Así está cambiando la inteligencia artificial el mundo en que vivimos

Sin darnos cuenta, la inteligencia artificial forma parte de nuestra vida más cotidiana. Los algoritmos seleccionan la información que leemos, las series que vemos o la música que escuchamos, pero puede hacer mucho más por nuestra salud, la economía o la sostenibilidad el planeta. 

A mediados del siglo XX, el mítico pionero de la informática Alan Turing ya estaba convencido de que algún día sería posible programar una máquina que respondiera preguntas de una forma tan natural que resultara imposible distinguir sus contestaciones de las de un ser humano.

Al cabo de las décadas, la inteligencia artificial empieza a darle la razón a Turing. Hoy muchos servicios de soporte son atendidos por chatbots, que en realidad son programas informáticos capaces de decirnos, con respuestas preconcebidas, qué zapatos de una tienda nos van a sentar mejor, o cuál es el seguro de coche que más nos conviene. 

Además, son algoritmos de inteligencia artificial las piezas que nos dicen en una plataforma como Amazon o Netflix qué series o películas deberíamos ver. O la música que deberíamos escuchar en Spotify o en Apple Music. O las que en Facebook nos preparan la selección de noticias que leeremos. O las herramientas que en Google Maps nos enseñan la ruta más rápida y con menos atascos para ir al trabajo. 

Por supuesto, el combustible de todos esos algoritmos son nuestros datos. Y también los de los cientos o miles de millones de usuarios que, como nosotros, buscan cada segundo en internet información de actualidad, productos, medicamentos, un restaurante para comer o simplemente el trayecto más corto para desplazarse. 

La revolución de la inteligencia artificial acaba de empezar

“Nuestra vida ha cambiado desde hace tiempo”, afirma Josep Curto, profesor de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) y especialista en analítica de datos. Además, la revolución de la inteligencia artificial no ha hecho más que empezar. 

Un análisis de McKinsey calcula que alrededor de un 70% de las empresas de todo el planeta adoptarán una forma de tecnología dotada de IA en la próxima década. En otras palabras, para muchas empresas será imposible estar en el mercado y tener una oferta atractiva en la red sin contar con poderosas herramientas de inteligencia artificial. 

Ni durante el aciago 2020, el año en que la pandemia de la COVID-19 puso contra las cuerdas la economía mundial, el mundo de la inteligencia artificial se tomó un respiro. Se calcula que el pasado año este sector movió 156 500 millones de dólares, 12,3% más con respecto a 2019. Y las previsiones de International Data Corporation auguran que los ingresos mundiales superarán los 300 000 millones de dólares en 2024.

Desarrollos para el diagnóstico precoz de la COVID-19

Pero más allá del ocio digital y de las compras online, la inteligencia artificial está revolucionando y va a revolucionar muchos otros sectores. Uno fundamental es el de la salud. Y lo hemos visto en estos últimos meses de pandemia y hospitales contra las cuerdas por la COVID-19. 

En los primeros meses de la pandemia, un grupo de investigadores del MIT, dirigidos por el catalán Brian Subirana, desarrolló una app para diagnosticar la COVID-19 simplemente analizando la tos a través del móvil. De esta forma, Subirana y su equipo aportaban una prueba de diagnóstico fiable (en más del 80% de casos) y masiva. Y lo hacían en un momento en que los centros de salud y los hospitales de muchos sitios estaban al borde del colapso. 

También en los momentos más complicados de la primera ola de contagios, la empresa valenciana Quibim desarrolló un algoritmo de inteligencia artificial. En este caso, ayudaba a saber en 20 segundos si un TAC pulmonar realizado a un paciente era similar al que mostraría un enfermo de la COVID-19. 

De esta forma, el TAC se convertía también en una prueba diagnóstica del coronavirus en un momento en que el tiempo apremiaba y los recursos eran escasos. Quibim recurría a una red neuronal que iba aprendiendo según analizaba imágenes y que, de entrada, también tenía una precisión del 80%. 

Inteligencia artificial contra el abandono escolar

En el mundo de la educación, la inteligencia artificial puede ayudar a corregir uno de sus mayores problemas: el abandono escolar. La UOC, por ejemplo, ensaya desde 2019 con un sistema llamado LIS (Learning Intelligent System). Se trata de un desarrollo que se alimenta del histórico de datos de alumnos de la universidad. E intenta predecir, a partir de las notas de las actividades de evaluación continua, si un estudiante superará o no una asignatura. 

O incluso pronostica las posibilidades que hay en cada momento de que el matriculado abandone los estudios. Para tomar medidas preventivas, el sistema genera a los profesores unos marcadores en forma de semáforos, como los de los coches.  

Aplicaciones para medioambiente y turismo

El medioambiente es otro campo en el que la IA aportará novedades para ayudar a la sostenibilidad del planeta.  La historia de la zoóloga Erin Moreland es un buen ejemplo de ello. Hace una década, la rutina de Moreland consistía en pasar muchas horas delante de su ordenador analizando y escaneando miles de fotografías aéreas de los hielos y aguas de Alaska. Un trabajo minucioso y lento para encontrar señales de vida de focas, osos polares o ballenas beluga. 

Ballenas beluga en los mares de Alaska.

Sin embargo, un desarrollo de inteligencia artificial promovido por Microsoft fue entrenado con cientos de miles de patrones. Y, como resultado, hoy Moreland y su equipo disponen de una tecnología que les permite clasificar millones de imágenes aéreas y térmicas, así como audios, en menos de un día. Así, pueden distinguir una foca de una roca en un paisaje helado. O incluso el sonido de una ballena del que produce un barco dedicado a limpiar el fondo marino.  

La gestión turística también se podría ver beneficiada por la IA. Un ejemplo lo tenemos en la colaboración de los laboratorios de Facebook y la Universidad de Texas. Ambas entidades han creado una solución que analiza cómo los turistas interactúan con lugares históricos. Y lo hace a base de examinar miles de fotografías de plataformas como Flickr. De este modo, se puede estudiar la popularidad de un destino, o las sensaciones que deja en los visitantes. El experimento de Facebook se hizo en la región peruana de Cuzco, donde está el imponente poblado inca de Machu Picchu

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Imágenes | iStock.com/your_photo, Quibim, Microsoft, The Turing Digital Archive

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