Robots, empleo y renta básica: ¿sueñan los androides con hacer la declaración de la renta?

Robots, empleo y renta básica: ¿sueñan los androides con hacer la declaración de la renta?

Hace unos días, durante el evento Xataka Live Citizen, cinco profesionales de distintos campos intentaron acercarnos al futuro, por lo menos al que ellos intuyen o les gustaría vivir.

La mesa redonda Robots, empleo y renta básica: ¿sueñan los androides con hacer la declaración de la renta? (minuto 56 del streaming) tuvo cinco invitados que hablaron sobre renta básica y cómo podría ser el sistema económico de dentro de unas décadas. Moderados por Antonio Ortiz, director de estrategia y cofundador en Weblogs SL, los protagonistas del encuentro fueron:

Renta básica universal frente a renta mínima

Si la digitalización da paso a un entorno tan automatizado que los humanos pasamos de inempleados a inempleables, ¿de dónde sacamos el dinero cuando ya no haya sueldos? ¿Sueñan los androides con hacer la declaración de la renta?

La idea de la renta básica universal ha cobrado protagonismo en los últimos años, pero no es nueva. A lo largo de la historia, algunos pueblos han vivido bajo paraguas similares en muchos aspectos, preocupados por la equidad del reparto de la riqueza y por asegurarse que sus ciudadanos no quedaran desprotegidos.

Esta renta básica universal, llamada también renta básica incondicional (RBI), es de carácter obligatorio para todos los ciudadanos, que la reciben por el mero hecho de serlo, sin necesidad de trabajar, y sin su retirada en caso de que trabajen. Es decir, no es una renta mínima, que es un salario que suele darse en algunos países cuando algún ciudadano no puede vivir con lo que posee.

Este importante matiz lo ponían de manifiesto Marta García y Juan Ramón debido al volumen implicado en los pagos. No es lo mismo entregar una cantidad X, pongamos 1.000 euros por hacerlo redondo a cada ciudadano, cada mes; que entregar 1.000 euros a cada ciudadano incapaz de pagar sus facturas.

Si bien es cierto que Íñigo Errejón habló sobre el coste de no universalizar: haría falta un «ejército de burócratas» para verificar si el ciudadano cumple las condiciones para la renta mínima y controlar los pagos.

La diferencia es un capital considerable, ya que la mayoría de las personas a día de hoy pueden desenvolverse con soltura en sus pagos. Pero, ¿y si no pudiesen porque los robots les “quitan” el empleo?

¿Está la inteligencia artificial lo suficientemente avanzada como para hablar de paro estructural?

¿Está la inteligencia artificial lo suficientemente avanzada como para hablar de paro estructural?

Hemos hablado en alguna ocasión de modelos económicos en los que los robots pagan impuestos del mismo modo en que lo hacemos los humanos, a medida que vayamos robotizando las distintas profesiones. Lejos de ser un futurible hipotético, el Parlamento Europeo ya está sentando las bases legales para este tipo de mercado laboral, y del reparto del capital generado a la ciudadanía.

Aunque todos los ponentes están de acuerdo con que la automatización cambiará el panorama laboral, la mayoría de ellos son cautos con el futuro, especialmente Martín Molina González (derecha en la fotografía), que, muy cerca del desarrollo de la inteligencia artificial, es consciente de sus limitaciones.

«No se está produciendo una sustitución masiva», comentó Molina mientras bajaba a tierra los conceptos sobre los que quizá saltamos con demasiada alegría: el fin del trabajo, una humanidad liberada de sus clásicas labores, dormir hasta tarde todos los días e incluso «pasar el día surfeando», ejemplo que puso Juan Ramón Rallo.

También Molina habló de un sistema de «destrucción creativa»: sí, por un lado estamos destruyendo una gran cantidad de puestos laborales; sin embargo, también estamos creando otros diferentes, y durante unos años parece que ambos (destrucción y creación) irán parejos.

Quizá dentro de unas décadas las predicciones de Frey y Osborne sean más tangibles, pero parece que el concepto de “inempleableabilidad”, del que habla Yuval Noah Harari, tardará bastante en manifestarse con el actual estado del arte de la IA; y que el paro estructural debido a ella es mínimo, casi nulo.

La renta básica: desligando derechos sociales del trabajo, y atribuyéndolos a la ciudadanía

En la vertiente de derechos, casi política, Marta García habla de la aplicación práctica de una de las primeras definiciones que se dieron de la renta universal, allá por 1936 en On the Economic Theory of Socialism, de Oskar Lange. Subraya que «hace falta desvincular los derechos sociales [sanidad, educación, transporte…] del sistema laboral, y unirlo al concepto de ciudadanía».

Íñigo Errejón respalda este tipo de iniciativas, destacando que, dado que «con menos horas de trabajo rendimos más que antes», «la renta básica puede ayudarnos a dirigir el sistema económico», siempre que tengamos en cuenta que una sociedad más segura es aquella en la que las necesidades básicas quedan cubiertas. Claro, que también comenta que, por cultura, España «no es país para robots», y que tardaremos mucho en automatizarnos.

Un ejemplo al respecto: en el sistema económico-político español la sanidad no es que sea “gratuita”, como en ocasiones la llamamos, sino que está soportada por los impuestos derivados del trabajo. Si no hay trabajo para todos, quizá necesitemos un ingreso mínimo al que llamamos renta básica universal o renta mínima.

Es muy curiosa la aportación de Marta García sobre el binomio político izquierda-derecha muy presente en nuestro país, ya que «la renta básica se relaciona con la izquierda [en España] pero en otros sitios se relaciona con el mundo empresarial y con la riqueza, ya que las primeras interesadas [en la RBI] son las empresas». Estas buscan clientes, y una sociedad en la que no hay liquidez es un escenario poco interesante.

La ética tras la renta básica universal: ¿puedo dedicarme a holgazanear?

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Juan Ramón puso sobre la mesa un tema muy interesante sobre la renta básica universal: cuando desligamos la capacidad económica del trabajo y la atribuimos a la ciudadanía; es decir, cuando pagamos a los ciudadanos sin necesidad de que contribuyan económicamente a la sociedad, ¿no corremos peligro de volvernos más vagos? ¿No deberíamos contribuir a la sociedad?

Ciertamente, si no hay un mecanismo de recompensas como el que tenemos actualmente en el mundo laboral (recibes un sueldo porque contribuyes a la sociedad de algún modo), podríamos decidir no trabajar. Claro que, si no hay trabajo para todos, tampoco tenemos la posibilidad de decidir. El primer escenario es más probable, dada nuestra tecnología.

Al no tener la robotización total a la vuelta de la esquina, la aplicación de la RBI podría volvernos algo holgazanes… o ayudarnos a dar el salto a una sociedad más digital y abierta, y convertirnos en «nómadas del conocimiento», expresión de Marta García, en lugar de peones dentro de la industria.

Santiago Sánchez-Migallón matiza esto último y destaca la «importante diferencia entre trabajo y empleo». Mientras que el empleo habla de nuestro oficio, el trabajo habla sobre lo que hacemos día a día. Hace unos años, cuando nos preguntaban qué éramos, respondíamos con nuestro empleo: «soy médico», «soy abogado». Sin embargo, esta forma de ver a la sociedad está cambiando: el empleo ya no nos define, y entendemos que somos más que nuestras funciones dentro de la maquinaria económica.

¿Quién paga todo esto? ¿Frenará la RBI la innovación?

Teniendo en cuenta que todos los ponentes trabajan sobre hipótesis (ningún país del mundo ha instaurado nunca la renta básica universal), todavía no contamos con datos que nos ayuden a situarnos en el futuro. ¿Es buena la RBI? ¿Es mala? ¿Quién la acabará pagando? ¿No frenará la innovación?

Es lógico pensar, como expone Juan Ramón Rallo en su libro Contra La Renta Básica (2015) que, en un escenario en el que no es necesario ser competitivo para recibir un salario, estaremos más tentados de no aportar valor a la sociedad, y por tanto la innovación se verá frenada.

Ante esto, Marta aporta que quizá no sea tan malo frenar la innovación (no así el I+D, que puede depender de presupuestos aislados) dada la velocidad que esta ha adquirido en las últimas décadas, dando tiempo a la ciudadanía a adaptarse a los cambios tecnológicos aplicados a su entorno.

Sobre quién mantiene el sistema, el Parlamento Europeo ya señaló en su proyecto de informe que aquellas empresas beneficiadas de la robotización y que contribuyan a la destrucción de empleo (que ganen beneficios con los robots entendidos estos como robots físicos y máquinas virtuales) deberán ser quienes más aportasen. A fin al cabo, son quienes más ganan con un sistema automatizado.

Entonces, ¿para cuándo una renta básica? Parece evidente que todavía quedan algunas décadas antes de que esta sea necesaria, aunque hay algunos países de nuestro entorno que están haciendo las primeras pruebas. Sin embargo, sus resultados no serán válidos como experimento hasta que la renta básica universal sea de aplicación en todo un país y durante periodos prolongados de décadas. Es posible que nosotros no lo veamos, pero quizá sea una constante para las siguientes generaciones.


En la misma semana de la publicación de este artículo, el canal Kurzgesagt – In a Nutshell publicó el siguiente vídeo:

En Nobbot | La distribución de la riqueza, el reto de la nueva economía

Imágenes | Xataka Live Citizen 2017 (CC BY 2.0)