Videojuegos: una familia unida nunca será vencida por los zombis

Tolstoi o Beethoven son peligrosos para los jóvenes, mejor que maten zombis

Imagen de Anthony Ashley en Pixabay

“Mira, estoy preocupado porque mi hijo se pasa el día leyendo libros de grandes autores de la literatura universal”.

“Eso no es nada, mi niña no para de escuchar música clásica, yo creo que está enviciada con Beethoven, fíjate. No sé, ojalá le hubiera dado por los videojuegos, por lo menos podría jugar con otros chavales”.

¿A que nos cuesta imaginar un diálogo así entre progenitores? Sin embargo, no sería tan extraño escucharlo si, en vez de sobre literatura o música, mostraran su preocupación por la descontrolada afición de sus hijos a los videojuegos. Porque dedicar mucho tiempo al joystick está mal pero pasar horas y horas pegados a un libro o escuchando música clásica está bien (el trap ya sería otro cantar).

¿Que el niño o la niña no salen de su habitación y corren el peligro de sufrir el mal de Don Quijote? Qué más da, es que son muy sensibles y ya encontrarán su espacio en el mundo real… Y amiguitos, aunque no compartan esas aficiones culturales que llenan de orgullo a sus papás y mamás. Eso sí, que no se les ocurra perder el tiempo delante de una pantalla jugando a esas cosas de matar y matar. “Que así se está poniendo el mundo de violento”.

los videojuegos son cultura

Esta caricatura, por otra parte tan ajustada a la realidad, parte de un prejuicio que considera a los videojuegos una mera diversión a la que no merece la pena dedicar tiempo y que, además, genera trastornos de comportamiento en los jugadores. Da igual que todo un flamante ministro de Cultura afirmara que “el videojuego es cultura, su base es creativa y sus valores son igual de importantes que los de un libro o una película; lo que cambia es el soporte”. Al fin y al cabo, ¿qué sabrá un ministro de Cultura…de Cultura?

Y no se trata aquí de restar importancia a los problemas que puede causar una afición excesiva a los videojuegos. De hecho, por primera vez en la historia, una adicción ‘tecnológica’ ha entrado en la lista de las enfermedades (borrador ICD-11) elaborada por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Es el llamado “gaming disorder”, el uso compulsivo de los videojuegos, que ha pasado a formar parte de la familia de los trastornos debidos a conductas adictivas.

videojuegos

Pero estamos hablando de eso, de comportamientos enfermizos que solo afectan a una minoría de jugadores. Como solo una mínima parte de lectores padece lo que los japoneses, que parecen tener palabras para todo, denominan Tsundoku, es decir ese sentimiento irresistible de comprar un nuevo libro aunque ya tienes varios sin leer en casa. Y también es anecdótico el número de melómanos que convierten su afición en una adicción.

Nada une más a unos padres con sus hijos que matar zombis en un paisaje posapocalíptico.

Por lo demás, negar la influencia de esta nueva –en realidad no tanto– forma artística, que ya cuenta incluso con museo propio, en el ecosistema cultural es cerrar los ojos ante los avances de una industria que, desde los años 80 hasta hoy, se ha abierto paso en todas las esferas de nuestra vida social. De la misma manera que antes lo hicieron otros formatos culturales “más respetables”.

Desarrolladores de videojuegos como Shigeru Miyamoto, John Carmack, Hironobu Sakaguchi o Will Wright, entre otros muchos, pueden medir su altura creativa con la de cualquiera de los genios de otras artes que, con sus creaciones, nos ofrecen refugios de fantasía para escapar o comprender este mundo, a menudo tan raro y hostil. O nos proporcionan, todos ellos, nuevos elementos para enriquecer la existencia, a través de experiencias que abren puertas en paredes de nuestra mente que, hasta entonces, permanecían cerradas.

ocupación mejor que preocupación

Por ello, si ven que sus hijos pasan demasiadas horas ante la pantalla, ocúpense o preocúpense, pero no más que si dedican el mismo tiempo a otras actividades culturales. Como decía el clásico, en el punto medio está la virtud y es labor de los padres velar por el equilibrio vital de sus hijos. Sin miedos, sin tabús, sin prejuicios…

Y así, a lo mejor, llegan a compartir jugadas con ellos, convirtiendo el disfrute de los videojuegos en una actividad familiar. Ya se sabe que nada une más a unos padres con sus hijos que matar zombis juntos en un paisaje posapocalíptico.