¿Moriré antes si en mi ADN tengo variaciones del ADN de un Neandertal?

¿Moriré antes si en mi ADN tengo variaciones del ADN de un Neandertal?

 ¿Por qué unas personas son más inteligentes que otras? ¿Y más altas, o más guapas? ¿O por qué tienen los ojos azules? Estas y otras preguntas similares son objeto de estudio por parte de la genética, una de las materias que más ha avanzado en las últimas décadas y más nos ha descubierto sobre nuestro pasado más lejano. Y no solo eso; hoy también es posible  “editar” el genoma humano a través de la técnica CRISPR, almacenar un archivo en el ADN de un organismo vivo utilizando esta misma técnica, o incluso  hacernos tatuajes para conservar con nosotros el ADN de familiares y seres queridos. Grandes avances que, sin embargo, son solo pequeños pasos si consideramos lo mucho que hay aún por descubrir y las muchas preguntas que aún nos puede resolver el estudio genético. A continuación vamos a desgranar algunas de ellas.

¿Podemos predecir el aspecto de nuestros futuros hijos por nuestro adn?

Aunque la genética no sea el único factor que determina con exactitud cómo somos, -ya que nuestras vivencias y nuestro entorno van moldeando a lo largo la vida nuestra personalidad y nuestra forma de actuar-, sí que influye de manera clave en el aspecto psicológico y físico, e incluso en el espiritual, según lo que explica Virginia Blanes en su libro “Amar sin sufrir: El libro de los hijos”. Es más, nuestro fisonomía y también nuestro ser más profundo tienen mucho que ver con lo heredado; y no solo de nuestros padres, sino que también pueden influir los de alguien más alejado en  nuestro árbol genealógico.

Fijémonos por ejemplo, en el matrimonio entre el príncipe  Harry –que tiene una antepasados británicos, griegos, germanos, daneses, rusos…- , de y Meghan Markle  -con ascendencia irlandesa, holandesa y afroamericana. Su distinta procedencia, al menos apariencia, ha suscitado la pregunta de cómo serán sus hijos.

ADN

Sin embargo, quizá nos sorprenda saber que la especie humana es muy uniforme genéticamente y entre ellos su plantilla de ADN es prácticamente idéntica. Es más, como explica en alguna de sus interesantes charlas Riccardo Sabatini, científico y emprendedor especialista en modelos numéricos, nuestro código genético al completo podría ocupar un libro –más bien una enciclopedia- de algo más de 260.000 páginas; sin embargo, y ahí está la quid de la cuestión, lo que no hace diferentes a unos de otros se limitaría a unas 500.

El caso de Lydia Fairchild, una madre que genéticamente no lo era

¿Sabías que los análisis de ADN  han podido demostrar que una madre puede serlo biológicamente y no genéticamente? Y no, no estamos hablando de un caso de un vientre de alquiler.  Qué mejor para explicar este raro fenómeno que ilustrarlo con un ejemplo, concretamente el de la americana Lydia Fairchild, que en 2002 se separó de su marido cuando estaba embarazada de su tercer hijo. Lydia fue a juicio para exigir que su marido le pasara los gastos manutención por los hijos de la pareja, y para ello ambos cónyuges tuvieron que hacerse las correspondientes pruebas de ADN. Cuál no sería la sorpresa cuando dichos análisis revelaron que el padre efectivamente lo era pero la madre no tenía relación genética con los pequeños. Algo que puso a Lydia en un verdadero problema, porque no solo ponía en riesgo el reconocimiento de la maternidad de sus hijos, sino incluso perderlos por ser acusada de fraude.

El caso de Lydia Fairchild Imagen: otempo.com.br

Ante la insistencia de la madre en que aquello no podía ser verdad, un observador público asistió al nuevo parto de Lydia para demostrar que su hijo efectivamente lo eran. Las pruebas se repitieron y el improbable resultado fue el mismo: Lydia era, ya sin duda, la madre biológica de sus hijos, pero estos no era sus “descendientes genéticos”. Y esto ocurría, como se descubrió después, porque Lydia sufría un extraño caso de “quimerismo”, una anomalía genética por la cual una persona  puede tener en su cuerpo dos tipos distintos de ADN. Esto puede producirse por el trasplante de un órgano, una transfusión o de forma congénita.

Y el de Lydia no es el único incidente de este tipo que ha saltado a los titulares. Ya antes lo hizo también el de su compatriota Karen Keegan, que a finales de los 90 se hizo pruebas de ADN, en esta ocasión para conseguir un donante de riñón compatible entre sus familiares. El asombro fue mayúsculo cuando las pruebas revelaron que, de sus tres hijos, dos no lo eran, genéticamente hablando. Pero todos eran de su marido, de manera que, ¿cómo era eso posible?  Los científicos, asombrados, hicieron más y más pruebas a Lydia hasta comprobar que el ADN de su sangre y el de otros tejidos, como el de sus ovarios, era diferente. Y que Karen era el resultado de las que hubieran sido dos hermanas gemelas que finalmente se “fusionaron” en un solo individuo.

Estos casos, que nos pueden parecer ciencia ficción, no lo son tanto, según los expertos. Es decir, puede haber muchas “quimeras humanas” por el mundo y no saberlo, ya que se suelen descubrir por puro accidente, como ocurrió con Lydia o Karen. Un misterio más que hace de la genética una ciencia asombrosa y emocionante.

¿Son los genes o el entorno lo que nos hace ser quiénes somos?

Otro aspecto que centra el interés de los científicos es saber si nuestro comportamiento, nuestra forma de ser, están más influidos por el entorno o por nuestra herencia genética.

El bloguero y escrito científico Carl Zimmer, reflexiona sobre ello en su libro She has her Mother´s Laugh, que empezó a escribir influido por lo poco que sabía en realidad de su ascendencia cuando empezó a explorar su árbol familiar con el fin de hallar posibles riesgos de salud para su futuro hijo. Sus reflexiones, que son compartidas por otros divulgadores, es que nuestra herencia ancestral no es solo genética, o, por decirlo así, puramente biológica. También lo es cultural, ambiental…

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Cada rasgo de nuestra existencia es fruto de cientos o miles de genes diferentes, pero también del entorno en el que nos desarrollamos con toda esa carga genética.Un ejemplo que pone Carl en una entrevista sobre su libro que hizo para National Geographic  es el de la risa: “Los genes que heredas podrían estar implicados en que tu risa se parezca a la de tus padres. Pero también creces con ellos y les oyes reír, somos una especie muy imitadora”. ¿Entonces, te ríes así porque imitas o porque tu madre, tu abuela o hasta tu bisabuela se reían de la misma forma? Pues no lo sabemos. O lo que es lo mismo aún no podemos demostrar científicamente si la risa -o cualquier otro rasgo de comportamiento de los que nos hacen únicos-  es hereditaria o producida por tus vivencias y el intercambio con tu entorno.

La altura es otra de esas características físicas que siempre habíamos pensado que era hereditaria. Y en gran medida lo es, si bien no es un único gen el que define la altura que tendremos: la ciencia ha demostrado ya que son más de 3.000 los genes que determinan la altura, y probablemente irán aumentando en el futuro. Porque esta depende también, por ejemplo, de nuestra alimentación, de nuestra capacidad de asimilar la energía de los alimentos que ingerimos y que convertimos en nuevas células. En otras palabras, genética sí, pero no solo y no tan fácil.

De la herencia genética asesina al cambio epigénico superviviente

Muchos de los primeros genetistas consideraban que la inteligencia  era un don biológico que se transmitía de padres a hijos; y lo mismo pensaban sobre la delincuencia. Esto dio lugar a ideas tan polémicas como las del psicólogo estadounidense Henry Herbert Goddard, director de la “Escuela de Formación de Vineland para chicos y chicas débiles mentales”, en Nueva Jersey, a principios del siglo XX. Sus estudios en dicha escuela, y otras investigaciones, le llevaron a promover la mejora de la especie humana a través de la “eugenesia”, es decir, la no procreación de los individuos  no considerados genéticamente perfectos. Esta opinión, de la que el propio Goddard se apartó en años posteriores, se materializo en su libro La familia Kallikak, en el que, basándose según su investigación del grupo familiar protagonista de su obra, había individuos “genéticamente defectuosos” que convenía que fueran segregados y aislados para evitar que se extendieran.

Teorías eugenésicas como esta fueron perversamente utilizadas más tarde por Hitler y sus acólitos para asesinar a los incapacitados o débiles mentales, como paso previo al genocidio de las razas consideradas inferiores. Y es que los seres humanos no se comportan de una manera o de otra simplemente por lo que dicen los genes. Eso sería demasiado fácil, dejaría a un lado el libre albedrío y sería la excusa perfecta para cometer tropelía, porque “lo heredé de mi abuelo”.

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Pero más allá de la pura filosofía, es que además los genes se ven influidos a su vez por otros factores que hasta no hace demasiado años no se conocían. Esto es lo que estudia la “epigenética”, que es la ciencia que analiza el conjunto de procesos químicos que modifican la actividad del ADN sin alterar su secuencia.  En otras palabras, la interacción entre el genoma el ambiente en el que nace, crece, se desarrolla y muere. Esta relación es la que nos podría ayudar a explicar por qué no heredamos ser unos asesinos, pero también por qué determinados cánceres se activan en unas personas y en otras no, por qué se sufre deterioro cognitivo al envejecer o, como han descubierto recientemente un grupo de investigadores liderados por el oncólogo barcelonés Manel Esteller, que un biomarcador determinado puede ayudarnos a predecir qué pacientes de cáncer de pulmón responderán a la técnica de la inmunoterapia.

Y no solo en el caso de los humanos. También, por ejemplo, por ejemplo, nos permite responder a cómo una planta que sufre sequía cambia su epigenética para volverse tolerante a ella y transmitir dicha tolerancia a plantas futuras.

En definitiva, la genética es un universo que, al igual que el que nos rodea, está poblado de galaxias, estrellas y planetas aún por descubrir y explicar. Quién sabe; quizá en un futuro estas investigaciones en constante evolución puedan ayudar a nuestro médico a advertirnos de que nuestro material genético neandertal nos hace más proclives a sufrir un infarto u otra enfermedad. De momento, estamos elaborando el mapa del genoma, estudiando cómo se puede modificar para evitar enfermedades, estudiando cómo conservar la huella genética de nuestros seres queridos…  ¿Podremos llegar a hacer de las futuras generaciones seres perfectos y genéticamente diseñados y seleccionados? ¿Qué implicaciones éticas y hasta filosóficas puede tener todo esto? Aún hay demasiado que descubrir y, sobre todo, que reflexionar.