El ‘Thor’ noruego que probó que había viajes transoceánicos en la Antigüedad

la balsa Kon-Tiki

Los rapanui llevan siglos comiendo boniatos. La afirmación no tendría importancia si no fuese porque la isla de donde son originarios está a casi 4.000 kilómetros de la costa donde estos tubérculos empezaron a cultivarse.

Las conexiones entre los pobladores de la isla de Pascua, de origen polinesio, y los indígenas de Sudamérica son muchas y antiguas. Además de la presencia de boniatos en Rapa-Nui, en Chile se han encontrado evidencias de que los polinesios introdujeron el pollo entre la comunidad mapuche. Y después está el tema genético. La presencia de ADN polinesio en los habitantes de Sudamérica y viceversa está más que comprobada.

¿Podían los pueblos de la antigüedad hacer viajes transoceánicos? ¿Podían hacerlos de forma planificada e intencionada, buscando nuevas rutas comerciales o territorios en los que asentarse? Esa era la idea que rondaba la cabeza del noruego Thor Heyerdahl cuando, en 1947, emprendió una expedición para cruzar el Pacífico en balsa y cambiar nuestra forma de entender la historia. Así fue la aventura de Kon-Tiki.

Kon-Tiki

“Intenta tú mismo viajar en una balsa desde Perú a las islas del Pacífico”. La frase desafiante se le atribuye al arqueólogo Herbert Spinden, quien en 1946 fue uno de los primeros en escuchar (y rechazar) la teoría de Heyerdahl. El etnógrafo y aventurero noruego estaba seguro de que los archipiélagos del Pacífico no habían sido poblados solo por asiáticos, sino también por indígenas de América del Sur.

Thor Heyerdahl aceptó el reto y un año después partía del puerto de Callao, en Perú, junto a otros cinco aventureros para probar que tenía razón. Que su teoría era posible. Casi 100 días y 7.000 kilómetros después, la balsa tocaba tierra en el atolón de Angatau. Concluía así la aventura de Kon-Tiki y cambiaba la concepción de los viajes transoceánicos, cuyos inicios habían sido atribuidos, hasta ese momento, a los europeos a partir del siglo XV.

Thor Heyerdahl
Thor Heyerdahl.

La tripulación y la balsa

Tras aceptar el desafío de Spinden, el primer paso de Heyerdahl fue reclutar el resto del equipo. Tal como cuenta el noruego en su propio libro ‘The Kon-Tiki Expedition’, la tarea fue más sencilla de lo esperado. Al poco tiempo, tenía una tripulación formada por otros cuatro noruegos y un sueco, cada uno experto en un campo clave para el éxito de la expedición.

Además de Heyerdahl, componían la tripulación Erik Hesselberg, Bengt Danielsson, Knut Haugland, Torstein Raaby y Herman Watzinger. Todos completaron la misión salvo la guacamaya Lorita, la mascota del equipo, que murió ahogada tras ser golpeada por una ola.

Una vez seleccionado el equipo, el siguiente paso fue construir el vehículo. Para ello, adquirieron la madera en Ecuador y se trasladaron a Perú, donde le dieron forma a la balsa. La mayor parte del equipamiento de la balsa (de los sacos de dormir hasta el equipo de radio) fue donado por el Ejército de Estados Unidos, gracias a los contactos personales de Heyerdahl.

En cuanto a la supervivencia de la tripulación, la balsa llevaba a bordo algo más de 1.000 litros de agua dulce, dividida entre recipientes modernos y tradicionales para poner a prueba también el transporte de alimentos en la antigüedad. La comida estaba compuesta por cocos, boniatos y otras frutas, además de por pescado que la tripulación capturaba.

balsa real de la expedición

El viaje de Kon-Tiki

Heyerdahl bautizó a la balsa como Kon-Tiki, en honor al dios solar inca. De hecho, la vela de la embarcación estaba decorada con una representación suya. Con todo listo, la tripulación partió de Callao (Perú) el 28 de abril de 1947. Los primeros 80 kilómetros, para evitar las rutas comerciales y de pesca transitadas por grandes barcos, la balsa fue remolcada por la armada peruana.

A unas 50 millas de la costa, Kon-Tiki soltó amarras y se metió de lleno en la corriente de Humboldt que recorre Sudamérica de sur a norte para después internarse en el Pacífico a lo largo de la línea del ecuador. Allí permanecieron durante semanas, hasta que el 30 de julio vieron tierra por primera vez. Se trataba del atolón Puka-Puka, pero no llegaron a alcanzarlo.

El 4 de agosto, en el día número 97 de expedición, el tiempo mínimo que, según Heyerdahl, tardarían en llegar a tierra, hicieron contacto con los habitantes del atolón Angatau. Tres días después, tras recorrer 6.980 kilómetros en 101 días, a una velocidad media de 2,8 kilómetros por hora, desembarcaron en el atolón Raroia. Allí, en las islas Tuamotu de la Polinesia Francesa, Kon-Tiki puso fin a su viaje.

atolón donde terminó el viaje de Kon-Tiki

Las razones de Thor

Tras la aventura de Kon-Tiki, muchas otras expediciones similares siguieron su curso. El viaje también inspiró libros y películas. Pero ¿qué significó para la ciencia? ¿Tenía razón Thor Heyerdahl?

La expedición solo demostró que viajar de América del Sur a Polinesia en una balsa era posible. Hubiesen hecho lo que hubiesen hecho los indígenas, el viaje era factible. No probó nada más y, sin embargo, consiguió abrir un nuevo campo de investigación arqueológico y etnográfico. Hasta entonces, se había dado por sentado que los contactos entre pueblos de la antigüedad tan separados no se habían producido.

A partir de ese momento, se multiplicaron los estudios sobre el tema. Con la explosión de la ciencia genética (Watson, Crick y Rosalind Franklin descubrirían la estructura del ADN en la década de 1950), las pruebas se fueron acumulando. Había existido contacto entre los polinesios y los sudamericanos desde mucho antes que los conquistadores españoles llegasen a la costa de Perú.

A día de hoy, esas investigaciones siguen en marcha. La última fue publicada este verano en ‘Nature’ bajo el título ‘Native American gene flow into Polynesia predating Easter Island settlement’. El paper sostiene haber encontrado evidencia genética de que polinesios y sudamericanos tuvieron descendencia de forma habitual entre los años 1000 y 1300 de nuestra era. Y que lo habrían hecho, además, gracias a las visitas continuadas de un grupo oriundo de las costas de Chile o Perú.

Thor Heyerdahl creía en ello por intuición, sin muchas pruebas que sustentasen su teoría. Todavía no sabía que nuestra historia está escrita en los genes. Aun así, se lanzó al océano en una balsa para rebatir los sesgos de entonces y abrir los ojos de la ciencia.

En Nobbot | Adiós a las leyendas sobre la isla de Pascua: ni canibalismo ni colapso medioambiental

Imágenes | Wikimedia Commons/Nasjonalbiblioteket, digitalarkivet, Bahnfrend, NASA

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *