, por citar a algunos, tampoco están mal; y Ben Bradlee era un periodista de pura raza, pero no creo que más que tantos otros periodistas y directores de medios españoles que han marcado la evolución de la opinión pública y de nuestra democracia a golpe de titular.

Allá va el guante, describiendo hermosas trayectorias en el aire, lanzado hacia productores y cineastas de este país, para seguir la estela de GAL, de Miguel Courtois, o, si se quiere, Territorio Comanche. Se me ocurre un título: Los archivos de La Moncloa.

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